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| 70 de 75 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Talibán
Sevilla (España)
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Su valoración:  |
3 de Marzo de 2006 |
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David Lean se retiró durante 14 años del cine debido a los furibundos ataques de la crítica neoyorquina contra esta película. Qué tragedia. Ya no tiene remedio: un autor deja de crear en el mejor momento artístico de su vida por culpa de unos plumillas ignorantes y soberbios.
La película es inmensa y su valor es doble porque se hizo justo en 1970: cuando comenzaba a perderse definitivamente el legado de los clásicos. Quien quiera ver cómo se narra, que contemple "La hija de Ryan". Quien quiera saber cómo se fotografía la naturaleza desatada, que no se pierda "La hija de Ryan". Quien desee conocer qué es una historia de amor en la pantalla -una auténtica, con personajes débiles, imperfectos, sujetos a la tensión entre la imagen que tienen de sí mismos y la que tienen los demás- tiene la obligación de ver "La hija de Ryan".
Un plano conduce a otro, una escena se funde con la siguiente, un personaje se introduce en la trama cuando otro acaba su función dramática. Quien quiera estudiar qué es el cine, que empiece o termine por "La hija de Ryan".
Talibán 
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| 34 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Fej Delvahe
Ladera del Monte Titano (San Marino)
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Su valoración:  |
22 de Agosto de 2008 |
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Obra maestra de la Hª del Cine. Filme de máxima calidad y calificación.
La hija de Ryan, Rosy (Sara Miles), vive en una aldea costera, periférica y cerrada de Irlanda. Es una joven bella que se ha criado con mimos y cuidados, de tal manera que por esto mismo es instruida y goza de un cierto aire de distinción que difícilmente se halla en ese lugar.
A su edad el cuerpo y la mente le piden pasión y aventura. Los jóvenes que hay donde ella vive resultan muy por debajo de su grado cultural, sensibilidad y sueños, no están a su altura, lo cual hace que la muchacha ponga sus ojos calientes en el único hombre que sí está a su nivel e incluso por encima de ella intelectualmente, aunque casi la doble en edad, el maestro rural del lugar, llamado Charles (Robert Mitchum).
Dado que Rosy tiene las hormonas y el deseo sexual a elevada temperatura y no ve a su alcance a nadie más apto para ella (según sus horizontes de grandeza) que al maestro de la aldea, entonces va y se le declara. Éste, que es un hombre tranquilo, sabio, bueno y pacífico, le contesta: «Esto es algo que acostumbra a suceder: una jovencita enamorada del profesor. No es más que imaginación. Tú has confundido un espejuelo barato con el sol.»
Pero como le profesa admiración y sigue siendo el menos malo de los candidatos existentes en el lugar, Rosy seduce a este hombre maduro y poco apasionado.
Charles continúa razonándole con prospectiva: «Tú fuiste hecha para el ancho mundo, no para este lugar, en cambio yo nací para él; no saldría bien, sé que no saldría bien. (...) La verdad es que el venir tú aquí y decir lo que has dicho es el único motivo que he tenido jamás para sentirme orgulloso, pero piensa que yo sólo te he hablado de Byron, de Beethoven, del capitán Blood, y yo no soy uno de ellos. (...) Ser joven no es motivo para ahorcar a nadie pero tal vez sí debería serlo el que un hombre maduro trate de robar la juventud de una muchacha, me refiero a un hombre como yo y a una muchacha como tú.»
Mas ella insiste e insiste y con su magnetismo sensual lo cautiva, de forma que Charles cede a matrimoniarse con ella. No es que de repente haya dejado de ser responsable, es que como hombre se le desatan los deseos, no es de piedra.
Rosy espera que la satisfacción de la carne le haga "volar". Pero una vez casados, a pesar que él cumple con ella correctamente en el apartado sexual y es un excelente marido, Rosy le confiesa al averiguador Padre Collins (Trevor Howard) que ella no es feliz. El cura la cuestiona preguntándole que si tiene a un hombre bueno, si goza de una situación economía más que suficiente, si además tiene salud, ¿qué más quiere?; y le insta a conformarse, pues no hay más satisfacciones que estas con las que cuenta y que para sí quisieran muchos seres humanos.
