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Sinopsis
Ésta es la historia de un artista (Antonio López) que trata de pintar, durante la época de maduración de sus frutos, un árbol —un membrillero— que hace tiempo plantó en el jardín de la casa que ahora le sirve de estudio. A lo largo de su vida, casi como una necesidad, el pintor ha trabajado sobre el mismo tema en muchas ocasiones. Cada año, con la llegada de... Leer sinopsis completa
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13 de Abril de 2006
34 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Víctor Erice es poseedor de una de las filmografías más cortas en número pero más consagradas del cine español. No extraña para nada que “El espíritu de la colmena” y “El sur” estén las listas de los mejores filmes españoles de todos los tiempos.
“El sol del membrillo” es un documental experimental al margen de reglas. Cine de autor puro y duro, de arte y ensayo, que explora terrenos fílmicos a los que pocos o nadie se ha asomado. Erice se acerca a este estilo para explorar la imposibilidad de retratar lo efímero, de detener el paso del tiempo. Lo hace a través de un pintor, Antonio López, que desea retratar en un cuadro el apogeo de los membrillos, tarea imposible por las condiciones metereológicas que acompañan la llegada del invierno.
Desde un punto de vista técnico Víctor Erice abusa de planos detalles, utiliza el sonido ambiente y no introduce música no diegética hasta el desenlace. También está repleta de encadenados sobre la misma posición de cámara para mostrar la evolución del trabajo del artista a modo de elipsis.
Es cierto que no es cine convencional, que para algunos se puede convertir en un ejercicio de pedantería y vacuidad, de cine aburrido indigerible. Pero tiene detalles que dejan fascinado, sobre todo los invitados que se introducen en el trabajo del artista para añadir paralelismos y profundidad a la cinta.
Al igual que uno de los invitados renuncia a la foto de Conchita, Antonio López renuncia a su trabajo. También esos obreros que realizan una reforma en el estudio enfatizan la destrucción / construcción de toda "obra". O ese cierre de la puerta ligado al final del trabajo del pintor.
Como sucede en la también recomendable y más corta "Tren de sombras" de José Luis Guerín, los terrenos en los que se introduce Erice atentan claramente contra el cine de entretenimiento y también contra de los nueve primeros mandamientos de Billy Wilder: no aburrirás. Para aquellos que no nos hemos aburrido, aunque sea parcialmente, como ha sido mi caso, apreciaremos mejor la película.
Maldito Bastardo  |
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5 de Octubre de 2009
23 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Erice acompaña a Antonio López en el intento de pintar un árbol que plantó en su patio cuatro años atrás.
Aunque el pintor se ayuda con procedimientos de precisión (plomada, compás, regla y escuadra, marcas en hojas y ramas), varios inconvenientes dificultan la tarea. El peor, un otoño metido en aguas que permite pocas sesiones de pintura.
El lienzo es aparcado y da paso a dibujos, con igual precisión rigurosa y apasionada.
En paralelo, unos obreros polacos reforman la casa. Otra forma de trabajar con la materia y transformar el espacio.
A unos visitantes chinos, el pintor explica que no importa un cuadro inacabado. No lo entiende como un fracaso: lo que él quiere es estudiar el árbol, el bonito membrillero; estar cerca, admirar la iluminación del sol a cierta hora en los frutos rugosos.
Otras visitas llegan, los amigos habituales, que Antonio López consideró imprescindibles para lo documental, junto con los familiares. Enrique Gran, el más asiduo, da abundante conversación, sobre los viejos tiempos en Bellas Artes, los profesores (esas enseñanzas lapidarias que al final se quedan: “¡Más entero, López”!), la bohemia de los cafés…
Esta condición de abrir la película a familiares y amigos, que irrumpen sin guión, pero tampoco con total espontaneidad, complica bastante el manejo del ritmo. Sin embargo, Erice lo aceptó, pues no tenía planteamiento previo.
El director se acerca a diario con un equipo reducido, buscando no interferir los acontecimientos que descubre al tiempo que los filma. Es tan discreto que, se diría, el aliento de por sí lento y pausado entra a veces en apnea, y los sucesos quedan suspendidos. Usa muchos planos fijos y una sintaxis elemental, que incluye sonido directo: ladridos, trenes de la estación cercana, boletines de noticias, conciertos en la emisora clásica…
La película, excelente aproximación al fenómeno concreto de la pintura, es algo más que un documental. Al ahondar en el proceso de creación y conocimiento de lo visual, emprende un movimiento reflexivo, una sutil meditación en imágenes.
