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| 24 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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nachete
málaga (España)
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Su valoración:  |
10 de Marzo de 2008 |
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Siempre lúcida y desencantada, la irreverente Lina Wertmüller saldó cuentas con la propia maldad inherente al ser humano realizando una de las aproximaciones más terribles e inteligentes a ese vergonzoso pedazo de historia que fue el nazismo. Lo hizo siguiendo los pasos de Pasqualino (Giannini, en una de las mejores interpretaciones de todos los tiempos), seductor de poca monta y fiel defensor de rancios y caducos valores (nobleza, decoro), los que pretende atribuir a su propia prole: madre y siete hermanas. Así empieza, como descripción en flashback sardónica y pintoresca. Pero en el transcurso de la película esta irá mudando de piel sucesivamente, abriéndose a nuevas (y cada vez más tristes) lecturas.
Lo que en un principio apunta a una farsa burda y tronchante de tintes negros y policíacos (a medio camino entre el western revisitado en clave irónica -el decadente duelo en el prostíbulo- y el más puro Fellini -esas carnales y lujuriosas hermanas), se torna después en drama desolador. Afortunadamente la risa amarga no llega a desaparecer del todo; la comedia sirve como perfecto cauce a través del cual describir al protagonista, patético y tierno a la vez, con sus (escasas) virtudes y sus (muchos) defectos, algo así como la perfecta representación de una Italia fascista encharcada en sus propias ansias de poder y grandeza, a la que la Wertmüller pone en su sitio en un diálogo memorable. Luego todo se tuerce, los ángulos humorísticos se irán matizando conforme avance la peripecia de Pasqualino, hasta desembocar en un tramo final en el que ya se ha sobrepasado la línea y no hay vuelta atrás: cualquier apunte cómico queda fuera de lugar, sólo hay sitio para la lágrima y el dolor.
El talento de Wertmüller no sólo reside en su asombrosa capacidad para aunar comedia y drama, llegando incluso a hacer humor con un hombre ahorcado al fondo del plano (y sin recurrir a zafios sentimentalismos: ¡aprende, Benigni!), sino en crear metáforas perfectas para ilustrar el progresivo deterioro moral al que se expone el ser humano en su último afán por sobrevivir. No hay duda: la película es cristalina y demoledora, terrible en su diagnóstico y durísima en su exposición. Como no podía ser de otra forma, las palabras de Hobbes vuelven a mostrarse verdaderas y el sentimiento que queda es el de la rabia y la impotencia que nos atenazan cuando se impone sin remedio y ante nuestros ojos la locura colectiva más destructiva y terrorífica que se pueda imaginar. No por nada la película comienza con un poema recitado en tono grave, mientras de fondo se suceden imágenes de caos, destrucción, muerte y desolación que preludian el claro devenir de nuestros días, ligados a un futuro opaco y desesperanzador: un futuro en el que la gente se mata por una simple manzana.
Lo mejor: lo grotesco y lo cómico bailando a un mismo son.
Lo peor: quizás se puedan limar algunas asperezas estéticas.
nachete 
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| 5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Samizdat
Móstoles (España)
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Su valoración:  |
26 de Junio de 2011 |
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¿Es posible aunar en una misma película la reflexión sobre el Holocausto y el humor más zafio? ¿Hablar de la más terrible degradación del ser humano al tiempo que se hace reír al respetable con chistes de pedos y letrinas? Aunque no lo parezca, es posible. Lina Wertmüller lo hizo en esta película, y el resultado es una obra maestra inapelable, una comedia dramática que está, a mi modo de ver, entre lo mejor y más profundo que el cine ha podido decir acerca de la barbarie nazi y, por extensión, acerca de la condición humana.
