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| 108 de 130 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Neathara
Saruman hace un orco y luego hace un (Uruguay)
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Su valoración:  |
14 de Octubre de 2008 |
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Érase una vez un hombre herido y una niña herida que forjaron un pacto: morfina a cambio de un cuento. Una adicción por otra: un olvido por otro.
Érase una vez cinco hombres desterrados que buscaban venganza contra un enemigo común al que deberán perseguir por los más lejanos confines de este fascinante y repulsivo universo.
Érase una vez un hospital de los Angeles poblado por murmullos de sufrimiento al otro lado de las puertas cerradas, almas aullantes y solas, cuerpos desmadejados, tristes y rotos.
Érase una vez un cuento más grande que la vida, porque toda la vida es cuento y los cuentos, cuentos son.
Érase una vez una imaginería insaciable, inacabable, inmensa, que traspasa los límites de la imaginación y sólo se arrodilla para servir a una historia.
Érase una vez una película escrita en prosa poética.
Érase una vez un ambicioso señor llamado Tarsem Singh que un buen día decide invertir cuatro años de su vida y mucho dinero propio y ajeno para crear el cuento de buenas noches más jodidamente maravilloso del mundo.
Érase una vez un gran montón de espectadores que todavía no la han visto y a los cuales envidio con toda mi alma.
Neathara 
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| 64 de 72 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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hadrien
Tarragona (España)
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Su valoración:  |
15 de Octubre de 2007 |
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Tarsem Singh, realizador y productor angloindio, habitual conocido de los videoclips (fue el director y responsable del clip "Losing My Religion", popular tema de R.E.M.), director en el año 2000 de la película "La Celda", nos trae ahora con la excelente "The Fall" el remake de una casi desconocida producción india de los años ochenta titulada "Yo Ho Ho".
Rodada con encanto en varias partes del mundo, con especial atención a los paisajes de la India, tras este escueto pero sugerente y, a la vez, metafórico título se esconde una gran fantasía con el trasfondo de una triste historia y un cuento moral.
Un joven especialista en secuencias de acción ingresa en un hospital como resultado de una caída. Allí conocerá a Alexandría, una niña de cinco años ingresada por un brazo roto, a la que, en sus sucesivas visitas, empezará a contar una extraordinaria historia.
Con unas magníficas y creíbles interpretaciones por parte del reparto, en especial de Lee Pace, el actor principal, y Catinca Untaru, la graciosa niña protagonista, que dotan de ternura, humor y dramatismo a esta bonita historia de imágenes preciosas, "The Fall" ha resultado ganadora como mejor película en el pasado Festival Internacional de Sitges 2007 y recibió la mención especial del oso de cristal del jurado joven de la Berlinale 2007.
"The Fall" representa un original forma de explicar una historia y aunque quizá en algunos momentos resulte de una comicidad algo pesada y, sobre todo, nos queden ganas de saber algo más del joven protagonista, no defraudará a quien busque una película que cuente historias personales de forma diferente.
hadrien 
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| 41 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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reporter
Barcelona (España)
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Su valoración:  |
11 de Noviembre de 2008 |
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Tarsem Singh es una personalidad admirada en el mundo de la música por ser el director de video-clips tan famosos como el de ‘Loosing my religion’ de los archiconocidos R.E.M. No consiguió por contra ganarse tantas amistades en el séptimo arte. Con ‘La Celda’ fue acribillado tanto por el público como por la crítica. Y parte de razón tenían pues el filme acababa convirtiéndose en un producto hueco hecho para mayor gloria de la odiosa Jennifer Lopez. No obstante, a un servidor le gustaría rescatar de ella las valiosísimas escenas oníricas (desconcertantes, terroríficas y a la vez preciosas) que con tanto esmero construyó el cineasta indio y que sin duda demostraban que allí había madera de gran creador.
Con el estrepitoso fracaso -llamémosle mejor “caída”- de su primera aventura cinematográfica, muchos ya daban por enterrado al bueno de Tarsem. Pero el verdadero talento nunca muere. Con la ayuda del gran David Fincher y el no menos interesante Spike Jonze (importante, los primeros pasos artísticos de los dos fueron también en el renio de los video-clips), se puso manos a la obra para hacer una libre adaptación de la película búlgara ‘Yo Ho Ho’. ¿Un simple remake? No. Un trabajo colosal con vida propia que le costó para completar ni más ni menos que cuatro años y que le llevó a viajar por todo el mundo, a lo largo de más de veinticinco países.
Viendo los anteriores trabajos del Sr. Singh era de esperar un buen trato de la imagen, pero lo cierto es que ‘The Fall’ supera de largo las expectativas más optimistas. Un boquiabierto Roger Ebert la definió como “una extravagante orgía visual”, pero es que ni así nos podríamos hacer una mínima idea de la magnitud sensorial que alcanza la película. Con ella se hace bueno el refrán de que más vale una imagen que mil palabras. Porque podría pasarme horas tratando de describir la escena del elefante nadando por el océano, o la del emisario de Alejandro Magno cabalgando entre interminables dunas de arena rojiza, o la de la presentación de la ciudad azul de Jodhpur. No serviría de nada. Hay que verla para que dejar que estas imágenes puras, exentas de cualquier trucaje digital atraviesen nuestras retinas para instalarse por siempre jamás en nuestra memoria.