Una escena se repite. Al llegar la noche, el edificio Torrespaña iluminado domina la ciudad. En las ventanas de rascacielos y bloques parpadean al unísono televisores, sincronizados en el mismo programa, las mentes de los usuarios también sincronizadas como un ejército. En su rápido crecimiento, tales barriadas engullen a los pueblos de los alrededores, a las colonias de casitas en una de las cuales, contra corriente, el pintor se obstina (¡bicho raro!) en conocer directamente la realidad, usando sus propios sentidos para contemplar ensimismado con qué belleza el sol ilumina rincones de su patio. No renuncia a conquistar ese disfrute, no se resigna a que se lo retransmitan por TV.
Con independencia de que la pintura de López guste, es de reconocer cierto heroísmo en su forma de vivir. Para atestiguarlo, Erice creó este singular poema fílmico, de enorme influencia en el actual auge del género en España.
Archilupo  |
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19 de Septiembre de 2009
11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil.
En otoño, el membrillero comienza a madurar sus frutos. Bien lo sabe Antonio López, pintor de profesión, pues tiene uno en su huerto. En ese otoño, el de 1990, Antonio se propone intentar nuevamente pintar el membrillo. Pero no en cualquier momento. Debe captar el instante exacto en el que el sol calienta al frutal en su plenitud. Una estampa preciosa, muy bonita.
Sin embargo, el otoño va pasando. El sol cada días es menos feroz. Las nubes tormentosas se asoman al cielo de Madrid. Y Antonio ve como su misión parece muy complicada. Octubre ha sido borrado del calendario, y ya estamos en Noviembre. Las lluvias y el viento no persisten. Así que Antonio olvida su ilusión, no podrá ser. Su inacabada pintura acabará en un sótano, olvidada. No valdrá para el año próximo, pues el frutal, como muchas cosas, cambia de año en año. Sin embargo, a él le ha quedado ese punto de insatisfacción. Si el óleo no puede ser, probemos con el dibujo, acompañando así la vida del membrillero hasta su decadencia allá por diciembre. Si tampoco da resultado, si no ha habido tiempo, habrá que esperar a que la fruta vuelva a salir allá por la primavera, hasta que transcurrido el verano, madure nuevamente durante el otoño.
Le dicen, extrañados, que por qué no hace una fotografía. Más fácil, sencillo y rápido. Sin tener que esperar a ese momento en el que luzca el sol diariamente. ¿La respuesta? Más que el fin, lo que cuentan son los medios. Y para él, el simple día a día acompañando al frutal, ya merece la pena, independientemente del resultado final.
Antonio prefiere vivir con naturaleza. Ajustando sus cálculos. Sus marcas. Sus clavos. Las varas. El invernadero. Las finas cuerdas. Todo calculado milímetro a milímetro. Observándolo día a día, siendo un compañero fiel. Y así transcurre su vida. Una vida plácida y tranquila inundada de momentos de alegría (desprendida de sus canturreos), de soledad (con sus pitillos), de regocijo (explicándole a dos amigos chinos su modo de pintar), de nostalgia (recordando con su buen amigo su juventud), de tristeza (bajo una lluvia persistente), de amor (acompañado de su mujer), de convencionalidades (con sus amigos), de familia (con sus hijos). Una vida marcada por una pasión, la pintura. Y por una forma de vivir, esa que añora a los membrilleros con los que creció en su niñez y con los que aún sueña cuando la muerte le acecha.
Cine, poesía y pintura se dan de la mano en esta cinta para aliarse contra la televisión, un instrumento de control de masas, un emblema de nuestras sociedades. Una crítica centrada en esa imponente Torrespaña que se nos muestra iluminada al centro de la imagen, expandiendo su señal a toda la ciudad, inundando todo el paisaje urbano con su luz azul. Una torre que aleja a la urbe de la forma de vivir de Antonio, tan sencilla, como bonita. Erice contrapone lo urbano frente a lo rural, lo combina, y da como resultado una preciosa película que cala hondo.