Pero Rosy le replica que sí, que ella cree que tiene que haber ALGO MÁS. (Prosigue en la zona "spoiler")
Fej Delvahe
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Hace dos años escribí un microrrelato que está publicado en diversas revistas de literatura; en internet puede verse en la web de creaciones literarias llamada "Predicado"; en dicho hiperbreve titulado «SUMA, RECTA Y MULTIPLICACIÓN» se puede resumir la tesis y la esencia de esta película; dice así:
«Él era tranquilo y ella necesitada de juegos. Mas un tranquilo no sabe jugar, sino ser amable. En consecuencia, lo abandonó por un desvergonzado zafio que le mete juego tras juego por donde y hasta donde ella más desea: por la carne hasta el alma.» (Fej Delvahe, 2006 ®©)
Este microrrelato es aplicable principalmente a los personajes que forman el matrimonio de Rosy y de Charles, no exactamente al tercero en discordia, el Mayor Doryan (Christopher Jones), al menos en lo de "zafio".
Pues claro que sí, Rosy necesita la pasión de la vida; su marido es un hombre calmo, bueno, que colecciona flores aplastadas entre las hojas de libros; en cambio ella necesita la aventura, el dinamismo existencial, la locura del enamoramiento.
Por supuesto que sí hay algo más. Ahora bien, vivir la pasión y la aventura del enamoramiento medular, lo cual es una locura que no atiende a convencionalismos ni pactos ni contratos, conlleva salirse de los cánones y verse excluida de la compresión de la gente, máxime si se trata de la gente de un mundo tan pequeño como una aldea.
Pero sí, no cabe duda, que hay algo más, algo que sólo puede alcanzar los valientes o locos dispuestos a probarlo y a continuación sufrir las consecuencias contrarias al éxtasis.
Fej Delvahe
Fej Delvahe 
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| 23 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Taylor
Terrassa (Polonia)
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Su valoración:  |
1 de Febrero de 2009 |
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Films como “La hija de Ryan” constatan porque David Lean es uno de los mejores directores de la historia del cine. Un cineasta que supo narrar como pocos y que nos dejó como testamento cinematográfico una peli soberbia. Una obra maestra que permanece fiel a su libreto de estilo original y que, lamentablemente, suscribe el ocaso expresivo de aquello que conocemos como concepción ‘clásica’ del cine.
Rodada en impresionantes escenarios naturales de la costa occidental irlandesa, “La hija de Ryan” reproduce a la perfección ese terrible estigma que se cierne sobre unos personajes sometidos a la tiranía de un entorno natural y de unas circunstancias hostiles. Así pues (recogiendo el testigo de Lawrence, Yuri o Larissa) Rose también pugnará por escapar de su propio destino. Todo ello, claro está, en el marco de una historia de amor y lujuria desatada. Una historia en la que Lean corrobora, una vez más, su vertiente romántica más exacerbada.
Y es que, por desgracia, ya no se hacen pelis como ésta. Pelis que generaban pasta y oscars a mansalva. Pelis que venían enriquecidas con lecturas a diferentes niveles para que cada espectador disfrutara del espectáculo según sus propias exigencias. Pelis que contribuyeron, en definitiva, a hacer del cine un objeto artístico tan entretenido y popular como rebosante de calidad por los cuatro costados.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: La historia del cine nos ofrece múltiples ejemplos de sobreactuaciones de todo tipo. Las hay memorables (Jack Nicholson en “El resplandor”, Al Pacino en “El precio del poder”, Kirk Douglas en “El loco del pelo rojo”) y las hay patéticas (mejor me callo). Pero si queréis asistir a un auténtico recital de contención, de parquedad expresiva, no tenéis más que disfrutar con la interpretación de Robert Mitchum en “La hija de Ryan”. Magistral.
Taylor 
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| 18 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Miquel
Palma de Mallorca (España)
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Su valoración:  |
13 de Abril de 2006 |
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Escrita por Robert Bolt, se inspira en "Madame Bovary" (1857), de Flaubert. Dirigida por David Lean, se rodó en la península de Dingle (County Clarc), con problemas de luz e inestabilidad climatológica. Dispuso de un presupuesto de 9 M de dólares. Producida por Anthony Havelock-Allan, se estrenó el 9-XI-1970. Obtuvo 2 Oscar (actor reparto y fotografía), otros 8 premios y 19 nominaciones.
