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| 95 de 108 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Talibán
Sevilla (España)
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Su valoración:  |
18 de Noviembre de 2005 |
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Querida Lisa: ante la imagen de tu espectro, atrapado en la felicidad de la juventud por un sencillo ventanal, me gustaría escribir una carta de amor. No sabría cómo hacerla, porque jamás amé; pero empezaría diciendo que ojalá me fuese concedido el deseo, en calidad de condenado, de que se aprobase una Ley universal por la que las personas, al igual que los libros o las obras de arte, pertenecen a los que las aman.
Talibán 
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| 62 de 75 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Taylor
Terrassa (Polonia)
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Su valoración:  |
2 de Noviembre de 2007 |
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Más allá de la nieve amontonándose plácidamente en el adoquinado vienés...
Más allá de la ruidosa rodadura de un carruaje turbando la serena noche...
Más allá de alambicados quinqués, empuñaduras de plata, abrigos de visón, sobrias levitas, mantones adamascados, suntuosas alfombras, pianos de cola, palcos operescos y decimonónico tifus...
Más allá de todo ello Ophüls edifica un gigantesco melodrama barroco, intenso..., asombrosamente vigente, tan atemporal y grandioso como el amor...
Todos atesoramos en nuestra intrahistoria íntima algún episodio de amor no correspondido o de amores ignorados, anónimos, platónicos... El mío, o uno de los míos, tiene por nombre Marina.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Conocí a Marina el primer día de clase de bachillerato, en un ya lejano septiembre de 1982. Marina cruzó el umbral del aula cuando el resto del alumnado atendíamos, entre sumisos y soñolientos, el protocolario discurso de bienvenido declamado por nuestra tutora. El sector masculino contuvo la respiración por momentos cuando aquella belleza de aires escandinavos se cuadró ante la mesa de la maestra. Tras cotejar su nombre en el listado, la profesora le indicó que tomara asiento en el único pupitre disponible en el aula, justo a mi lado. Entre arrítmico y azorado contemplé absorto como aquella diosa de rizada melena e implacables ojos celestes se acercaba, con paso elegante y firme, a devorar a su presa. Es decir, yo. Mis ojos recorrieron su estilizada figura al compás de su cadencioso taconeo, prorrateando mi mirada entre la sugerente silueta de sus ajustados jeans, su incipiente busto y el sutil rebote de su rubicunda y leonada cabellera. No permaneció más de quince minutos a mi vera, justo hasta que le comunicaron que su clase era la contigua. Al margen de una burda presentación, no recuerdo haber cruzado con ella más que un escueto “hola” y “adiós” durante los cuatro años en los que convivimos arquitectónicamente. El tiempo me desveló una Marina gélida, engreída y clasista. Los turrones navideños me los comí prendado de otra chica, Montse, mucho más cercana, agradable y terrenal, con la que aún, a día de hoy, me une una bonita amistad.
Cuando anteayer crucé mi mirada con Marina, más de veinte años después de haberla visto por última vez, constaté como, al margen de las rigurosas secuelas propias de la edad, mi nostálgica mirada sólo se vió recompensada con un difuminado gesto cuya lectura más probable sería:
“¿Y de qué coño me suena la cara de este tío?”.
Taylor 
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| 58 de 79 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Puede que cuando usted lea esto, ya esté muerto. No se preocupe porque son cosas de la biología. Soy un joven desconocido, que por casualidad ha tropezado varias veces con usted. La primera vez, era un adolescente en esto del cine, cuando me deslumbró con “Madame de…” entiendo que no se fijara en mí. En mi rictus de sorpresa y mis ansias por volver a encontrarme con usted.
Aún así, tarde un tiempo en conseguir verle de nuevo, quizá debido a que siempre se mantuvo distante, rodeado de grandes bellezas: Danielle Darrieux, Joan Bennett, Martine Carol, Simone Signoret o Joan Fontaine. Tal vez por cosas de la edad, o por que uno cambia de opiniones, mi segundo encuentro fue gratificante pero menos placentero. Usted hacía “La ronda” mientras yo jugaba en el patio de su casa. Vislumbré un poder técnico que no había visto en mi primer encuentro, pero al mismo tiempo, también me fijé en algunas canas que adornaban su cabellera. Pensé en no darle excesiva importancia, en quedarme sólo con lo positivo, con esa forma de hacer una ronda tan original y plástica. En como… bueno, eso ya lo hablé tiempo hace con mis amigos.
