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Sinopsis
Georgy (Viktor Nemets) es un camionero que sale de su ciudad natal con un cargamento de mercancías. De repente, se ve obligado a salir de la autopista y sigue un camino equivocado que lo conduce a un extraño paraje. Aunque intenta reanudar su viaje, poco a poco se va adentrando, muy a su pesar, en la vida diaria de un pueblo ruso: se trata de un lugar, donde... Leer sinopsis completa
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14 de Noviembre de 2011
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil.
No creo que Sergei Loznitsa sea hijo predilecto de su pueblo; es más, tengo mis dudas que se le permita la entrada al país. Todas las filmografías nacionales cuentan con películas incómodas en las que se desvelan ciertos paisajes, usos y costumbres poco presentables de la madre patria, pero esta merece estar en el cuadro de honor. My Joy es una extraña mezcla (exagerando) entre Tierra sin pan y el cine de los Hermanos Cohen en la que un sanote jovencito ruso (¿alegoría de todo el país?) debe llevar un camión a su destino y acaba completando su descenso a los infiernos de la abyección en la Rusia profunda. Tanto los parajes como las gentes retratados son de auténtica pesadilla y no invita a hacer turismo pecisamente. Es cierto que la historia se desarrolla de forma muy cadenciosa pero el director acierta plenamente en ciertos momentos a la hora de introducir al espectador en la acción y compartir el viaje con nuestro incauto amigo; de hecho hay alguna escena antológica en cuanto a capacidad de sumergirnos en un escenario. En definitiva, angustiosa muestra de cine del este que se ve con interés y que supone una ocasión de oro para echarle un vistazo a la Rusia más desconocida.
Tio Penthal  |
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19 de Diciembre de 2011
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Película devastadora la que nos ofrece Sergei Loznitsa en la tragedia de este moderno Odiseo incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa, tragedia que en su camino lleva a cabo una profundización en las miserias cotidianas de la Rusia post-soviética y de su sociedad. Sin embargo, en esta ocasión no habrá vuelta a casa posible para el héroe, porque si alguna vez existió algo que un europeo oriental pudiera llamar hogar hace mucho tiempo que fue destruido, y de poco sirve remontarnos en la noche de los tiempos. Así pues, Georgy, este particular Odiseo ruso, se va a enfrentar a un mundo salvaje y despiadado, empujado a huir hacia delante, hacia un final desgarrador que, no obstante, no es sino una continuación, un amargo reflejo de algo bastante común en la vida de la Rusia contemporánea y las repúblicas post-soviéticas: el asesinato, la extorsión, la corrupción, la prostitución forzosa, el abuso de las autoridades; en definitiva, la violencia. Las cosas en la vida nunca son blancas o negras, pero lo que está claro es que el propósito de Loznitsa es ser provocar, pretende advertir al mundo de lo que está ocurriendo en nuestras antípodas continentales. ¿Qué mejor sitio para hacerlo que el cada vez más autocomplaciente Festival de Cannes, cegado por el propio esplendor de su frívolo e indiferente glamour?
Hace poco el director bielorruso, en una entrevista concedida en la Universidad Autónoma de Barcelona destacaba -en una línea muy marcada por el post-modernismo, es decir, muy centrada en la importancia del discurso: "La forma es un medio para la transmisión del conocimiento y la fijación de cada obra, algo extraído del caos. La idea de que no esté fijada en ningún sitio, sea en arquitectura, sea en pintura, un texto filosófico o en literatura, sea la tabla de multiplicar, una idea que no esté fijada en ningún sitio no existe.” Pues bien, al margen de que sea una situación hipotética, es decir, ficticia, precisamente lo que está planteando es la plena realidad de lo que acontece en su película.
Una de las cosas que concluye es que el pasado comunista existe, y no sólo es así, sino que está muy presente en la memoria colectiva, tanto que, de uno u otro modo, marca decisivamente el recorrido vital de millones de personas. Espacios físicos transformados y almas arrasadas, la sangre de las víctimas propiciatorias en nombre del paraíso socialista, de la promesa de un futuro mejor.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler:
En esto se resume el legado del socialismo real, pero también en nostalgia para muchos otros millones –en ocasiones de las mismas víctimas–, que no han percibido ningún beneficio en los nuevos estados-nación que sucedieron al imperio soviético. Desgraciadamente no hay solución radical que valga para resolver problemas creados y profundizados por el paso de las décadas que, por mucho que suene a tópico, son un hecho palpable para los individuos, las familias y, en definitiva, la sociedad en su conjunto. Desde la polifacética Moscú parte una mirada indiferente hacia las periferias de esa Rusia atomizada y abandonada a su suerte por la constante deriva político-social del país, mientras que desde la periferia la indiferencia es devuelta en forma de odio contra la capital, percibida desde hace tiempo -no sin cierta razón- como fuente de todos los problemas.
