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| 17 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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nachete
málaga (España)
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Su valoración:  |
18 de Agosto de 2007 |
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Antes de la majestuosidad cromática de dos clásicos indiscutibles como Narciso Negro y Las zapatillas rojas, el dúo formado por Michael Powell y Emeric Pressburger rodó este delicioso ejercicio de estilo que no se molesta en ocultar su naturaleza de obra coyuntural destinada a teorizar (con inusitada sensibilidad) sobre la necesidad del combate bélico cuando las circunstancias así lo exigen, pero siempre contemplado desde un punto de vista humanista y atendiendo a valores hoy tan caducos como son el honor, el valor y el respeto al prójimo. Esto puede sonar muy conservador o reaccionario, pero conviene insistir en que la película está rodada en 1943, justo en plena Segunda Guerra Mundial, por lo que la pertinencia de su muy complejo discurso resulta innegable.
Sin embargo hay un tema que trata la película que me ha llamado más la atención: el del paso del tiempo, la adaptación al cambio y a las circunstancias, reflejado en la película mediante ese emotivo triángulo sentimental formado por los tres protagonistas. Y es que la película va mucho más allá de su elegante e inteligente patriotismo (en ningún momento se les ocurre condenar al pueblo alemán), puesto que también habla, con mesura pero sin pelos en la lengua, de las cosas que dan sentido a la vida: las esperanzas de juventud, los errores que nos marcarán hasta el fin de los días (qué preciosidad la historia de amor del coronel y Deborah Kerr, y qué inteligente la idea de hacerla interpretar tres papeles diferentes), la experiencia que iremos adquiriendo con el paso de los años, la aceptación de lo inevitable...
Por supuesto, todo esto está rodado de forma asombrosamente nítida, con una puesta en escena atenta al detalle, teatral cuando tiene que serlo, iluminando y resaltando tonalidades que enfatizan los aspectos dramáticos de cada secuencia, haciendo un uso acertadísimo de la elipsis y el flash-back y dejando a los actores adentrarse en sus personajes, sacando todo lo que tienen dentro. El resultado final es una película modernísima, que en contra de lo esperado no ha perdido ni un ápice de su vigencia, y que sigue fascinando quizás por la sabiduría con que afronta conceptos tan elementales como la amistad, el amor y la muerte. Quizás porque se centra en las personas y deja de lado moralinas innecesarias. Quizás porque prioriza lo humano frente a palabras huecas y rimbombantes que no dicen nada.
Lo mejor: la inteligencia de su guión.
Lo peor: que la tachen de patriotera, sin más.
nachete 
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| 14 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Miquel
Palma de Mallorca (España)
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Su valoración:  |
27 de Octubre de 2005 |
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Obra escrita, producida y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger. Es su primera película en color y una de las más prestigiosas. Rodada en el RU durante la II GM, se estrenó (1943) en el moménto álgido del conflicto.
La acción se desarrolla entre 1902 y el otoño de 1942, en Berlín, Londres y alrededores. Narra la historia del militar Clive Candy (Roger Livesey) desde su regreso de la guerra de los boers (África) hasta su intervención en la defensa civil de Londres. La obra hace especial referencia a su larga amistad con un oficial alemán, Theo Kretschmar-Schuldorf (Anton Walbrok), a su búsqueda de la mujer ideal y a la obsolescencia de sus conocimientos militares. La película es un instrumento de animación patriótica tras 3 años de guerra y expectativas de una continuación prolongada. Anima a la participación en la defensa civil, relata los crímenes de guerra del nacismo y los errores de su ideología, denuncia la debilidad de los gestores de la victoria de 1918 y exalta la lucha por la supervivencia. La propuestas patrióticas se argumentan sin soflamas, sin estridencias y sin condenas del pueblo alemán. En la última parte del film cobra fuerza la amistad sincera y entrañable del viejo general inglés y el maduro ex-coronel alemán, ambos heridos por la vida, las guerras y el amor a una mujer. El general cometió un error de juventud al no advertir a tiempo su amor por Edith Hunter (Deborah Kerr). Perderla le ha supuesto una fuente de amarguras que le ha mantenido en una búsqueda incesante de la mujer ideal, la mujer perdida, con la que identifica a su esposa, Bárbara Wynne (Deborah Kerr), y a su ayudante y chófer en los años de retiro, Angela/"Johnny" Cannon (Deborah Kerr). Su afecto por ella, le llevará a ignorar las ordenanzas y la humillación postera que sufre a manos de su compañero sentimental. Al perdonarle, muestra la grandeza de su espíritu y su apuesta por la paz.
