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Edward Burns casi da en el blanco con estas “Violetas Púrpuras” en su guerra de guerrillas en contra de los mass media entre otras causas. Con un buen guión, diálogos inspirados aunque llenos de presunción y una adecuada puesta en escena, nos proporciona viento fresco a la viciada pantalla promedio.
Y decimos “casi” porque la película en varios tramos es una verbalizada exposición de motivos del director/actor sin mediar sutilezas que la emparienta a veces con las comedias convencionales de Hollywood aunque no tenga humor fácil ni giros gratuitos. La coartada, claro está, es que los personajes de Selma Blair y Patrick Wilson son escritores que confluyen en el mismo propósito, el de hacer literatura “de verdad” y como tales detestan los “best sellers” y su obsceno y degradante entorno mercantil y se desviven por escribir lo que realmente quieren aunque eso no les rinda fama ni dinero.
El contrapunto se produce con el personaje de Burns, un abogado de oscuros antecedentes, del cual se duda, incluso, sobre la validez de su título y que sin embargo ha hecho dinero y puede comprarse un piso de tres y medio millones de dólares. Y con el que compone Donal Logue, esposo de Patti la escritora, sujeto histérico y libidinoso cuya presencia hace recordar el mundo de Woody Allen. De ese imaginario parecen sacadas también la pareja de Brian y la mejor amiga de Patti, ex del personaje de Burns quienes al igual que Selma Blair no se caracterizan por ser mujeres voluptuosas ni especialmente atractivas físicamente. Hay una idealización de las relaciones basadas en el amor y la confluencia de intereses aunque duren muy poco, quizá menos que las que se basan en el sexo, concepto que se combina perfectamente con el oficio de escritor satisfecho consigo mismo pero mal reconocido por el público.
Pero hay escenas que además de expresar las propuestas descritas, agregan una atmósfera que Burns ha ido aprendiendo a utilizar mejor en su experiencia cinematográfica y en todas aparece Selma Blair. Por ejemplo, las citas de venta de bienes raíces en amplios y costosos pisos vacíos con grandes ventanas por los que se contempla Nueva York a plenitud, las discusiones con el jefe con la alegoría de la “gran manzana”, los paseos de Patti por la playa y los encuentros con Brian en un pequeño café, remarcados estos últimos con una música precisa que hace recordar a Sofía Coppola; es lo mejor del filme.
Y si convenimos que la propuesta intenta una reformulación del amor, debemos decir que es inversamente proporcional a la realización personal y subsidiaria de esta pero se mantiene constante en el tiempo si las demás variables hacen lo mismo; según el estudioso Edward Burns quien después de 8 ponencias, está en camino de doctorarse en la materia.
GUSTAVO 
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