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| 55 de 62 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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GVD
Madrid (España)
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Su valoración:  |
11 de Octubre de 2009 |
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Aunque es evidente que la estructura superficial de esta cinta es más propia de una peli de espías, me gusta más pensar que lo que ha hecho Jarmusch aquí ha sido crear su propio superhéroe. Aunque ni vuela, ni lanza telarañas, ni tiene fuerza sobrehumana.
Debajo de su fachada hermética y silenciosa (no olvidemos que es el ideal de Jarmusch), el único superpoder que posee es el de la imaginación. En la realidad no es gran cosa, en la ficción lo es todo. Para salvaguardar a los músicos, cineastas, científicos, bohemios y drogadictos, es el superpoder idóneo*.
No viene a salvarnos a nosotros, entonces, sino al arte. Y para hacerlo hay que eliminar a la realidad. Sin armas, sin fuerza, sin planes estratégicos. Sólo con una simple cuerda de guitarra. Con arte.
Sin embargo, aunque la misión acaba en la película y nuestro héroe (bueno, el del arte) guarda su traje y se pierde en la realidad, el objetivo no está cumplido. Jarmusch configura su particular lienzo en blanco, su elogio al arte por el arte. El concepto está perfectamente conseguido, su ejecución no. Su universo de variaciones, diálogos marcianos y hermetismo interesa (a ratos), pero no cautiva. Convence, pero nunca emociona.
Y es que para que el arte mate a la realidad no basta con el lienzo. Necesita que lo rellenen.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: * El control/realidad (Bill Murray, decisión simpática) está fortificado por completo con hombres armados y puertas inaccesibles. Para que nuestro héroe entre en su despacho a eliminarlo, Jarmusch emplea una elipsis. Con la imaginación, su entrada es imposible en la realidad. En la ficción todo vale.
GVD 
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| 38 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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carilynmanson
gerona (España)
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Su valoración:  |
24 de Septiembre de 2009 |
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"Los Límites del Control" es una nueva experiencia dentro de la filmografía de Jarmusch, no sin dejar de ser fiel a su conocido y marcado estilo. Y sí, es una película pausada, para algunos lenta, con una línea argumental poco marcada y con unos momentos que se repiten periódicamente. Pero todo está hecho con elegancia, con una intención apuntada, con criterio.
Y es que ya lo avisa el propio director: no hay que pensar demasiado, solamente hay que dejarse llevar por las imágenes, tomárselas como un sueño, sin tener que ir en la búsqueda de un significado que nos complazca (y eso no quiere decir que no se puedan sacar conclusiones, que no se puedan interpretar ideas, que no se pueda disfrutar de su tema). Digamos que no es Inland Empire.
Jarmusch nos habla del arte, de la injusticia que sufre (el "control"), de aquellos que lo quieren monopolizar, de aquellos que lo quieren vender (diamantes) y de aquellos que, fieles a una tradición y a una concepción tan genuína en origen como alternativa al tiempo presente luchan por su defensa. Una defensa que deesafía los límites del control.
Fuera de aspectos de trama, cabe resaltar la belleza de muchas de sus imágenes, la genialidad de las apariciones de grandes intérpretes, el gran tributo a la cultura española y la reflexión que Jarmusch hace sobre las posibilidades del arte (y sobretodo del cine, puesto que es su terreno) como poso que queda al acabar de asistir a este filme.
Se agradece que un director con tanta reputación siga siendo constante a un estilo, a una manera de entender al cine, respetándose a él mismo y a su público. Y ese es Jim Jarmusch.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Aquí expondré mi interpertación personal de esta película.
El protagonista,interpretado por Bankolé, es un boxeador que se enfunda un traje y viaja a la ayuda de los artistas que desafían al poder, al control. Para entablar contacto con ellos, pide dos cafés, así es reconocido por aquellos que requieren de sus servicios (tuve la suerte de que el mismo Jarmuusch me resolviese esta duda en persona, el por qué pide siempre dos cafés). Cada personaje (todos artistas poco comunes y misteriosos) entrega a Bankolé un papelito que contiene una serie de números. Estos números son códigos que, al ingerirlos, producen "imaginación". Y es que para derrotar al control, Bankolé necesita de la inspiración del arte (de ahí sus constantes visitas al Museo Reina Sofia) y de la imaginación, como le confiesa a Bill Murray, representante del Control. Y la única tentación que tiene es la mujer desnuda, la mujer que quiere diamantes, el arte vendido al dinero. Y esta tentación le persigue durante todo su viaje.
