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En la gran polaridad de la existencia, la noche y el día, son un símbolo perfecto para asemejar la esencia humana. El hombre tiene un lado de luz y otro de oscuridad (virtudes y falencias, o mejor, cualidades y oportunidades de mejoramiento). Esta sombra –siempre a la espera de que la colmemos de luz- es la que nos retiene en el planeta tierra viviendo la experiencia humana que nos abrirá, o cerrará temporalmente, el regreso definitivo a nuestra verdadera esencia.
Pero, en ocasiones, el cine se olvida de que la noche y el día (aunque se use en el título) hacen parte de la integralidad de todos los seres con aliento y, sin recato alguno, le hace el juego a la exultación sesgada de ciertos personajes que sobresalieron en el arte, la ciencia, la política… Esto significa reflejar media verdad porque, dejando de lado su polo oscuro, se afana por rescatar –casi siempre mejorándolo- su lado amable, ejemplarizante y creativo. Por supuesto, se incluirán fracasos, pero quedará sentado como salieron avante con la mayor dignidad; se dramatizará cuando menos una desgracia por la que pasaron, pero se nos hará ver que lograron trascenderla con la mayor altura. Y claro, se modificarán algunos hechos para hacerlos más interesantes de lo que en realidad fueron, y se le pondrá color y encanto a lo que, quizás, fue mucho más simple cuando sucedió.
Esto, siento yo, es objetable en la medida que idealiza, y “santifica”, a un ser que, no por tener un valioso talento, fue menos humano que el resto de sus congéneres. Por lo demás, tales retoques uno los validaría si con esto se lograra recrear un personaje más interesante y significativo, pero, en el filme que nos ocupa, ni siquiera se logró este cometido no obstante que una decena de escritores manosearon el argumento.
Y, en detrimento del rodaje, Cary Grant se entrometió cuanto pudo para que el guión se modificara a su antojo; hubo serios desacuerdos con Cole Porter y con el cinematografista Ernest Haller, y todo se le complicó a tal punto al director húngaro Michael Curtiz que, por única vez en su brillante carrera, tiró la toalla y las escenas que faltaba dirigir con Grant, le fueron encomendadas a James Leicester. De ahí que se note fácilmente que, el preciosismo visual con el que arranca la película, muy pronto se esfuma para dar paso a un fuerte desgano donde, el personaje central, ni mueve ni conmueve y, en general, la historia resulta tan plana y sin sorpresas, que entendemos a Porter cuando, al salir de la premiere, exclamó: “Si pude sobrevivir a esto, puedo sobrevivir a cualquier cosa”.
Pero, ¡como es la vida! Ni siquiera sus vulgares coreografías; ni su exceso de canciones de poca monta, ni el puñado de clisés del comúnmente fatigoso género musical, lograron ahuyentar a un público que desembolsó la bicoca de ¡tres millones de dólares! en las taquillas… y estábamos en 1946.
Es una ley comercial: Hazlo de la manera más burda y tendrás altas probabilidades de triunfar.
Luis Guillermo Cardona 
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