La acción tiene lugar en un pequeño poblado de la costa occidental de Irlanda en 1916/17. Narra la historia de Rosy (Sarah Miles), hija del tabernero, de 20 años, que sueña con una vida elegante, refinada y educada y no se siente a gusto en la aldea. Cuando regresa Charles Shaughnessy (Robert Mitchum), maestro titular de la escuela, viudo, de más de 40 años, le elige como marido y se casan. Meses más tarde llega el comandante Randolph Doryan (Christopher Jones), mutilado de guerra, joven y apuesto, que asume el mando del destacamento militar británico del lugar. Entre Rosy y Doryan se establece un apasionado romance, que la hace conocer lo que es el verdadero amor.
La película muestra la estrechez de miras, envidias, celos, burlas y actitudes marginadoras, que caracterizan la vida colectiva de una población pequeña y aislada. Michael, el tonto del pueblo, discapacitado mental y físico, es objeto de mofas e impertinencias reiteradas, pese al apoyo público del padre Collins (Trevor Howard). Los sueños de Rosy la llevan a pasear sola por los alrededores de la aldea, vestida con elegancia y sombrilla, contraviniendo los hábitos de los aldeanos y provocando su espíritu punitivo. El comandante Doryan debe pasear una hora y media cada día a causa de sus heridas. El uniforme, la educación y la aureóla de héroe de guerra, fascinan a Rosy. Ambos, en los encuentros que tienen, comparten soledades y necesidades de afecto. Sobre estas bases, el relato dramático adquiere intensidad, verosimilitud y credibilidad. La mano de Lean le añade una cautivadora complejidad de fondo y una inusual habilidad narrativa.
La música, en la tercera colaboración de Jarre con Lean, aporta dramatismo, aires románticos y toques épicos contra la opresión. Fundidos en la banda general, se incluyen fragmentos de Beethoven, evocadores de libertad, amor y alegría; melodías celtas que exaltan la identidad nacional irlandesa; y fanfarrias militares que elogian el levantamiento irlandés de 1916. La fotografía acaricia el paisaje, muestra detalles sugerentes (mancha del techo, giradiscos), planos de profundidad y primeros planos (elegancia de Rosy). Resalta la expresión corporal de Michael. El guión incorpora personajes diversos y ambíguos, que enriquecen la fuerza dramática. Las interpretaciones de Miles, Mitchum y Howard son convincentes. John Mills borda el papel de paralítico cerebral. La dirección realiza una obra parsimoniosa, pensada para disfrutadores que se conceden tiempos amplios para el goce y el deleite.
Película no apta para pesonas apresuradas, dadas a infravalorar las emociones.
Miquel 
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| 15 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Tony Montana
Sevilla (España)
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Su valoración:  |
26 de Abril de 2008 |
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Para realizar una película sobre Irlanda, y, sobre todo, sobre sus conflictos históricos, especialmente el IRA, y cómo conviven sus vecinos con ella, sólo hay dos opciones: llamarse John Ford, o llamarse John Ford. Habría una tercera vía, ser irlandés, pero esta la tiró abajo Neil Jordan al realizar esa americanada revestida de historia irlandesa que era Michael Collins, donde el realizador perdía el pulso de la historia y se entregaba a mostrar una lirista y simplista sucesión de hechos históricos verídicos pero inconexos dentro de una historia que se pretendía épica y que se hundió por su concepción puramente comercial y su extraño choque de intenciones al no saber nunca si se pretende enaltecer a Collins, o si por el contrario se le pretende colocar como un vulgar terrorista, amén de la concesión a las majors de meter a America's bride en el reparto. Obviamente, un inglés nunca, jamás, podría dar una versión acertada del conflicto, como demostró hace un par de añitos el lamentable Ken Loach con una nueva muestra de su garciniana concepción del cine, maniqueísta y arquetípico a más no poder, y lacrimógeno y tramposo hasta el extremo. Es por ello que, no sé por qué, si las estrellas se alinearon de una determinada forma o el whisky hizo que Ford tuviera poderes extrasensoriales, pero se transmutó en el cuerpo de un británico llamado David Lean y le hizo realizar ese impresionante fresco de la Irlanda de principios de siglo, llamado La hija de Ryan, que pocos realizadores, aparte del mencionado Ford, han sabido llevar a cabo de una manera tan brillantemente certera. Y es que, como cualquiera de sus últimas grandes producciones, que se iniciaron con El puente sobre el río Kwai, Lean, con la precisión de un francotirador, sabe adentrarse en una historia enorme, con una gran repercusión dentro de la propia historia mundial del siglo XX, y plasma en ella sus constantes temáticas surgidas a raíz de Breve encuentro, historias pequeñas sobre infidelidades, desamores y miedos internos que acaban siendo portentosos melodramas llenos de fuerza que, al final, acaban desembocando en situaciones que los propios protagonistas no pueden manejar.
