|
De bajísimo presupuesto, “Los visitantes” supone otro ejemplo del gusto de Kazan por la temática social. En este caso, ese interés toma cuerpo a través de un guión de su propio hijo que el realizador aceptó como única vía para que el proyecto viera la luz.
Los actores carecían de experiencia, aunque luego harían carrera, especialmente James Woods, pero en sus espaldas descansa una puesta en escena que tiene en las interpretaciones su recurso elemental. En este sentido, se nota la mano de un Kazan encantado, supongo, con la posibilidad de moldear libremente las personalidades que estos jóvenes debían proyectar. Es por tanto una realización de configuración y planteamientos modestos, con una despistada composición de encuadres y un sencillo montaje de primeros planos y rápidas transiciones.
Tiene una introducción y desarrollo de pretensiones distantes y pausadas, que abundan en un elemento latente de agresividad gradual, en la opresión del espacio cerrado, y en el aislamiento de los planos generales con una fotografía de mucho grano y menor distancia focal que el objetivo normal. Todo esto quizás sea su aporte fundamental; el clima, diremos, de cinta independiente plenamente consciente de serlo. Por ahí también es interesante resaltar la tendencia a una cierta contradicción por parte de Kazan para con su propio estilo, centrándose en una realización modesta y directa, casi inexistente y pretendidamente poco enfática. Pese a que el énfasis termina por hacer acto de presencia igualmente, esta vez a modo de cargante conclusión.
Y es que el guión se esfuerza en aparentar cierta fisonomía de indagación objetiva pero acaba siendo casi lo contrario. Sus intenciones de análisis y disección imponen diálogos de siembras y cosechas constantes, dobles sentidos y reflejos que avanzan las consecuencias que se van a producir, o aluden al mensaje de Kazan -padre e hijo en este caso- sobre los efectos de la guerra.
A esto hay que añadir la obsesión del director por un efecto elusivo en el metraje, eliminando supuestos maniqueísmos y escaqueándonos motivaciones psicológicas en las reacciones de los protagonistas, que en mi opinión adultera la propuesta al no dejar respirar a los personajes más allá de su condición de herramienta de la visión u opinión del autor. Es decir, justo lo contrario de la naturalidad pretendida.
Todo ello, al final, provoca que nos llegue no una reflexión espontánea sobre unos personajes, cuestión que se diluye en el efecto “recado”, sino un producto deslavazado, enredado en artificiosas intenciones de arte y ensayo que intenta, alejado de un simple y deseable “hic et nunc”, ir más allá de su condición de simple trama mediante mensajes y reconvenciones dirigidas a conciencias varias.
...
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Como digo, los personajes tienen conversaciones y reacciones a veces confusas, y todo esto tiene su aparente explicación en el trabajo de Kazan a la hora de perfilar la psicología en detalles que no se explicitan de manera obvia. Por ejemplo, el mudable comportamiento de ella, esposa y madre, lo justifica el director aludiendo a una supuesta insatisfacción amorosa que, si bien es una genial idea sobre el papel, no aparece bien traducida a imágenes. Igualmente se podría hablar de la inacción o indecisión del marido, J. Woods.
Todo acaba por abundar en un relativismo ético de trazo grueso que no ofrece condición humana de luces y sombras, dudas o titubeos, como defendía el director, sino situaciones artificiales con unos caracteres que son más instrumento para agitar conciencias, o generar preguntas al menos, que plasmación de contradicciones.
Y así todo, personajes pasados de rosca y extraviados en una supuesta complejidad bifronte. Un poco como los USA de la época, querría insinuar Kazan. Y sí, cierto. Y sí, es del 72 y hay valentía en la propuesta y en el mensaje pero… ¡cuéntemelo bien, hombre!
Bloomsday 
|