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Sinopsis
Un escritor norteamericano algo bohemio (Owen Wilson) llega con su prometida Inez (Rachel McAdams) y los padres de ésta a París. Mientras vaga por las calles soñando con los felices años 20, cae bajo una especie de hechizo que hace que, a medianoche, en algún lugar del barrio Latino, se vea transportado a otro universo donde va a conocer a personajes que jam... Leer sinopsis completa
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14 de Mayo de 2011
260 de 293 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Definir esta película en pocas palabras es fácil, pero cruel, innecesario e injusto. Lo haré, de todas formas: es una película que transpira buen humor, transpira amor, respeto por las calles que pisa y por las figuras clásicas que expone, cariño hacia la figura que Woody Allen fué, agrado hacia el presente y nostalgia hacia el pasado. Es una película blanca, limpia, ajena a maldad alguna más allá de provocar a los que creen que lo barato es barato y el respeto es comunismo. No hay ningún plano equivocado, no hay ninguno que se aleje del propósito de contarte una historia, pues aunque es un escaparate de sueños, nunca deja de avanzar, de desgranar la figura del artista, pasado y presente, y lo hace con una mano meticulosa, precisa, fina en los movimientos de camara y fotógrafa en los planos fijos. No hay un actor desubicado, ni incorrecto. Es una película que en su sencillez ronda la perfección y en su originalidad, en su forma, se hace irrepetible.
Lo mejor de toda ella, es la sonrisa que te acompaña desde que Owen Wilson habla de París hasta que cae la lluvia y se cierra el telón. Es una sonrisa feliz, inconsciente, de la que es imposible separarse. Si el cine es emociones, pocas películas me han atado nunca tanto a una emoción, sea cual sea.
En resumen, en pocas palabras: Blanca, pura, casi perfecta.
0Gilthas0  |
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13 de Mayo de 2011
115 de 134 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Salvo alguna honrosa excepción, el periplo por el viejo continente de Woody Allen (iniciado hará ya más de un lustro) no se estaba saldando con demasiada buena nota. Un resultado por lo menos curioso, sobre todo teniendo en cuenta la fama de "autor europeo" que le ha perseguido casi desde los orígenes de su larga y fecunda carrera, y que de algún modo venía a ser una explicación algo simplona de por qué sus películas parecían tener siempre una mejor acogida en el otro lado del charco (el nuestro, se entiende).
Agarrándonos a esta concepción de las sintonías allenianas, no deja de ser paradójico que las visitas de este veterano autor a ciudades tan emblemáticas como Londres o Barcelona se tradujesen en productos tan mediocres dentro de su historial. Y no deja de ser preocupante que sus mejores productos a lo largo de estos últimos años surgieran bien de sutiles revisiones de alguna de sus obras mayores (es el caso de 'Match Point', versión más agria de 'Delitos y faltas'), bien de recuperar guiones que llevaban décadas abandonados, y que de paso le servirían para volver a los Estados Unidos ('Si la cosa funciona').
En ningún lugar como en casa. Una filosofía que delata un más que evidente chobinismo, que de esto saben mucho en Francia... más aún en la gran capital. París, esa ciudad siempre con ambición de acapararlo todo en el sí del país galo, tiene algo especial. "París me excita", afirmó el genio neoyorquino en la rueda de prensa de presentación en Cannes de su última obra. Rueda de prensa en la que no perdidó la ocasión de mostrarse -una vez más- tímido ante los medios de comunicación, y de presentar un aspecto que, por qué no decirlo, de buen seguro hiz sufrir a más de uno por su estado de salud. Afortunadamente, la película que trajo bajo el brazo dejó mejores sensaciones. ¿Podemos hablar de la mejor película de esa especie de "European Tour" de Allen? Sin duda. Es más, 'Medianoche en París' hace méritos suficientes para entrar, quizás no en el grupo de obras cumbre de Allen, pero sin duda en el de las que con el paso de los años vamos a recordar con mucho cariño.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler:
Como ya hiciera en la maravillosa 'La rosa púrpura del Cairo' (que en cierto modo servía de homenaje a la todavía más maravillosa 'El moderno Sherlock Holmes', del gran Buster Keaton), Allen tira de elemento fantástico para presentarnos una comedia romántica. Como viene siendo habitual, el enclenque director/guionista se queda detrás de las cámaras, lo cual no significa que no tenga presencia delante de ellas. El simpático Owen Wilson se une a una lista de actores en la que encotramos a Jason Biggs, Will Ferrell o Josh Brolin entre otros. Nombres que tienen en común el haber imitado los tics y los gestos de Allen a la vez que recitaban sus diálogos. Una prueba de fuego de la que Wilson sale indemne, aportando a este arquetipo de personaje un bienvenido aire de relajación y buen-rollismo típico de "la costa oeste", y sobre todo, apoyándose en un guión que hace gala de una genialidad que algunos ya creíamos perdida.