Lo único preocupante de ‘The Fall’ es que tanta belleza impida la entrada de sus múltiples reflexiones. Hay ya quien ha considerado que el impresionante poder visual se convierte en un arma de doble filo que acaba devorando cualquier indicio de contenido en la historia. Error fatal. Si algo ha demostrado por encima de todo Tarsem, es haber aprendido de sus errores. Y es que, este “sueño de Alexandria” está inundado no sólo de colores, sino también de un potente mensaje meta-cinematográfico. Con el fantástico epílogo se destapan las verdaderas intenciones del genio Singh y todos los cabos sueltos acaban cobrando sentido. ‘The Fall’ es ante todo un homenaje al cine.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: No es casual que la historia se sitúe en la época en la que el “arte de las masas” daba aún sus primeros pasos. Tampoco lo es que Roy sea un especialista de secuencias de acción. Al fin y al cabo, fueron estos narradores anónimos -y algunos no tan desconocidos- los que fascinaron al mundo entero con sus peripecias, posibilitando así el imparable crecimiento del séptimo arte. No es gratuita la escena de la sombra del caballo invertida a través del cerrojo de la puerta, al igual que tampoco lo es la del dedo índice que aparece intermitentemente de un extremo a otro de una foto: son la metáfora perfecta de cómo el nuevo mundo -Alexandria- iba a descubrir atónito el poder de imagen al servicio de la imaginación.
La imaginación deriva en la ficción, este mundo donde nacen y viven para siempre las grandes historias. En este caso, la historia es algo similar a un cuento de buenas noches (similar planteamiento pues al de ‘La princesa prometida’) que va tomando forma a través del imaginativo del cronista y de su oyente. Una prueba en esencia de que de nuevo la ficción se mezcla con la realidad. El relato, a pesar de tener la clásica introducción, nudo y desenlace, es un delirio constante, combinando lucidez con incoherencias varias (no olvidemos que al fin y al cabo Roy improvisa sobre la marcha), lo cual no hace más que reforzar este mestizaje.
Pero lo más importante es ver como esta ficción surgida de la nada cambia para siempre las vidas de los dos seres heridos. A medida que la factoría de sueños se va consolidando como una rutina en sus vidas, ésta se revela como una droga con peligrosas connotaciones auto-destructivas. Roy (soberbio Lee Pace) necesita cada vez más la historia para atraer la atención de la única persona capaz de salvarle y Alexandria (fantástica también Catinca Untaru, rebosa tanta naturalidad que uno considera la opción de que no supiera que la estaban filmando) ha encontrado su particular opio para evadirse de la cruda realidad. La imaginación se alimenta de la realidad, pero la realidad también se alimenta de la imaginación, creando así dos universos que pasan por los mismos altibajos.
Esto ha sido siempre cierto, y así lo deja entrever el enlace que se establece entre la escena inicial y la final del filme. En la primera, rodada en un nitidísimo blanco y negro, orquestada por una majestuosa cámara lenta y a ritmo de Beethoven, se nos sitúa en el rodaje de un antiguo western. La secuencia final es un collage de grandes clásicos cinematográficos, en los que se pueden reconocer entre otros a Charles Chaplin y Buster Keaton. Obviamente se mantiene el blanco y negro, y también la misma sinfonía escuchada antes. El mensaje es claro. El cine, este arte que a través de la imagen y de su constante juego entre realidad y sueño ha conseguido encandilar a una generación tras otra, no ha perdido ni pizca de su espíritu original.
reporter 
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| 35 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Adri Bravo
Sitges (España)
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Su valoración:  |
16 de Octubre de 2007 |
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Fundamentalmente, la película cuenta con dos balas de oro en la recámara, y otras de plata completando el cargador. A saber, las de oro son, por una parte, la excepcional fotografía y la explosión de texturas y colores que desprenden cada uno de sus planos, empezando por los instantes iniciales, en un blanco y negro nítido, congelado en el tiempo, y preconizador de las sutilezas visuales que se avecinan, siguiendo con la plasmación de unos paisajes naturales saturados de vida y casi coprotagonistas, y acabando por la deslumbrante composición de cada uno de los fotogramas, casi concienzudamente esculpidos a cincel para deleite de los espectadores. La otra bala de oro, la emotiva interpretación de la niña rumana Catinca Untaru, que parece no saber que está siendo filmada y se entrega en cuerpo y alma a la historia y forma un dúo interpretativo antológico con Lee Pace. Las de plata son quizás la fábula que se nos narra, rica en detalles y profusa en contenido y la idea de conectividad entre culturas que transpira de ella.