Las películas de Wertmüller no son, sin duda, un manjar apropiado para todos los paladares. Más que a degustar un exquisito bistec, la experiencia de ver alguna de sus obras equivale a darse un atracón de callos con garbanzos, tan apetitosos como grasientos. «Pasqualino Settebellezze» es la mejor de las tres películas de Wertmüller que he visto (las otras son «Mimí metalúrgico herido en su honor» y «Film de amor y anarquía»), y no precisamente porque se aparte de su línea habitual, sino más bien porque la lleva al extremo. Relata la historia de un hampón napolitano de poca monta, Pasqualino, apodado irónicamente «Siete Bellezas» por tener siete hermanas, a cual más fea. Lo conocemos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando acaba de desertar y se pierde por los brumosos bosques alemanes hasta que es capturado y enviado a un campo de concentración. Al tiempo que se nos cuenta esto, mediante una serie de flashbacks sucesivos se nos relata su vida en Nápoles antes de la guerra y el crimen que se vio obligado a cometer para mantener el «honor» de la familia, con resultados catastróficos. Dos líneas argumentales, por lo tanto, con un marcado contraste visual: la luminosidad del sol de Nápoles y su abigarrada y barroca arquitectura frente a la siniestra y desoladora penumbra de los barracones del campo de concentración alemán. El acertado montaje permite un interesante juego de espejos entre las dos historias que se nos cuentan: en Nápoles, Pasqualino hace lo imposible por cuidar su imagen y su concepto del honor; en Alemania, ya sólo cuenta sobrevivir a toda costa.
A lo largo de ambas líneas argumentales, lo esperpéntico y lo macabro van frecuentemente de la mano, aunque es cierto que las secuencias del campo de concentración, aun sin excluir el humor, son de una enorme dureza. En un ambiente irreal (semioscuridad, colores fríos, neblinas) se nos presenta un panorama digno del Infierno de Dante. Además, el contraste con la comicidad de otros momentos de la película hace que estas escenas resulten aún más horribles. La historia napolitana, en cambio, abunda más en peripecias cómicas, satirizando, como en otra gran película de Wertmüller («Mimí metalúrgico herido en su honor»), los alambicados códigos de honor y el desmesurado machismo propios del sur de Italia.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: El personaje de Pasqualino es interpretado por uno de los más grandes actores de la comedia italiana, habitual del cine de Wertmüller, Giancarlo Giannini: una interpretación excepcional, gracias tanto a su inagotable expresividad mímica como a su cómico acento meridional (impostado, ya que él procedía del norte de Italia). Giannini borda la radical transformación del personaje, de perdonavidas barriobajero a auténtico «gusano» humano que, perdido todo atisbo de dignidad, lucha denodadamente por sobrevivir, de un modo al tiempo trágico y grotesco. Pero los secundarios de esta película son también inolvidables; por citar solo a algunos, brillan con luz propia la colosal Elena Fiore, espléndida en su encarnación de Concettina, la hermana más «rebelde» del protagonista, y Fernando Rey, que da vida brevemente a un excéntrico anarquista español. Sobresaliente también para la banda sonora de Enzo Jannacci, especialmente para el tema «Tira a campà».
La película admite, en mi opinión, diferentes lecturas. Por un lado, critica la actitud que ante Mussolini y el régimen fascista tuvo la mayoría de los italianos, como puede verse en el intercambio de opiniones que Pasqualino tiene con un preso político con el que coincide accidentalmente en el vestíbulo de una estación. Como una gran mayoría de sus compatriotas, Pasqualino «no se ocupa de política», pero tiene cierta simpatía por el Duce, ya que, según su opinión, ha limpiado las calles y ha devuelto su orgullo al pueblo italiano. Su interlocutor desmonta con facilidad estos demagógicos argumentos que, sin embargo, les fueron útiles a millones de italianos para aceptar sin problemas de conciencia el régimen fascista.
Pero la película se puede leer también como una reflexión amarga sobre la condición humana. El viejo anarquista español que interpreta Fernando Rey hace una serie de comentarios irónicos sobre el nazismo y los campos de exterminio, preconizando como ideal del futuro «el hombre en el desorden», en contraposición con la «ordenadísima» industria nazi del exterminio. Paradójicamente, el personaje que mejor encarnará este ideal no es el anarquista, sino el propio Pasqualino, un asesino carente de ideales, bajo y rastrero, capaz de hacer cualquier cosa para sobrevivir, pero que resulta simpático al espectador por su absurda confianza en sí mismo, más allá de cualquier consideración racional. Su egoísmo desmedido y su carencia absoluta de escrúpulos le permitirán finalmente sobreponerse a su destino. Pero su mueca en el plano final de la película es amarga: el precio de la supervivencia es la renuncia a todo lo que de verdaderamente humano hay en el hombre.
Y todo esto, además, en una película llena de situaciones y personajes, pese a todo, enormemente divertidos y entrañables, frente a la que es imposible que nadie se aburra ¿Acaso se puede pedir más?
Samizdat 
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