|
Así es Johnny, el protagonista del film de Mike Leigh, un desarraigado, un paria. Es un joven, el personaje de la chica de la cafetería le echa muchos más años de los que tiene, viejo a la fuerza. Un intelectual hasta las pelotas de todo que viaja a Londres desde su Manchester natal para reecontrarse con su anterior pareja, Louise, con la intención de mandarlo todo a la mierda y seguir a la deriva.
Y lo que se encuentra Johnny en su deambular nocturno son hastíos y frustraciones continuas, vacíos como el del vigilante, un hombre taciturno que lo invita a entrar en el recinto para paliar su soledad y llenar sus horas, para encontrar un sentido a una vida rutinaria, sin alicientes. Johnny le da un auténtico simposio sobre conceptos de los que habla el vigilante sin saber realmente su significado.
Vacíos como el de la camarera, una hermosa chica con empleo fijo, como Louise, pero con una vida insatisfecha, como también pone de manifiesto Johnny.
Vacíos como el de la chica que mira el vigilante, alcoholizada y frustrada.
Vacíos como el del perturbado Archie y su pobre novia Maggie, unidos por la adicción.
Vacíos como el de Sophie, atrofiada por el cannabis, y aferrada a una relación platónica con Johnny.
Vacíos como el del niño rico, sádico, maltratador y autodestructivo. Lo tiene todo y, sin embargo, no tiene nada.
Y vacíos, en definitiva, como el de Laurie, ex de Johnny, que sólo aspira, como ella dice, a llegar a casa, tomar el té y sentarse tranquilamente a ver la televisión.
Lo que queda es el retrato de una sociedad hipócrita y simplista en todas sus escalas que empuja a la deriva a seres brillantes, pero también perturbados como Johnny.
settembrini 
|