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Documental Durante trece años, el director Nikita Mikhalkov ha seguido, con filmaciones anuales, el crecimiento de su linda hija Anna, cuyo proceso físico e intelectual ha intercalado con los cambios que, en tal período, se fueron produciendo en la Unión Soviética hasta llegar a convertirse en la Federación de Rusia. (FILMAFFINITY)
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14 de julio de 2017 5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los hijos nos inspiran, traen luz a nuestro espíritu y a veces nos animan a hacer cosas que no haríamos por otro ser en el mundo. ¿A qué se debe esto? No lo sé a ciencia cierta, pero quizás sea porque, entre ellos y nosotros, hay una conexión de orden genético, emocional y espiritual que, de una manera muy especial, nos convierte en uno sólo. Por esta razón, considero que, abandonar a un hijo, es arrancarle de tajo la protección esencial con la que podía asegurarse una existencia emocionalmente equilibrada... y el progenitor que esto hace, ¡es muy, pero muy difícil, que vuelva a ser feliz!, porque la ley es muy clara: De aquello que das será de lo que recibas.

Por muchos años, también Nikita Mikhalkov se sintió profundamente inspirado por su adorable hija Anna, y desde esa infancia maravillosa en la que ella le prodigaba esperanza, felicidad y orgullo de padre, Mikhalkov sintió que podía ser bien interesante combinar su desarrollo físico e intelectual, con los cambios que se iban produciendo en la historia política de la Unión Soviética.

Cada año, desde que Anna apagó sus primeras seis velitas, Mikhalkov se atrevió a saltar alguna norma del Estado que prohibía las filmaciones secretas, y con la ayuda de algunos amigos, rodaba pequeños trozos que fue guardando... hasta completar su historia cuando ya su hija era una adolescente de 17 años. Durante ese proceso, muchas cosas y muchos extraños cambios se produjeron en aquella mágica tierra a la que Anna -la de los maravillosos ojos azules-, demuestra amar más que a cualquier otra cosa.

Resulta muy curioso, ver al hermano del también director Andrei Konchalovsky –ambos no matriculados políticamente y defensores de la verdad y del respeto por la vida por encima de cualquier ideología-, echar en falta a Dios tras la Revolución Bolchevique, y al mismo tiempo, exaltando la figura de Stalin, cuya muerte fue para el país una catástrofe tan grande como si fuese el fin del mundo. También es muy interesante, ver la manera como deja recreada la Perestroika con su particular “beneficio” de abrir el dique para que “se hiciera a la luz del día lo que antes se hacía en secreto”… y así, la huella que dejó cada Secretario General desde Leonid Brézhnev hasta Borís Yeltsin (primer presidente de la Federación Rusa), es recreada con detalles muy significativos, mientras vamos notando como, en Anna, comienzan a cambiar sus conceptos acerca de lo que le gusta, lo que no le gusta y lo que más teme… y de ñapa, vamos a conocer algunos valiosos detalles sobre la familia Mikhalkov-Konchalovsky que antes desconocíamos.

Mikhalkov se ha visto compensado con este largo y notable esfuerzo titulado "ANNA", pues, ha dejado para la posteridad un documento que, sin duda, nos ayuda a comprender, a modificar o a reafirmar, algunos conceptos claves acerca de esa nación sobre la que, ciertos medios de in-comunicación occidentales, nos mantienen tan, pero tan des-mal-informados.

Como dijera, Alexandr Pushkin:

“Enterradas las tinieblas… ¡Viva el sol!”
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