Se reflexiona aquí sobre la creación de una ficción y su efecto en la realidad, sobre el poder de la imaginación y la inocencia como la mejor de las medicinas, de cómo todos nos merecemos una segunda oportunidad cuando nos dejan tirados en la cuneta. Quizás suena a edulcorado y a pastiche de emociones fáciles pero a veces es bueno dejarse llevar por la mirada de una niña y por su bondad, aunque los asistentes a la sala de prensa donde anunciaron que the Fall era la película ganadora del festival silbaran tímidamente al ver que la galardonada no cumplía con los cánones más clásicos del género fantástico o de terror. A mí me pareció muy buena elección.
Y si nada de esto os convence, plantearos el visionado de The fall como un paseo virtual por casi medio mundo (se rodó en 23 países) con imágenes que a ni el mejor de los realizadores de National Geographic se le haya ocurrido nunca filmar, o como una lección de las que sientan cátedra del difícil arte de construir una historia, buena o no, pero emotiva en el buen sentido de la palabra. Todo un hallazgo este The Fall. Esperemos que Tarsem Singh no contrate para su nueva película a Enrique Iglesias, y se límite a producirle los videoclips. Señor Singh, cada cosa en su sitio.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: La acción acontece en un hospital de Los Ángeles en la década de los 20. En él, una niña india convaleciente a causa de un brazo roto se topa con un deprimido y despechado especialista de cine que acaba de tener un accidente en una de sus películas. Se crea entonces entre ellos una especial relación, un pacto por el cual el especialista cuenta a la niña un cuento a cambio de que ésta le traiga morfina del dispensario, para poner fin a su vida. Es entonces cuando presenciamos la historia de seis héroes a través de los ojos infantiles de Catinca Untaru (un esclavo africano, el propio Lee Pace encarnando a una especie de guerrero del antifaz, un anarquista especialista en bombas y pirotecnia, un chamán rastafari con especiales habilidades para la guerra, un pintoresco Charles Darwin y un príncipe indio), que buscan venganza por los agravios que les ha causado el señor Odio. La desesperación del narrador hace que el cuento adquiera tintes derrotistas, pero la niña no se dará por vencida y entrará en una batalla dialéctica con Lee Pace para arrebatarle el final de la historia y al mismo tiempo salvarle la vida.
Adri Bravo 
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| 25 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Servadac
Madrid (España)
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Su valoración:  |
22 de Enero de 2010 |
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Para salvar la vida, Sahrazad narró mil y una historias al sultán. Formó con ellas un mosaico de muñecas rusas.
En ‘La caída’ Roy (un hombre en busca de la muerte) atrapa la atención de una pequeña de cinco años, Alexandria. El trueque es muy sencillo: un cuento a cambio de morfina.
Dice Borges de ‘Las mil y una noches’: “El libro es una serie de sueños, cuidadosamente soñados. Pese a su inagotable variedad, la obra no es caótica; la rigen simetrías que nos recuerdan las simetrías de un tapiz.”
La variedad en ‘La caída’ no está en los hilos narrativos, sino en la corriente infinita de escenarios. Es la magia de un viaje inacabable.
Como sus mil y una madrinas, el cuento de Tarsem es más oral que literario.
Antes que letra impresa, es palabra filmada.
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Alejandro Magno se pasea por la Villa de Adriano…
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Pero no, no está en Italia, está perdido en el desierto, con un grupo de fieles. Cómo no pensar en 'La historia interminable', en el desierto de Goab que se transforma, al ponerse el sol, en la Selva Nocturna.
Cómo no pensar en Bastián, que irrumpe en el libro para rescatar a la reina de Fantasía, bautizarla y tomar las riendas de la narración.
Alexandria también entra en el cuento, nombra a Roy. Lo llama padre. Lo salva de la nada. La actuación de la niña destila una frescura encantadora. Su dicción es incorrecta y verdadera.
En ‘La caída’, la niña libera al Cuento de la Realidad.
La película persigue deslumbrar por acumulación de imágenes exuberantes. Es mucho más sencilla que sus antecedentes literarios. Tarsem busca, sobre todo, la orgía visual.
El lamento de la niña ante los giros finales de la historia se alarga demasiado. La actitud narrativa de Roy en ese tramo es excesivamente despiadada. Hay planos prescindibles. El prólogo no acaba de cuajar.
Pero la cinta contiene momentos excelentes: la muerte del místico, con los pájaros saliendo de su boca; los paisajes cambiantes, la sensación de cuento improvisado. La secuencia de la pesadilla de Alexandria es un Tim Burton magistral ("No les he contado nuestro secreto, ni siquiera cuando me torturaban con agujas").
No es película para niños. El comercio entre hospital y fantasía es ciertamente oscuro.
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El homenaje a los especialistas nos ata un nudo de felicidad en la garganta.
[Gracias, Gilbert]
Servadac 
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