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| El arca rusa |
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| Alexandr Sokurov (AKA Alexander Sokurov) |
(2002)  |
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| 60 de 75 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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La última maravilla de Alexandr Sokurov es este hermoso tostón, a la altura de la immensa 2001.
Cada vez que la veo le encuentro más paralelismos con el clásico de Stanley Kubrik, entre los que destacaría los siguientes:
a) es un tostón (veánla en pantalla grande y eviten la hora de la siesta, o se van a dormir)
b) es preciosista (la fotografía, el ritmo y la música convierten la história en algo casi secundario)
c) no se entiende (y no es que trate ya de ciencia ficción metafísica sinó de una onírica visita al Museo del Hermitage con bucle espacio-temporal incluido)
y d) es un prodigio técnico (aunque parezca increíble, está rodada de un tirón, mediante un sólo plano secuencia que me dejó boquiabierto... no me quité el sombrero porqué me lo había dejado en casa)
Ya aviso de que si ustedes dominan la história de Rusia, quizá reconocerán algunos zares e incluso se enterarán de lo que está pasando en algunas escenas, pero los que cómo yo carezcan de más culturilla eslava que la que me proporcionaron El Doctor Zhivago o los cerditos del Animal Farm, pues pueden limitarse a disfrutar de un espectáculo visual indudablemente bello a través de 4 siglos condensados en 90 minutos y más de 800 actores y extras correteando por 35 de las salas de uno de los museos más fantásticos del mundo.
Nota: un excelente.
Listocomics Puntocom 
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| 36 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Hartmann
León (España)
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Su valoración:  |
12 de Septiembre de 2007 |
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Una apuesta tan extremadamente arriesgada como la que supone "El arca rusa" no puede dejar indiferente a nadie y por fuerza provoca reacciones en su mayoría extremas (y conste que ambos extremos tienen sus buenas razones). Ante una obra así resulta difícil mantenerse en un término medio.
Plantear un repaso a la historia de Rusia en algo más de hora y media suena a provocación, añadir que se va a hacer en un sólo plano suena a arrogancia, rematar con que el plano va a recorrer docenas de salas de un museo pobladas por más de ochocientos extras... eso ya suena a demencia.
Efectivamente, esta locura de Sokurov tiene en sus mayores virtudes su mayor defecto. Decir que es técnicamente perfecta es quedarse corto: es absolutamente impresionante. En comparación, "La soga", del genial Hitchkock, queda como un entremés. Uno se queda atrapado por la belleza de sus imágenes, pendiente de la siguiente pirueta de su director, sabiendo que cada minuto que pasa, que cada habitación que recorre, incrementa paulatinamente la dificultad de este más difícil todavía, en un crescendo que ahuyenta cualquier atisbo de hastío (conocemos el desenlace, por supuesto: si el plano hubiera fallado la cinta no hubiera llegado a estrenarse). Y al final, tras la multitudinaria escena del vals y la despedida de los asistentes, uno sólo puede descubrirse, ante Sokurov y ante el Hermitage.
Pero semejante apuesta tiene un alto precio: encorsetada por su planteamiento formal, la obra tiene como único hilo conductor el diálogo entre su protagonista y el diplomático europeo que le acompaña en un fantasmal deambular. El trayecto marca un ritmo, pero el argumento aparece borroso, apoyado además en un discurso irregular y de escasa coherencia que se ve lastrado por algún tiempo muerto en el paso de un salón al siguiente. El que la narración no siga un orden cronológico no pone las cosas más fáciles, y es evidente que Sokurov pensó en su público, pero no en el occidental. Seamos francos, el español medio es hijo del Tío Sam y sabe perfectamente qué le pasó a Custer en Little Big Horn, quiénes son The Doors o a qué jugaba Michael Jordan. Hablemos de Glinka o Pedro el Grande y ya tendremos el despiste garantizado y una trama hermética. A pesar de todo ello, suscribo las tesis defendidas por el cineasta ruso (v. spoiler), pero no se puede por menos que lamentar que no haya mayor unidad y claridad en la exposición; si la hubiera tenido, entonces sí, “El arca rusa” hubiera sido la película más destacable del último lustro, no un hermoso pseudo-documental, y ahí arriba lucirían diez estrellas.