Efectivamente, hoy por hoy la degradación moral y material de las sociedades post-soviéticas es un hecho. Millones de personas asisten impotentes al control caprichoso e interesado que las mafias ejercen de uno u otro modo sobre sus vidas, mientras el Estado, para garantizar sus cotas de poder y su precario control de la sociedad hace gala de su connivencia para con aquéllas. A su vez, la aceptación tácita de la corrupción y los abusos de autoridad sirven como vía de escape para las tensiones contenidas en una sociedad carente de libertad y atenazada por la frustración. La película destaca bien quiénes son las víctimas de esta realidad: los ejecutores, degradados a la condición de bestias, cómplices de esa pérdida de rumbo; y, por otro lado, claro está, la sociedad víctima de esta brutalidad. La causa y la consecuencia: el embrutecimiento general de los rusos, sumidos en una situación de anomia absoluta para la que no parece haber salida.
Ningún cuento propagandístico sirve para ocultar la miserable realidad de una sociedad que no parece caminar hacia ningún lado. La repulsa mostrada hacia el régimen de Putin en las últimas semanas podría ser un comienzo, pero no deja de ser un impulso nacido en Moscú, una sola de las múltiples realidades que pueblan las recónditas entrañas de ese inmenso país llamado Rusia.
davilochi  |
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4 de Junio de 2012
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Loznitsa lo sabe. Sabe que puede hacer mucho daño mostrando la realidad rusa tal como es. Y lo hace, de una forma brutal y contundente, enseñando al espectador la violencia, las miserias y las tristezas de un pueblo dominado por un sentimiento de impotencia sin igual, donde impera la ley del más fuerte; donde la policía campa a sus anchas ejerciendo un abuso de poder sin igual; donde se perciben las rivalidades entre el entorno rural abandonado y despreciado por la capital y la capital que ignora los problemas del entorno rural; donde la falta de valores lleva a cometer robos inútiles y donde la prostitución de una adolescente es la única forma de afirmarse como persona y poder comer todos los días.
Todo esto y más es My Joy, un fresco retrato de la Rusia actual donde el protagonista, el único que mantiene un código de valores correcto, se vera arrastrado al igual que el pueblo ruso a una decadencia moral que le sumirá dentro de un mundo desquiciado donde el odio hacia el semejante es el denominador común, conducido por una violencia que parece hasta casi natural.
Viendo este film se le quitan a uno las ganas de visitar a la "Madre Rusia" y recorrer sus estrechas carreteras entre bosques inmensos, donde que te pidan los documentos parece sinónimo de tener serios problemas. Al menos este es el mensaje que me ha transmitido Loznitsa. Tendré que arriesgarme para ver si está equivocado.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler:
El comienzo del film y su contundente y brutal final es lo mejor de todo. Tengo que reconocer que en la parte del medio me he perdido un poco y no sabía muy bien de que iba el tema, pues no explica bien la narración que que Georgi es el barbudo silencioso que vende la harina que transportaba en su camión. Aún así es una película recomendable y muy interesante.
juanjo_torpdo  |
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6 de Septiembre de 2012
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Devastadora. Como toda la filmografía del fabuloso documentarista ruso Sergei Loznitsa, My joy supone un descenso desgarrado y deprimente a los infiernos de una sociedad postguerra en la que la deshumanización no deja ya respiro ni esperanza alguna.
Nuestro protagonista es un hombre triste, amargado, camionero de profesión, que llega a casa y se encuentra a una esposa cansada e igual de amargada, muda. En su periplo por llevar la mercancía pactada va cruzándose en su camino cual Odiseo-Ulises moderno con todo tipo de personajes que dan muestra de lo que en el exterior acontece. Un anciano, soldado en la II Guerra Mundial a quien roban el vestido rojo que lleva a su novia en Rusia, una niña que dice tener 18 años, prostituta resabiada y guía improvisada a las mismas puertas del infierno, una policía corrupta, viciosa y triste... En fín, My joy funciona ala perfección como alegoría de la no superación tras la crisis y nos muestra un país desgraciadamente podrido en sus cimientos. El hecho de que el capital venga de Alemania y Ucrania da qué pensar, si bien es cierto que la intención es más poética que política.