No es, quizás, una obra maestra, pero sale Robert Mitchum. Quizás es, junto con Burt Lancaster, Clint Eastwood o John Wayne, uno de los motivos por los que puedo ver una película, ya sea La noche del cazador o la bochornosa El gran robo y salir con una sonrisa bobalicona en la cara, únicamente por contemplarle. Si bien es cierto que, argumentalmente hablando, no es el centro de la función, ya que el gran guión de Robert Bolt sitúa su eje dramático en los avatares de Rose, su maravillosa interpretación de ese estoico cornudo enamorado hasta las trancas hace que sea el amo de la función, con una parquedad de gestos y una presencia en pantalla simplemente antológica.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Perdido en la arrebatadora explosión lírica que desarrolla aquí Lean, su personaje es la pura honestidad y la bondad, en contraste con su esposa, la joven hija del tabernero Ryan, caprichosa y maleducada niña que parece conseguir todo aquello que se le antoja hasta que se cansa de ello, hasta que se da cuenta que tiene que hacer frente a las consecuencias de sus actos. En la brillante secuencia de la declaración de amor en el colegio, Lean subraya como esa mujercita no ha dejado de ser una niña que soñaba con príncipes azules y que no ha podido salir de un pueblucho de mala muerte donde la represión moral y política han terminado de hundir todos sus sueños. Ahí radica el mejor acierto de Lean, recrear de forma extraordinaria el contexto social en el que suceden los hechos.
La interesante relación entre los personajes tiene un punto álgido en la dualidad que representan Doryan y el enternecedor Michael, que le permitió a John Mills realizar una interpretación sencillamente antológica, y su relación amorosa con la prejuiciosa y caprichosa Rosy. Dentro del tormento interior de los personajes protagonistas, Lean recoge el sentimiento de toda una nación de manera alegórica con respecto al cambio de época y a la ocupación británica. Por tanto, Michael ve en Doryan un semejante al compartir lesión y el odio y las burlas por parte de los lugareños, y será algo así como el reverso bondadoso de un hombre duro que únicamente necesitaba encontrar un respiro en su infernal vida, viendo Doryan en él la exteriorización de sus miedos interiores. Pero, a pesar de la posible redención, Lean no da concesión alguna a los personajes. Aquello que comienza con un tono idílico, casi bucólico, cambia cuando la política y la guerra entran en juego, y aquí Lean se mueve como pez en el agua, combinando la trama intimista con el grave conflicto bélico que afecta a todos los personajes, y que termina cambiando la situación con un giro de 180º. Para ello, Lean se aprovecha de su increíble pericia técnica, con un montaje soberbio donde el director, y ex editor, prácticamente juega con el tiempo, y retrata las tres épocas diferentes dentro de la historia con tres gamas cromáticas bien diferenciadas, haciendo de esta película su historia más fordiana gracias a la poesía que rezuman los planos de la costa irlandesa. Y es que La hija de Ryan es un película de un estilo netamente clásico, un melodrama ambientado en una etapa pasada con un regusto a superproducción de las de toda la vida, de planos impresionantes en los que el Cinemascope justifica su uso, y quizás por ello fue un fracaso y se la trata como una obra menor, sin sentido, perdida en una época en la que sus películas hablaban de drogas y rebelión, y que hoy han quedado completamente desfasadas, siendo esta maravillosa cinta del maestro inglés una muestra encomiable de puro amor por un estilo que hoy en día nadie ha sido capaz de recuperar.
Tony Montana 
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