Puede que no sea la interpretación correcta, pero también aqui reside la magia de esta película y del cine en general, el significado abierto, las posibilidades ilimitadas, el ejercicio personal a una misma obra con resultados tan dispares como poenciamente correctos.
carilynmanson 
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| 25 de 35 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Complejidad. Ambigüedad. Subjetivismo. No hay más. Los que esperaron y esperan una cinta de suspenso en todo su rigor y clasicismo les sugiero que se pongan a Hitchcock, y no, no saldrán ni aburridos, ni decepcionados. No echarán una siestecita. Ni acabará con los límites de su paciencia. Tampoco es recomendable para aquellos aficionados que no conocen a profundidad la obra de Jim.
Porque ojo, yo no la recomiendo. Como tampoco recomendaría un libro de Hanif Kureishi o Carlos Castaneda, un disco de William Elliot Whitmore o Bill Callahan, un tequila reposado de Guadalajara o peyote fumado visto en esencia como el vertiginoso sentido de posibilidad. No señores. Estamos ante una obra irrepetible, contundente y polémica.
Y es que como ha evolucionado mi Jarmusch. Con mucho sigilo y prudencia. De tonos relajados y luminosos. Con todos sus excesos. Virtudes que resultan ensalzadas una vez pasadas por el filtro de ese arte con número siete. Con su peculiar humor excéntrico. Con aquellos juegos que pese a que pueden desorientar cual novato, anuncian una férrea y soberbia imaginación.
Para obras de este calibre hace falta desprejuiciarnos de todo adjetivo que nos lleve al lugar común, al cliché. Aquí sobra lo típico, impera la esencia, preserva la ilusión sobre la realidad. No olvidemos que una imagen o un silencio valen más que mil palabras. Por todo ello el filme es imbatible. “Los límites del control” es poesía, un mundo de ensueño. Cachetada con guante blanco a las pelis de temática similar que nos ofrece Hollywood. Es hermética, descomunal y circunspecta. De aires solemnes y entrañables alusiones de que en el cine, todo se vale.
La cinta de Jarmusch se antoja madura e insuperable. Obra Maestra del subjetivismo. Un canto de esperanza para aquellos que nos sentimos exiliados en una sociedad que apesta a costumbrismo, ignorancia y máscaras. Aquí el talento rebasa lo hermoso, lo efímero. Permanecerá y pasará a los anales de la historia como una película de aguas turbulentas de corazón bravío y aventurero. Valiente. Maldita. De amplitud inmortal y poesía rebelde infernal y eximia.
No olvidemos que como bien se apunta el cineasta, el universo no tiene centros ni esquinas.
La realidad es arbitraria.
El_Chacal_Beat 
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| 18 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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lyncheano
Móstoles (España)
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Su valoración:  |
25 de Febrero de 2010 |
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Nuestro hombre se viste de azul, cubriendo su cuerpo enjuto con la pátina de la seriedad que le otorga el traje. Sus movimientos son pausados, seguros; su hablar es confiado, receloso; sus ideas son claras como un día de verano: dos cafés en tazas separadas y nada de sexo con la de las tetazas, que no es lo mismo, pero viene a ser parecido. Todo en esta cinta tiene un propósito, aunque Jim nos lo oculte durante casi todo el metraje. Como es habitual en él, deja que el film respire y tome conciencia de sí mismo, al igual que hace Isaach de Bankolé, cuyos ejercicios de respiración, a pesar de lo que pudiéramos pensar, no son tanto espirituales como puramente físicos. The Limits of Control resulta ser una sucesión de eslabones iguales, pero distintos a nuestros ojos. Al cinéfilo le resaltará especialmente el eslabón de Tilda Swinton, al melómano el de Luis Tosar, al adicto al opio el de Gael García, al físico convencido el de Youki Kudoh... pero, al fin y al cabo, todos ellos resultan ser cimientos de una misma búsqueda. Una búsqueda seria, la más seria que recuerdo, como así nos lo hace ver el héroe de la película. Héroe merecido y sin paliativos, puesto que acaba salvando lo más grande que jamás se haya tenido que salvar en una película. Y eso que salva es aquello que nos hace únicos, aquello que nos define como humanos y que a muchos de nosotros aún nos mantiene respirando en esta vida huérfana de sentido: la cultura. Y más que la cultura, el afán