En resumen, si es un entusiasta del cine convencional o del de palomitas, huya ya mismo. Si le entusiasman el arte clásico y barroco, o la historia de Rusia, o el cine experimental, o simplemente la demencia, (a mí las dos primeras cosas sí, las otras rara vez), entonces adelante, cruce el umbral del museo y disfrute del tesoro estético que supone este fascinante viaje.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: En cuanto al sustrato del discurso, y aunque lo pueda parecer, no hay en absoluto nostalgia de los zares en Sokurov, o mejor dicho, su nostalgia no supone una apología: la despedida final del diplomático lo deja bien claro. “El arca rusa” explora la relación de fascinación y amor/odio que Europa ha ejercido sobre buena parte de la historia de Rusia, y la prueba es que en el repaso destacan los zares “europeizadores” sobre los demás (Pedro el Grande, Catalina, los Romanov-Oldenburg…) El zarismo, a partir del siglo XVIII, fue un intento de crear una isla de occidentalización en medio de un mar de miseria, mar que quedó excluido de los frutos de ese empeño y que acabaría por vengarse del agravio con la revolución de 1917; no en vano la acción transcurre en San Petersburgo, edificada según los modelos occidentales… sobre un pantano. Pero también la ciudad donde con más fuerza prendió la revolución.
Nadie se extrañe de que el periodo soviético apenas aparezca en el repaso más que por la referencia a los ataúdes: la URSS sustituyó a Rusia y emprendió un camino divergente del europeo; el intento nazi de devolverla al “buen camino” (el nuestro, ¡faltaría más!) le costó a San Petersburgo, entonces Leningrado, una batalla de cerco de 900 días saldada con un millón de muertos, como nos recuerda el protagonista.
La condescendencia del diplomático se entiende, es más realidad que caricatura: los occidentales siempre hemos tenido con Rusia una relación puramente paternalista y/o depredadora. Así lo demostraron los teutones, los ejércitos napoleónicos, los nazis o los tiburones que, aglutinados en torno a un títere golpista y alcoholizado como Yeltsin, “occidentalizaron” el país por la vía de mantener todos los defectos del sistema soviético y arrojar por la borda sus virtudes (que también las hubo).
Con antecedentes semejantes, no extraña que Sokurov despida su cinta con un adiós a la aristocracia zarista que sale del museo y al entristecido diplomático europeo que, sacudiendo la cabeza, se niega a avanzar hacia el incierto futuro y prefiere seguir soñando con viejas glorias: Rusia debe seguir otro camino, el suyo propio, al margen de una Europa cansada, caduca y desengañada de sus propios ideales. ¿Arrogancia de parte del ruso? Lógico: han tenido a los mejores maestros en ese arte.
Pero también hay que reconocer que la despedida se produce con cierta gratitud por un legado no siempre sombrío, con un deje de nostalgia por los momentos de luz, por todo lo bueno que queda tras la puerta que se cierra.
Entre otras cosas, por el bellísimo Hermitage.
Hartmann 
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| 30 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Servadac
Madrid (España)
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Su valoración:  |
1 de Febrero de 2009 |
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Interesante, un 6, con una sola frase o plano interminable, la steadycam, a tientas, en busca de una forma, queriendo vislumbrar la historia de San Petersburgo, nunca en esta cinta Leningrado, champagne de tres centurias, cada una de sus miles de burbujas retratada, aristócratas rientes, danzarines, zares, Puskhin, airado con su esposa, Pedro, furibundo, reproduciendo con su gesto el gesto de los cuadros, la realidad, qué duda cabe, imita siempre al arte, la nieve afuera, Glinka, Valeri Gérgiev batuta en mano y elegante, un europeo chuchurrío, con trazas de marqués o sifilítico incurable, se erige en falso cicerone, despistado, observa, espía casi, se extravía, testigo sordomudo, Sokurov le pone voz al Hermitage, su propia voz, la voz del director, cómo lograr que la inflexión encaje y armonice en cada movimiento planeado e imposible, cómo fundir la voz en la secuencia, sentir la misma pulsación, el mismo tiempo subjetivo, la cadencia, cuando la cámara no deja de moverse, el reflejo de la luz en el óleo de los cuadros, la cámara se escora, pintando diagonales, ahí está, jamás desaparece, ahí la tienes, puertas abiertas y cerradas, pasillos tenues, un ensueño, se diría, persiguiendo aquello que hay de Historia en el palacio, puente colgante entre la Europa de las luces y la Rusia de los zares, Catalina, el jinete de bronce, la dama de picas, la cena final de Nicolás II, el baile de Natacha, la cámara no quiere entrar en el invierno del bloqueo, ya suena la campana, acaba el recital, riadas nobiliarias hacia el exterior, los cuadros y esculturas quedan dentro, ya forman parte del museo, las salas se vacían, la cámara se hunde en el trasiego de los pasos, parece deslizarse hacia la puerta de salida, cesura o pausa, la cámara se gira y abre al Neva, no era la voz del director, ni la presencia constante de la steadycam, ni la serie de obras maestras visitadas sin un solo parpadeo, el arca mira al río, con ese cuadro abstracto, el único de la película, la cámara despega, y así comienza su viaje, un 7.