Como aquel descenso a las alcantarillas de Cruise en Eyes Wide Shut pero con una pátina de mierda, polvo, roña y sin finales alentadores.
Lo mejor: Su valentía.
Lo peor: A ratos se hace pesada, heredera de un expresionismo ruso algo cansino.
Recomendable.
javieritos  |
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6 de Abril de 2013
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil.
El debut en la dirección en forma de largometraje de ficción del bielorruso Sergei Loznitsa tras una larga ristra de documentales llegó de la mano de My Joy, film rodado en Ucrania cerca de la frontera con Rusia, que debe estar en la lista negra del Ministerio de Turismo ucraniano porque no deja títere con cabeza en una despiadada aproximación a la Ucrania rural contemporánea profundamente triste y ambigua que participó en la sección oficial del Festival de Cannes de 2010.
La película comienza con una introducción repleta de simbología cínica e irónica mostrando a un hombre en una obra de construcción que es lanzado a un hoyo y enterrado por el cemento. La Secuencia no está relacionada directamente con la trama de la película pero sugiere una metáfora sobre el enterramiento de los preceptos de la solidaridad y la ética por parte de una sociedad corrupta que inundan la narración. La primera parte está presentada de un modo lineal con un flashback central ubicado en 1946, mientras que la segunda da un giro argumental inesperado a través de un segundo flashback cuya relación con el resto de la trama no parece nada claro a simple vista. My Joy es una película compleja, difícil de seguir debido a la presencia de los citados flashbacks inconexos que despistan notoriamente, pero son añadidos que refuerzan el contexto desalentador general. Esas dos secuencias del pasado en tiempos de guerra marcadas por la violencia, la angustia, y la falta de solidaridad provocadas por el stalinismo no desentonan con el mundo que se topará Georgy en la aldea perdida del presente. La cámara sigue al protagonista central en su via crucis particular hasta que la violencia, presente en el ambiente en todo momento, explota de manera definitiva, y decide saltar de un personaje a otro a través de pequeñas historias que tienen relación con la trama central, y otras completamente independientes, provocando que no consiga una narración compacta y desconcierte bastante, aunque hay que reconocer que dicha confusión consigue dotar de gran misterio a una narración que no pierde en ningún momento su sentido e interés.
My Joy es una película dura e implacable con aspecto de pesadilla agobiante y claustrofóbica sobre la alienación, que muestra una lograda representación del descenso a los infiernos de la decadencia, la corrupción y el abuso de poder de la Ucrania post-comunista, que traen como consecuencia la pérdida absoluta de la moral y la sensatez. El director Bielorruso nos presenta un paisaje desolador con una inquebrantable brutalidad, en una parábola claramente pesimista y casi apocalíptica, la mayoría de las veces relacionada con los constantes abusos de poder por parte de las autoridades policiales del lugar que interfiere en la actitud de todos los habitantes. En esa aldea perdida no se salva ni el apuntador (incluso se aprovecha sexualmente del protagonista una mujer que lo recoge cuando es atacado y herido por unos ladronzuelos de poca monta que pensaban que transportaba algo más valioso en su camión). Tras ese incidente, Georgy aparece en pantalla con una barba repentina y un aspecto muy diferente, ya no habla y parece como si se hubiese refugiado en otra existencia, convirtiéndose en una especie de monstruo.
Loznitsa se ampara en un estilo con claras influencias del documental que tanto domina y rueda la historia con un estilo muy realista (sus años como documentalista se aprecian cuando la cámara nos muestra las aldeas y mercados, señalando la tristeza de la miseria) colocando el ruido de sus ambientes casi al mismo nivel del diálogo. Tal y como sucede en la reciente En la niebla, el director cuenta con la poderosa fotografía de Oleg Mutu (el fotógrafo oficial del nuevo cine rumano) y se toma su tiempo en cada plano, jugando con la paciencia del espectador menos osado. El director bielorruso, pese a la gravedad de los acontecimientos mostrados, no le hace ascos a un lirismo visual bastante siniestro con algún pequeño destello de humor negro que no empañan la trascendencia predominante de la obra. Un debut en el largometraje de ficción notable y ligeramente superior a su segundo trabajo, a pesar de su imprevisible caos narrativo.
Binjip_Baraka  |
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