Maldita era de la información. Uno se pone en tarde aburrida a dar clicks cual poseso desposeido y acaba con disco duro repleto de contenidos de los que lo desconoce todo excepto, quizás, un nombre, ese mismo que, subrayado en azul hipervínculo atrae con su fama al ratón, que chilla excitado por lo fácil que es acceder hoy a una filmografía.
He ahí la maldición. La fatídica igualación entre el cani que sólo busca en redes P2P las canciones que le comentan su amiga Yenni y el locutor de la Máxima y el hombre de bien y de buen cine que, en su búsqueda del conocer, accede a innumerables enlaces, como si en la abundancia de kilobytes por segundo se encontrase el saber supremo en vez del llevarse a la saca tanto delicias como morralla no disculpada por la rúbrica que la antecede (en vez de sucederla, como debería ser). Cani y no-cani víctimas análogas de la abundancia de contenidos indignos y de dispar natural (por supuesto) por la red, aunque uno no se entere y el otro sí.
Así se descarga Fellini y espera el descargador algo digno, algo histórico, algo merecedor de fama. Algo como lo que aparece durante los veinte minutos iniciales, de delicioso delirio que podríamos encasillar en ese género que me invento yo ahora: el costumbrismo satírico. Surrealista como ese mujhombre monstruoso yendo a buscar a su esposo borracho con una carretilla y demoledor del olvido como esos niños apuntando al cielo con brazos enderezados por fascismo, o por el miedo a él.
Cunde la introducción pero ay, como duele y como cansa y como pierde todo interés lo que viene después. No tenía, no, ni puta idea de que esto era un documental (aprox.), ni de que estaba hecho para la televisión, ni que iba del obsoleto y desgraciado oficio del payaso, humorista desprestigiado de gracia arrastrada por los tiempos. Es un mensaje de nostalgia respetable pero que sólo se transmite ilusoriamente durante las primeras ráfagas en las que viene, pues después, uno quiere casi matar payasos.
[No hay spoilers que valgan]
spoiler:
Porque a parte de que la película se desarrolle entre el cachondeo absoluto y el parecequeteestoycontandoalgodeverdadperoenrealidadsoloquieroquepiensesWTF, las gracietas de hombres maquillados en zapatos gigantes, aunque curiosas, dignas de recordar tienen, de media aunque con picos, una gracia de 3 sobre 10 y van convenciendo a uno de que no es que la sociedad evolucione vilmente inmersa en prisas que la hacen olvidar todo lo bueno (como los payasos), sino de que el hombre, aunque no lo parezca a veces, evoluciona librándose de sus males.
O eso, o hay payasos mejores y más cuerdos a la hora de elegir locuras que hagan reir de verdad que los que Federico elige para su orgía final de bizarrismo circense. O, lo que parece probable, es que a Fellini se la pelaban los contratos con la tele un poco y decidió putear otro poco a los videntes.
A mí me cuesta tanto encontrar algo (fuera del inicio) realmente rescatable en esta película como a Fellini le importa meterlo en ella, como ese cubo que cae sobre su cabeza, silenciándolo, en un momento, demuestra.