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| 4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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LUISMA
BURGOS (España)
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Su valoración:  |
28 de Abril de 2008 |
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El cine musical americano es todo una delicia, al menos en lo que se refiere a la parte estrictamente musical. No puede alabarse mucho ni la historia (casi siempre es un cuento con final feliz) ni los diálogos de los protagonistas (sanos e inocentes). Pero todo el que vaya a ver una película de este calibre, ya sabe que esto va a ser así. ¿qué es, por tanto, lo que llama la atención de estos films? Está claro: los bailes, la coreografía, la pomposidad de cada escena, incluso su originalidad. Los coreógrafos de ahora tendrían mucho que envidiar a aquellos. La verdad es que aquellas personas que les guste el baile, deben quedarse absortas viendo como se deslizan con gracia y soltura sobre el suelo estos fantásticos bailarines.
LUISMA 
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| 3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Existen ciertas películas que son como los muebles de Ikea, es decir, prefabricadas y que se montan fácilmente siguiendo siempre los mismos pasos. ¿Y cómo es posible que algunas películas se puedan montar sin haberla visto nunca antes? Pues sí, porque hay películas tan manidas, previsibles y de consumo directo para el público que dicho público las va montando mientras las ven. Y un caso bien representativo es “Navidades blancas”.
Se podría decir que “Navidades blancas” no es una película, sino un producto de consumo que poco difiere de las salchichas o embutidos que se compran en el “Carrefour”, pues al igual que dicha comida el efecto es el mismo: te da un placer previamente conocido, uno en el paladar y el otro en las emociones más básicas y primarias.
¿Estoy intentando decir entonces que “Navidades blancas” es una mala película porque es tan pueril, previsible, aséptica, pura e inocente que no hay espacio para una mínima sorpresa o interés cinematográfico? Pues no, o no exactamente. Por una parte es una película terriblemente mala, pues sabes continuamente lo que va a pasar en cada escena (incluso, si me apuran, hasta adivinas los diálogos).
Pero por otra parte si eres capaz de comprender que es un mero consumo comercial y te adentras, eso sí, muy inocentemente, en el film, entonces podrás volver a revivir la idéntica sensación experimentadas en cientos de films previos del mismo patrón argumental.
Y es que hay películas que hay que verlas con el piloto automático desconectado, pues sino te puede llegar a asquear esos diálogos tan edulcorados, esos sentimientos tan pueriles, entrañables, pastelosos y navideños, la descarada pomposidad, el tono infantil y sobre todo el tremendo puritanismo que asolaba el cine americano en los años 50 (menos mal que “El apartamento” (Wilder, 1960) acabaría contundente y tajantemente con ello de un plumazo).
Pero cuidado, no desvaloremos los méritos de “Navidades blancas”, pues vista con ojos de niño estamos ante un musical magnífico (que grande era Irving Berling), unas coreografías espectaculares y espléndidas, una Rosemary Clooney en estado de gracia (mucho mejor que los otros 3 protagonistas) y un producto prefabricado que, como todo producto prefabricado, está calibrado al milímetro para producir su efecto.
Pero claro, ¿es eso realmente lo que queremos? Es la gran diferencia entre arte y artesanía, o más claramente dicho, entre un marmitako elaborado con pasión y amor frente a la hamburguesa industrial del Burger King.
El Despotricador Cinéfilo
El Despotricador Cinéfilo 
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| 2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Tras un tiempo record de 27 años (1926-1953) al servicio de la productora Warner Bros., el director Michael Curtiz firmó la terminación de su contrato, y de inmediato, aprobó un nuevo acuerdo, por siete años, con la Paramount. El contrato era bastante laxo y dejaba al realizador una libertad como la que jamás tuvo con los hermanos Warner.
Su primer encargo, creo yo que obedecía más al afán de los estudios cinematográficos de combatir a la nueva competencia que acababa de llegar (la televisión) que, en el afán de minimizarla, inspiró técnicas, más o menos efectivas y de gran despliegue de la imagen, como el Cinemascope, el Cinerama… o la VistaVision que se estrenaba precisamente con “BLANCA NAVIDAD”. En esta película, puede verse una malintencionada escena que contrasta el pequeño tamaño y el color (blanco y negro) de la pantalla televisiva, con la monumental y full color de la imagen VistaVision. En la escena, se muestra a Bing Crosby cantando para un programa en directo, y curiosamente, esta sería la única toma que, en toda su vida, haría Curtiz para la tv.
Remake de “Holiday Inn” de Mark Sandrich, que había protagonizado el mismo Bing Crosby junto a Fred Astaire, la Paramount ya había intentado rehacerla con ellos mismos, pero Astaire se negó a repetirse, y entonces, se convocó a Danny Kaye y se asignó la dirección a Curtiz, quien ya había probado que podía dirigir con éxito obras musicales.
El guión de ahora es tan flojo, previsible y mañé, como el de la película de Sandrich, pero se hace sostenible por un puñado de composiciones musicales de Irving Berlin que rozan lo clásico y otras fibras, y por algunas coreografías (acreditadas a Robert Alton) realmente encantadoras. Ver bailar a Danny Kaye junto a la exquisita Vera-Ellen, es bien desestresante, y el filme se suma a ese propósito de "la fábrica de sueños" que siempre se le ha endilgado a la Meca del cine.
Resulta un tanto insólito, pero así es la vida, ¡y así es el público!, que esta inexcusable apología al militarismo y al mejor estar de los generales retirados (que siempre recogen, exactamente, lo que han sembrado), se haya convertido en la película más taquillera que pudo hacer Michael Curtiz en su extensiva y maravillosa carrera.
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. ¡Ay Dios!
Título para Latinoamérica: “NAVIDAD BLANCA”
Luis Guillermo Cardona 
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