Un texto que en sus primeros compases tira de manual: unos compases de jazz aquí, una serie de vistas turísticas allá... y algún que otro chiste sobre política o sobre el frágil equilibrio que sostiene a la familia. Un conjunto aderezado con los ya típicos tonos cálidos en la fotografía, no-realistas, pero por lo menos, subjetivistas. Nada nuevo bajo el sol de París. Pero cuando la noche cae, todo puede pasar en la ciudad del amor. Que una niña de papá caiga rendida a los encantos de un pedante sabelotodo, que un joven escritor encuentre la inspiración... o que un Peugeot fantasmagórico nos lleve noventa años atrás en el tiempo, justo en la época en la que dicha ciudad conoció su máximo esplendor. Los felices años veinte, la Belle Époque, el Renacimiento... Cualquier tiempo pasado fue mejor. Una apreciación sin duda rebatible, al estar ésta marcada por ese sentimiento más o menos presente en cada ser humano. La nostalgia, es decir, la negación de un presente horroroso.
Es decir, una ocasión idónea para que Woody Allen interactúe de forma directa y bilateral con ilustres de la talla de Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Pablo Picasso, Salvador Dalí (muy divertida la caracterización de Adrien Brody, quién iba a decirlo) o Cole Porter. La delicia de todo buen amante del arte... visto lo visto, muy loco se tendría que estar para no intentar obtener el consejo literario de Gertrude Stein, o para no plantar en Luis Buñuel la semilla de 'El ángel destructor', o para no darle a Zelda Fitzgerlad un valium... o, por qué no, para no enamorarse de una bella musa. Todo cabe en esta exquisita, divertida, encantadora y nostálgica fantasía, bien llevada y alargada en la justa medida. El año pasado, en La Croisette, y debido a la presentación de 'Conocerás al hombre de tus sueños', se pidió a gritos que Allen abandonara Europa... los aplausos que se oyeron en ese mismo escenario después de 'Medianoche en París', indican que dicho regreso quizás pueda esperar.
reporter  |
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28 de Mayo de 2011
92 de 104 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Midnight in Paris comienza con un pequeño ciclo de postales. Acto seguido, una familia de pijos estadounidenses (superficiales, bufos, repulsivos), entra en escena. Todo huele a crítica feroz de espuma y palomitas: personajes de una pieza, buenos chistes, técnica impoluta, un sosias –otro más, pero ninguno me complace tanto como el genuino– del propio Woody Allen en el papel protagonista.
Acomodados en la butaca, dispuestos a disfrutar de este paseo en bateau-mouche por las aceras de ‘Paris, la nuit’, un coche antiguo nos recoge…
…y nos conduce a otra París idealizada (esa luz, nocturna y ocre, es menos de la capital francesa que de Allen), retratada en brillo (no en profundidad), con personajes bufos de una pieza, buenos chistes, técnica impoluta y el sosias de Woody campando alucinado por los Campos Elíseos de una pasión que en él es llama doble: el arte (los artistas) y el eterno femenino.
Los artistas, esos cómicos, son satirizados sin piedad y con cariño; en el fondo, se nos dice, son inocuos en vida y fértiles en obra. Los otros, los no artistas –el profesor pedante, la mujer florero, los padres ultraconservadores y clasistas, la idea gris del funcionario made in Hollywood– son caricaturizados sin atisbo de cariño y sin piedad, pero con mucha gracia.
El conjunto es algo desigual y francamente divertido. Woody Allen, en la orilla de su vida, se nos muestra nostálgico y mordaz. Se parapeta frente al miedo ante la muerte con sus dos queridas y canónicas eternidades: el Arte y la Mujer.
Existe, para él, la Edad de Oro. Y es que cada uno de nosotros alberga en su interior una pléyade particular de genios y poetas –es curioso observar cómo se imbrica el arte en el tejido de la vida, cómo se teje y se desteje nuestra historia personal en el tapiz de obras, sitios y recuerdos que configuran la memoria.
El tiempo pasa, la Edad de Oro adopta la forma idealizada de un pretérito irreal –o, más bien, hiperreal en tanto que evocación perfecta, plena y muy presente del pasado.
El eterno femenino, para Allen, es una carrera de relevos en la que, en toda época y lugar, habrá una jovencita que nos lleve de la mano en dirección contraria a la guadaña. Ya se sabe que Eros es el gran antagonista de la Muerte.
¿Y el Arte? El Arte es un divertimento. Los artistas son ridículos farsantes con encanto. Pero sin esa farsa, el aire de este mundo sería irrespirable.
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Woody, el viejo Woody, no puede ser más transparente en su mensaje: que exista siempre una mujer con quien sentir, a orillas de algún Sena, el penúltimo disco de Cole Porter.
Servadac  |
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21 de Mayo de 2011
63 de 70 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Cualquier tiempo pasado fue mejor.
