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| Ariel |
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| Aki Kaurismäki |
(1988)  |
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| 29 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Sorprende gratamente esta película por múltiples factores:
a) un existencialismo en estado puro como pocas veces he visto.
b) lo mal que trata el director a sus personajes y lo bien que le caen a una por eso mismo.
c) lo valiosos que son los pequeños detalles cuando la vida se reduce al trabajo y al frío que hace en Finlandia.
d) lo que da de sí un descapotable.
e) la justificación de acciones éticamente reprobables cuando de lo que se trata es de que alguien injustamente tratado dé un paso más hacia un bienestar merecido y constantemente negado.
En definitiva, una excelente película, desprovista de esteticismo y de pretensiones. Un director de pocas palabras, de los que llegan muy dentro.
Hermione Granger 
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| 20 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Servadac
Madrid (España)
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Su valoración:  |
22 de Marzo de 2007 |
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AK: Contemos hasta diez y, al acabar, tu corazón habrá dejado de latir:
1. Suicidio-------------------------------------------> 0ºC
2. Trabajo precario y miserable-------------------> -10ºC
3. Robo con agresión-------------------------------> -20ºC
4. Noches de hielo----------------------------------> -30ºC
5. Descapotable en pleno invierno finlandés-----> -40ºC
[6. Madre soltera + compañero presidiario]-------> 25ºC
7. Fuma, bebe y no respires-----------------------> -50ºC
8. Si Dios no existe...-------------------------------> -70ºC
9. Canción de amor y muerte----------------------> -100ºC
10. ______________________________________-273,15°C
¿Aún estás ahí?
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Tres buenas razones para dejarse congelar junto a Kaurismäki:
- El plano de la mano de Matti Pellonpää cuando le asestan la puñalada.
- El humor negro necrosado.
- El barco abierto a la esperanza.
Servadac 
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| 16 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Aunque Kaurismäki había dejado parte de sus esencias en su acercamiento a los clásicos (“Crimen y castigo” y “Hamlet se mete a hombre de negocios”) y tanteó con el humor absurdo en la inclasificable “Calamari Union”, es en “Ariel” donde explotó el verdadero cine del director que surgió del frío.
“Ariel” bebe de Bresson (“El dinero”) pero sondea el cine negro (esa referencia de “El último refugio”) en un filme que muestra las pautas cinematográficas con las que Kaurismäki no ha dejado de fascinar.
Previa a “Luces del amanecer” y un año antes de su mejor y definitiva película (“La chica de la fábrica de cerillas”), el finlandés que se negó a llevar su última película a los Oscars por no estar de acuerdo con la política del tito Bush, realiza un ejercicio inédito sobre los cimientos del cine noir, los marginados de una sociedad que siempre serán “culpables” incluyendo sobredosis de humor negro y mala leche.
El tono elegido para narrar las andanzas dentro o fuera de la cárcel de Taisto Kasurinen la convierten en una rareza de diferentes amalgamas y territorios cinematográficos y a partir de “Ariel” el cine de autor encontró lo poco que le quedaba por rastrear.
Maldito Bastardo 
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| 13 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Chago77
Palma de Mallorca (España)
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Su valoración:  |
10 de Noviembre de 2008 |
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Se me caen los mocos. Intento concentrarme mirando la carretera. He salido del faro hará veinte minutos, pero me parece que llevo años acelerando. Miro para atrás buscando la referencia. Mis espejos retrovisores están empañados y las gafas no impiden que los ojos los tenga rojos del frío. Es un casco de esos antiguos, con gafas de goma. Como el que llevaba Lawrence de Arabia al principio de la película. Siento aguijones en los mofletes. Siento las pantorrillas gélidas. Los dedos de las manos desnudas ya no las siento.
Paro. Busco una bufanda y me la enrollo sobre la cara, tipo turbante, tipo, una vez más, Lawrence de Arabia. Pienso en el desierto. Visualizo las dunas de arena y un sol asfixiante. Nada. El frío me traspasa todo el cuerpo.
La última vez que veré el faro. En esta curva. Mientras sigo acelerando. Nunca más subiré sus escaleras. Una máquina lo vigilará por mí. Tengo el dinero en un bolsillo y un billete surge con violencia y se escapa por mi estela. Alargo la mano en su búsqueda. La moto zigzaguea sobre el hielo de la calzada. Un minuto después me encuentro en el suelo. Tumbado boca arriba. Mirando como cae la nieve.
Sobre mis ojos.
Sobre mi boca.
Los ojos se me cierran.
Casi está anocheciendo. Sigo tumbado en medio de una carretera silenciosa. Me duele la cabeza y una pierna me sangra del tobillo. La moto está tumbada a diez pasos delante de mí. Cojeo y cuando meto mi mano morada en los bolsillos no tengo mi cartera, ni mi dinero. Miro de cerca la rueda deformada y continuo caminando. Cuando llego a los focos de neón es noche cerrada.
Llevo tres días mendigando entre la nieve. Puede que cuatro porque el sol casi no sale y las noches se alargan hasta juntarse unas con otras. A mi lado alguien pide una hamburguesa y cuando paga saca mi cartera alabeada. Cuando va a guardarla bajo su parca se fija en mi presencia. Los ojos se vigilan mientras me levanto y voy a su encuentro. Al final me toca correr medio cojeando. Resbala y cae de bruces al suelo. Le pateo el costado y cuando voy a golpearle con más fuerza me detienen por la espalda.
Sólo me queda escapar. Salir de este condenado hielo. La ruta de escape la tengo apuntada en un papel azulado, arrugado y macilento que me dio Aki Kaurismäki donde sólo pone:
Pregúntale a Ariel.
¡Condenado finlandés!… siempre con sus jeroglíficos.
Chago77 
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| 13 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Grandine
Sabadell (España)
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Su valoración:  |
18 de Enero de 2009 |
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Sus personajes no se presentan. La cámara se centra en ellos, nos da una visión de sus rasgos, pero no conocemos sus nombres, sus virtudes, sus defectos... hasta que la óptica de Kaurismäki nos va acercando a ellos, con minuciosidad, con la extrañeza de aquel que explora un nuevo recoveco sin necesidad de tener información sobre él. Porque sus personajes no se nos descubren con conversas forzadas o artificiosas, lo hacen mediante gestos, situaciones, acciones...
Sus diálogos no reinciden. No remarcan nada que no sea absolutamente necesario remarcar... y se destapan ante nosotros, parcos pero concisos. No es necesaria demasiada palabrería o un énfasis especial en cada una de las acometidas verbales de los protagonistas, sólo lo milimetrado de unas palabras bien dichas, expuestas en su justa medida.
Sus reacciones resultan francas. No requieren una gran maduración porque nos hablan de ellos mismos y de sus actuaciones con una sinceridad descomunal. No porque pretendan ser únicos, o porque resulten diferentes ante la óptica de los demás, sino porque se nos muestran sin tapujos, sin aditivos, sin ningún tipo de filtro que nos de una seña sobre lo especiales que son esos personajes.
Sus interacciones son directas. Sin necesidad de grandilocuencia marcada o gestos expresivos, comprendemos con una sencilla expresión, con un simple gesto, cual es la línea a trazar y cual el camino a escoger, un camino recto y llano que nos cuenta más sobre esos protagonistas cortos en palabras, templados en gestos...
Y tras todo ello, Kaurismäki vuelve a sacudir, a cautivar, a enamorar... con tan poco, pero con tanto... de una forma tan exigua, pero tan fascinante.
Grandine 
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