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En 1996, el australiano Baz Luhrmann estrenó lo que hasta hoy es su película de más éxito, Romeo y Julieta (mejor que Moulin Rouge a todas luces). Fue en aquel entonces una película con mucho arte, mucha fidelidad y, sobre todo, excesiva. Luhrmann decidió que quería adaptar a Shakespeare y recrearlo en un contexto contemporáneo, lo que a todos nos resultó, como poco, chocante. Los diálogos exactos de la obra y mucho colorido consiguieron lo que pretendían, gustar.
Once años después Geoffrey Wright quiso hacer lo mismo, pero esta vez con Macbeth. No sé si el acento australiano o la poca gracia del largometraje han provocado lo diametralmente opuesto: querer salir corriendo de la sala. La película es un castigo desde el principio, y el hecho de que no haya ninguna cara conocida (exceptuando a Matt Doran, o "Ratón", aquel que diseñaba rubias con trajes rojos en The Matrix) sólo sugiere que ningún actor con un poco de cerebro ha querido participar en este proyecto. Nada recomendable.
brainman 
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