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Poco sabe el espectador del pasado de estas seis personas, tres hombres y tres mujeres, salvo que en los primeros minutos de metraje realizan una ridícula representación teatral y musical en casa de uno de ellos, y uno se imagina que les unen lazos afectivos y amistosos, así como una pasión: el escenario.
Tras un salto de una década, uno de ellos, Peter, reúne al resto en la fastuosa y vetusta mansión heredada tras el fallecimiento de su padre, y desde entonces, a través de conversaciones desarrolladas en banquetes, salones de té, dormitorios, cocinas y jardines se van revelando las relaciones entre ellos, lo que en verdad opinan de los demás; y todo un conjunto de desgracias, adicciones y frustraciones que les han vuelto seres infelices.
Lo que en la juventud eran risas, profunda amistad, y ganas de comerse el mundo y triunfar, ha derivado en un proceso de madurez (o mejor dicho de crecimiento, pues no se muestran en general excesivamente maduros) donde poco a poco han ido perdiendo ambición, ilusión, frescura y alegría; son personas cuyos sueños se han quebrado en mil pedazos, y ya es tarde para recomponerlos.
Quizá la mayor pega la encuentro en el personaje interpretado por Emma Thompson, pues resulta difícil creer que con un pasado de artista, inmersa en un grupo de gente extrovertida, joven, promiscua y desenfadada, llegue a la casa convertida en una mojigata de tomo y lomo a la que parece que sus padres hayan confinado en una habitación de la que sale por vez primera al mundo exterior para visitar la mansión. Su posterior transformación, hacia el polo radicalmente puesto de esa primera imagen que de ella se muestra, es exagerada.
Esperaba más ingenio en los diálogos y mayor ahondamiento en los personajes. Pero resulta entretenida, está rodada con corrección, tiene golpes de humor británico bastante efectivos (especialmente el chiste "del cuatro y el cinco" y el comentario sarcástico acerca de la "Madre Teresa"), y su visión no fatiga en absoluto. Buena película, sin más.
justopastor 
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