Una cita que no es invención de nuestros tiempos, si no que ya se recogía incluso en la Biblia (Eclesiastés, 10,7) o el mismo Jorge Manrique en su obra "Coplas a la muerte de su padre".
Esto puede que nos ayude a entender un poco la añoranza de Woody Allen hacia el París de los años veinte. Y es que... ¿Quién no ha soñado alguna vez con vivir en otra época, soñar un cambio de la situación actual o simplemente eso de 'ojalá fuese otro'? Y es que el ser humano suele ser, por naturaleza, bastante inconformista, caprichoso o envidioso, y lo del vecino nos parece más tentador que lo de uno propio.
Pero innatamente, el ser humano también suele ser impetuoso, vehemente, impulsivo... Y me da la sensación que eso es lo que añora Woody Allen.
Los Fitzgerald, Hemingway, Picasso, Dalí, Bunuel, Cole Porter... Si algo tienen en común, aparte de su indudable talento, es que su arte nace de impulsos, sensaciones y motivaciones interiores que brotan al exterior en arrebatos de genialidad. Y de un impulsivo deseo de pasear de noche por las calles de París, el protagonista de la película, Gil Pender, 'viaja' a su anhelado París de los años veinte, junto a los eruditos literarios, pintores y demás artistas que admira. Y se crea una especia de lucha interior entre el pasado y el presente, lo sensitivo y lo práctico (que bien reflejaría su prometida Inez en la película).
Yo creo que la película no es sólo un alegato del 'carpe diem' sino de algo más vital y necesario, de darlo todo, de seguir el impulso que nace del corazón más allá de la cabeza y del pragmatismo (Gil renuncia a su vida de guionista exitoso que no le llena para escribir novelas, que es lo que verdaderamente desea) y apostar por tus sueños de tal forma que en el futuro las venideras generaciones tengan nostalgia de la nuestra y sirvamos de estimulante a sus mente creativas, así como Gil Pender echaba de menos y se inspira en su París de los años veinte.
Y si de algo estoy seguro, es de que a Woody Allen le echarán de menos.
Dragondave  |
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13 de Mayo de 2011
65 de 78 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Hace una semana “Midnight in Paris” solo era ‘la nueva película anual de Woody Allen’. Pero desde el pasado miércoles, se convirtió en (según la crítica internacional) “la mejor película de Woody Allen desde Desmotando a Harry”, poseedora de “los mejores chistes” de su realizador. Vamos, “from zero to hero”, que se suele decir: de ser ‘una más’ a ser ‘cita ineludible”. Me encanta el realizador así que iba a verla de todas formas, pero no puedo negar que tanto halago me había hecho esperar algo especial, único.Y “Midnight in Paris” lo es, pero no va más allá. Se trata de un trabajo bien realizado, de gran factura (sólo hay que ver su sensacional ¿prólogo? musical, un retrato de un día en París al estilo Dziga Vertov), en el realizador da pie a un ejercicio de nostalgia de forma similar al de su “Whatever Works” (2009).
“Midnight in Paris” se inicia con la llegada de una pareja a la capital francesa, centrándose la historia principalmente en el personaje de Owen Wilson (que habría interpretado Woody hace unos años sin mayor problema) y sus aventuras por la ciudad, sobre todo las nocturnas. Hablar más es incurrir en spoiler o al menos destripar parte de las sorpresas que se esconden en el que es uno de los guiones más sólidos que ha escrito Allen en los últimos años, también de los más originales, si tenemos en cuenta que la (más divertida, aunque no mejor) citada “Whatever Works” era un trabajo que llevaba años acumulando polvo y que la fantástica “Cassandra’s Dream” parecía fruto de una noche de pasión entre “Match Point” y “Delitos y faltas”. No es gratuito utilizar la palabra “magia” para definir lo que consigue Allen, que vuelve a demostrar que su genio no se encuentra sólo en la escritura de los gags sino también en la construcción de escenas, que esta vez delegan parte de su efectividad en los conocimientos culturales del espectador.
Levantada por un simpático Owen Wilson y un reparto de secundarios que no desmerece (genial Sheen, hermosísima Cotillard), “Midnight in Paris” no es una Obra Maestra y está lejos del mejor Allen, aquel que nos entregase clásicos del séptimo arte como “Manhattan” o “Annie Hall”, pero poco importa. Se trata de un trabajo encantador, lleno de inventiva, que no se limita a engarzar gags y va más allá, partiendo de una idea sencillísima y concluyendo de la única forma posible, dejando una lección que no por evidente pierde fuerza. Otro año más, toca agradecer que este señor, bajito y judío, siga deleitándonos con su sabiduría y entregándonos cine del que deja buen cuerpo y una sonrisa en los labios. Recomendada, pero cuidado con las expectativas. Hay que tomársela como un cuento o una fábula moral, ni más, ni menos. Que tampoco es poca cosa, por otra parte.
Caith_Sith  |
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