The Motorcycle Boy  |
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10 de Febrero de 2008
23 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil.
En esta ocasión la relevancia y magistralidad de Víctor Erice, por la que es tan conocido, han resultado un chasco. A ello ha contribuido el pintor Antonio López, quien en lugar de centrarse en el cuadro a colores que sobre el arbusto membrillo estaba realizando desde el inicio del film, transmitirnos su cuerpo, su viveza, su realismo pictórico y su acabado, le da por tomar como importante lo que sólo son menudencias y abandona la buena obra comenzada por pura cabezonería de querer rizar el rizo. El cuadro iba bien, iba a resultar precioso y también la película; sin embargo a raíz de que el pintor deja de lado su pintura, la esconde en la oscuridad de un sótano y se decide por empezar de nuevo con otra creación sólo a lápiz de carbón, como simple dibujo a blanco y negro, a partir de ahí el artísta López no sólo se carga la luminosidad, la viveza y el maravilloso colorido del membrillo, tal como iba a ser en pintura, sino que además hunde o estropea también el quid del film.
¿Cómo pretende cambiarnos una pintura sobre un arbolito membrillo que si gusta es precisamente por sus colores, transmutarla en un dibujo a lápiz del mismo arbusto en un film que si algún atractivo tenía hasta ese preciso momento era ver como el colorido, la vitalidad, los tonos de los frutos, las ramas y hojas del membrillo real se iban trasladando a la realidad del lienzo? Lamentablemente, el pintor nos jode la película y también el "sol" que se supone tiene todo membrillo aunque sólo sea en el amarillo de su piel.
A parte de esto, considero que Erice mete mucha morralla en el film; por ej. demasiadas tomas de los edificios circundantes nocturnos con ventanas que dejan entrever a televidentes, demasiadas vistas de la torre "Pirulí" de TVE, demasiadas escenas de los albañiles polacos. ¿Acaso Erice no nos ha invitado de entrada a ver "El sol del membrillo"? Pues entonces, ¿por qué puñetas nos priva de dicho sol, de dicho amarillo, de dicha dimensión colorística del membrillo llevado a la pintura, como nos anuncia en el título y se pierde minutos y minutos en intrascendencias, tenebrosidades e imágenes fuera de lugar y del fundamento central de film que es la pintura del membrillo, su nacimiento, su crecimiento y su acabado en el lienzo?
En definitiva, una película interesante, no cabe duda, pero debido al exceso de extravagancia conque tanto el pintor López como el cineasta Erice quieren rodear al membrillo, le quitan precisamente su "sol" y lo desgracian con capas y más capas de secundariedades vanas, logrando ambos una obra para aburrirnos, decepcionarnos y jodernos lo que debía haber sido "el sol" en todos los sentidos de un membrillo. Por contra nos plasman "oscuridades", "depresión" y muchas vainas que envuelven a lo que era verdadermente fundamental y nos interesaba. Me parece que los premios que le han dado a este film sólo son premios a la "FAMA YA CRIADA POR OBRAS ANTERIORES" de Erice, más que por ésta en concreto.
Fej Delvahe
Fej Delvahe  |
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6 de Abril de 2006
14 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Me gustan las películas que se apartan de los cánones y tratándose además de mi admirado Víctor Erice, fui a ver ésta con gran interés, ya que Erice es como el cometa Halley del cine y han de pasar años y años para poder disfrutar de una obra suya.
El estudio sobre el complicado proceso que vive un pintor tan perfeccionista como Antonio López a la hora de plasmar en el lienzo un árbol, un membrillero, y captar la luz y la esencia, se convierte, cuanto me pesa decirlo, en una tediosa e inacabable experiencia.
Creo que se equivocó en el montaje al no disminuir más la duración y es que 139 minutos son muchos minutos, cuando además está el precedente de sus dos obras maestras anteriores que habían sido cortas de metraje.
Si el intento del pintor es insatisfactorio el del cineasta también lo es pero, pese a todo, no por ello dejaré de asistir a la siguiente pasada del cometa cuando un año de éstos Erice estrene una nueva película. Que sea pronto.
Ennis  |
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