Servadac 
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| 22 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Tomine
A Coruña (España)
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Su valoración:  |
9 de Mayo de 2008 |
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1- Debes adquirir la capacidad de crear la imagen, hasta el punto en el que tú mismo, y tu medio de registro, la cámara, desaparezcan durante el proceso hasta quedar en nada en el resultado. Sólo así una toma pasará a denominarse imagen, y una vez erigida como tal, ser capaz de expresarse por sí misma, de forma leve o sublime, según sea tu talento escaso o admirable.
2- Una vez creada la imagen, crearás la obra. Y una vez creada ésta, la siguiente hasta alcanzar el nivel de la obra maestra (3), que no es sino el nivel cénit de una única expresión, el conjunto de tus filmes, que son muchos y uno al mismo tiempo.
4- En ningún caso debe intentar efectuarse el segundo paso sin haber solucionado el primero, a riesgo de que la cámara se revele y sea el espectador incapaz, por sus medios, de evadir su presencia en todo el metraje, produciendose la el denominado síndrome “corta de una puta vez, mamón”, que tiene lugar cuando un travelling pierde su capacidad expresiva como tal para adquirir la mera existencia funcional relacionada con la necesidad de pasar de un encuadre A a uno B.
5- En el caso de obviar los dos primeros puntos y pasar directamente al tercero, se recomienda, al menos, poner buena música.
Tomine 
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| 8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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tantra
Pandereta's Land (Mongolia)
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Su valoración:  |
22 de Junio de 2009 |
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Un éxtasis visual y sonoro desdibujado por un protagonista postizo y por el uso del plano secuencia que ralentiza por momentos el tempo hasta provocar sopor. Sin embargo, el simple hecho de filmar uno de los museos más fascinantes del mundo ya resulta interesante. Arquitectónicamente apabullante y pictóricamente riquísimo, se echa de menos que el director no recurriese a la historia de cada lienzo para narrar los distintos acontecimientos de la historia rusa. En cambio, este opta por un relato de tintes oníricos con saltos temporales, teniendo como hilo conductor a un francés plasta. Una de esas personas que echan para atrás a todo aquel que quiera acercarse a autores como Rembrandt, Van Eyck o Cánova (degustable en el patio del octógono Vaticano). Alguien que paradójicamente ejemplifica muy bien porqué muchas personas identifican a los museos con el aburrimiento. En contraposición encontramos el brillante personaje de la mujer ciega, curiosamente la que mejor aprecia las joyas que adornan cada espectacular estancia.
El recorrido sigue por las distintas salas con un festival de pan de oro, porcelana de Sevres y trajes a cada cual más fastuoso. El uso del plano secuencia viene como anillo al dedo en algunas estancias, sin embargo, en muchos pasajes termina por exasperar, sobretodo cuando encontramos a personajillos que hablan con los cuadros, o extras que miran descaradamente a la cámara, pareciendo más un vídeo de la comunión de la prima que una película.
Destaca la exquisita música, un festival sensorial que culmina en la mazurca tras la recepción de los embajadores de oriente.
Una lástima que no se muestren imágenes del exterior del Hermitage, tan sólo un retazo nevado de una ciudad, San Petersburgo, que sin duda debe de ser digna de visitar.
Y como guinda, un precioso y poético final que le sube un punto en la valoración final, dejando al espectador con una sensación muy agradable. Recomendable.
tantra 
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