por aprender. El ansia por rebasar nuestros sentidos, por preñar nuestro deleite en favor de una habilidad, de un arte que sublime el conocimiento, que nos haga recordar que el hombre empezó a ser hombre desde el momento en que empezó a trascender su muerte. Mientras tanto, se nos muestra España como nunca antes: un Madrid de graffitis en las esquinas, una Sevilla de azulejos sucios, una Almería de polvo entre matorrales secos. Y por encima de todo, el español como lengua paradigmática de transmisión de la cultura. De hecho, no es descabellado pensar que el personaje de Isaach represente la figura del nuevo conquistador. Como digo, el asunto es serio. Y como nunca antes hubiera esperado, el maniqueismo resulta aquí necesario y hasta esperanzador, aunque no evidente. No sabemos quiénes son los buenos ni quiénes los malos hasta el final, pero sólo porque nuestra mente narrativa, influenciada por las convenciones del género de espías, presupone una búsqueda material y un trabajo de sicario. Y sin embargo, nada más alejado de la verdad.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: El protagonista es un asesino, sí, pero de cuadrículas, un matador de guiones, un estrangulador de burocracias. Acaba con los malos más malos, con los malos de verdad, aquellos que están en contra del hombre, de la vida interior, del arte, de la cultura, del ser inquieto que no persigue metas, sino que disfruta del camino intangible. Poco a poco se nos va revelando que lo importante es ese café separado en dos tazas, el matiz de unos labios rojos de amante y actriz de cine, el juego interminable de cerillas y de números absurdos que llevan a más cerillas y más números. El detalle es lo esencial, el atribuir sentido a aquello que no lo tiene para los demás. El resto es trabajo sucio, pero trascendente. Por eso, Jarmusch no se para a contarnos cómo nuestro héroe logra entrar en el refugio del malo. De hecho, hasta poco antes de esa escena dudábamos de que existiera un malo, e incluso sospechábamos de que el malo fuera nuestro héroe. Entra y punto. En un absurdo ejercicio de metalenguaje cinematográfico que golpea directamente en el estómago de aquel que exige explicaciones. Estamos a la entrada de la cueva donde nace la magia, señores; ante lo inesperado, lo inexplicable, la sutileza, lo eterno. Isaach entra y sesga la vida del inquisidor con la cuerda de una guitarra. Toca la más bella canción con la piel desgarrada de su cuello profano. Hace arte con la sangre derramada. Gana lo bohemio, vence la droga de la mente y la música del alma. Ganamos todos. Pero para ello hemos tenido que ponernos antes el traje de sicario, el mono de trabajo. Nos hemos tenido que poner serios, vaya. Lo que viene después, con nuestro hombre reconvertido en hombre, embutido en un chándal Puma, ya no le interesa a la cámara, que cae en espiral sacando al héroe de plano. El director ya ganó su guerra contra la estupidez. Ahora nos toca a nosotros combatir.
Nota: esta crítica está escrita con todo el cariño para el Chacal que deambula por las llanuras de FA con el pleno convencimiento de que, si hiciera falta, él nunca dudaría en ponerse el traje azul de faena y combatir la estupidez.
lyncheano 
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| 32 de 54 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Vitriolo
Madrid (España)
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Su valoración:  |
19 de Julio de 2009 |
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Decía aquel eslogan publicitario de Pirelli: "la potencia sin control no sirve de nada". Pues bien, en esta ocasión Jarmusch ha puesto el coche en marcha, lo ha dejado en ralentí y lo ha despeñado -ni él sabe por dónde.
Me explico. Por lo visto, el tito Jarmusch está un poco quemado (incluso resentido) con las altas esferas de poder y su desafiante y prepotente visión del mundo. Correcto. Pero no se le ha ocurrido mejor manera de abordar el tema que a través de eternos planos fijos y patéticos juegos de palabras, resaltados desde la más cansina de las redundancias (...a ello hay que añadir el cursillo gratuito de Tai Chi acoplado a la historia).
En definitiva, un tostón limitado en ideas e incluso pretensiones donde el control está más bien en manos del espectador, que por su bien debiera no dejarse seducir por la -efimerísima- presencia de algunas estrellas internacionales y patrias.
Vitriolo 
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