La música está presente, ocasionalmente, con melodías alegres, inquietantes, severas o distendidas. La fotografía exhibe una extraordinaria riqueza plástica, basada en una acertada iluminación, decorados exhuberantes, colores vivos y primeros planos de gran fuerza. La guerra se ve sólo por sus efectos sobre edificios y rostros, por sus sonidos y por la presencia de Cruz Roja. La interpretación de los protagonistas brilla a gran altura. Lovejoy está magistral y Kerr luce una belleza serena, pese a que a su alrededor se teje una trama de exquisita sensualidad. El guión apuesta más por la narración verbal, que por la visual y sonora. Los diálogos en ocasiones son algo largos en relación a los actuales. Algunas alteraciones del ritmo narrativo se han de juzgar a la luz de los recursos utilizados. La obra está punteada de humor y sana ironía. Kerr encarna una lúcida defensa de la igualdad de la mujer.
La película elogia la amistad y sus trasnacionalidad, el juego limpio, el esfuerzo de guerra y la adaptación al cambio. Deleita y engrandece el espíritu.
Miquel 
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| 14 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Gort
Marte (España)
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Su valoración:  |
27 de Marzo de 2008 |
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A lo largo de toda una vida un hombre puede llegar a ser muchos hombres. Aún y así, no importa en qué etapa de su vida se encuentre, cuál de esos hombres sea, ya que en cualquier momento le puede sobrevenir la presencia de ella.
De joven, Clive Candy es un valiente y atolondrado oficial británico que ha luchado en Sudáfrica contra los ‘boers’, capaz de contraatacar mandando a un camarero con una jarra repleta de cervezas a la par que compromete los intereses diplomáticos de su embajada en un país extranjero, capaz de forjar una amistad insospechada. En definitiva, un adalid de ese Imperio británico que extendió su civilización a lo largo y ancho de todo el planeta. Y sin embargo, en el momento de la verdad, es incapaz de reconocerla.
Ya en el umbral de la vejez, Theo Kretschmar-Schuldorff, huye de la vorágine del nazismo. Él, que se ha batido en duelo con otros hombres, que luchó en la gran contienda que cambiaría el mundo y que tuvo que sufrir la derrota y destrucción de su país, cree no poder ir lo suficientemente lejos. Lo que nunca podía sospechar era que un corto trayecto en coche de vuelta a casa pudiera llevarle tan lejos.
Si bien es cierto que la película destila un inevitable aroma británico, y que en ciertos momentos utiliza líneas del guión para hacer referencia a motivos coyunturales (la Inglaterra a la expectativa de principios de la II Gran Guerra), el valor de ésta no se resiente lo más mínimo. Narra la historia de un hombre que consigue ser fiel a sí mismo (esa magnífica y sobria escena final), de la soledad ante los momentos más importantes de la vida de un hombre, y de cómo el encuentro ante ella es el más misterioso e inexplicable de todos ellos. ¡Larga vida al Coronel!
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Perseo llegó corriendo a las puertas del escondite de la Gorgona. Un impulso repentino le detuvo frente a éstas, instándole a esperar el momento propicio. A pesar de que el sol acababa de llegar a su cénit supo que debía demorarse hasta el ocaso frente al umbral de ese inframundo. Durante la espera sintió allá dentro el rumor espectral de la Medusa. Una mirada al tranquilo mar resplandeciente alivió su ánimo, su espada rebanaría el cuello del monstruo.
Penetró temeroso en el recinto, aturdido aún por la oscuridad y el baile de las sombras. Sorteó con cuidado el estruendo de la música, a aquella vorágine danzante, cruzándose con miradas cómplices o completamente indiferentes hasta llegar a la barra. Parapetado en aquel familiar refugio, acompañado de la fiel bebida del pirata, fue Javier quien se la presentó. ¿Estudias o trabajas?
El hedor de la bestia inundaba el laberinto, así como la efigie petrificada de sus víctimas. Ella prefirió acercarse a su grupo de amigas, riendo mientras lanzaban miradas furtivas a la barra. Sintió próxima su presencia y se apostó tras una columna, recordando el consejo de la diosa, aferrándose a su espada presto a la estocada mortal. Su rubia cabellera saltaba al compás de sus pasos, y tras un giro una sonrisa le invitó a aproximarse. Su bello rostro se reflejó en el escudo, un susurro le estremeció pese al bullicio.
¿Será ella?
Gort 
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