Después de una temporada fuera de su Viena, hay compañero, que los decorados cartón piedra enrojecen, regresé con el convencimiento de que esta vez me iba a recordar. Pero no fue así, nada más lejos de la realidad. Evidentemente es usted un virtuoso de la cámara y esos planitos en movimiento son un as en la manga que pocos son capaces de repetir, pero seamos francos, usted es muy mayor para mí. Es posiblemente, el autor europeo que más envejecido encuentro. Sí, ya lo sé, fue un adelantado, pero al día de hoy, otros compañeros de su quinta, supieron quitarse el polvo de encima con mejor fortuna. Y puede que por eso, me quedo con la sensación de que no es oro todo lo que reluce. Además, seamos francos, su chica, la Fontaine (muy mona y correcta ella) está más desequilibrada que la Glenn Close en “Atracción Fatal”.
Afectuosamente:
Chagolate con churros 
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| 28 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Grandine
Sitges (España)
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Su valoración:  |
11 de Febrero de 2007 |
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Tras repetir en diversas ocasiones el personaje interpretado por Louis Jordan que se encuentra ante una hechicera, uno debe pensar que algo de razón tiene, aunque más que una hechicera, el conjunto resulte un hechizo en sí mismo.
En primer lugar, por la desatada, natural y fantástica interpretación de Joan Fontaine, que da alas a su personaje dotándolo con las características necesarias como para atrapar y fascinar a partes iguales y, es que, cada momento que aparece en pantalla es sencillamente radiante.
También gana enteros con esa definición tan sincera y cálida del amor, donde los momentos de la pareja protagonista ante los ojos del espectador, cobran un vigor impresionante y aportan instantes auténticamente mágicos, de verdadero cine.
Esos son los dos pilares sobre los que Max Ophüls construye este espléndido drama romántico repleto de situaciones que logran sumergir al espectador en este afectivo idilio donde, además, obra de modo excelente un guión compuesto con meticulosidad y certeza, que transcurre en apenas hora y media, pero atrapa con firmeza.
Como suele suceder en este tipo de films, los momentos donde la pareja permanece separada, hacen perder vigor al conjunto, pero no el suficiente vigor como para evitar que nos encontremos ante una joya del séptimo arte, realizada con el sentimiento y la calidez necesarias como para que uno termine atónito ante susodicha obra, sin poder evitar sentir un ápice de tristeza tras su desconsolador final. Imprescindible.
Grandine 
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| 21 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Archilupo
Llanes (España)
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Su valoración:  |
18 de Marzo de 2008 |
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Un crápula vuelve a casa a medianoche y encarga al mayordomo que prepare la huida por la puerta trasera, antes del amanecer. Si no, a esa hora le aguarda un duelo de honor.
Distraídamente, abre una gruesa carta, con membrete de hospital.
"Cuando leas esta carta, puede que ya haya muerto".
Así comienza una voz en off el relato retrospectivo de una vida marcada por el amor secreto y desgraciado hacia el destinatario de la carta.
A éste, que en la novela de Zweig era escritor, Ophuls le convierte en músico, mediante decisión genial; en un pianista que una y otra vez practica un estudio de Chopin, 'Tristeza', también llamado 'Tristeza de Amor'.
Una adolescente del vecindario lo escucha desde el patio, hechizada; más adelante, por las ventanas interiores del edificio. Joan Fontaine la encarna con maravillosa gracia, moviéndose excitada, correteando.
La voz evoca el día, el instante exacto, en que, siendo una niña de 13 años, su corazón quedó preso para siempre en un amor sin esperanza hacia el pianista envuelto en un halo mundano, misterioso y seductor. Un amor fatal, que marca de una vez y para siempre una vida sentimental desde el momento del despertar adolescente. Un amor que la propia narradora refiere como humilde y servil.
Con la música, Ophuls inunda de romanticismo este bello, intenso y tristísimo melodrama; con la música y todos los inspirados recursos volcados en la melancólica Viena de nieve y farolas (la noria del Práter entre neblina) que sirve de escenario a una desgarradora exaltación de la pasión amorosa más romántica y obstinada.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Ophuls añade de su cosecha un toque moralista al argumento original: al concluir la lectura de la carta, el músico parece encontrar sentido a su vida y decide enderezarla acudiendo al duelo de honor.
Archilupo 
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