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Días de vino y rosas

8,2
15.572
votos
Sinopsis
Joe Clay, jefe de relaciones públicas de una empresa de San Francisco, conoce durante una fiesta a la bella Kirsten Arnesen. La muchacha se muestra cautelosa al principio, debido a la afición de Joe a la bebida, pero después sucumbe ante su simpatía y se casa con él. (FILMAFFINITY)
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user-icon Dromedario   Royston Vasey/Madriledo/Monk's Café (España)
Notable
24 de Marzo de 2008
111 de 129 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aquellas madrugadas sudorosas en busca de una gota de vodka que llevarme a los labios, guardaba una petaca en la mesilla de noche. Asimismo comencé a coleccionar botellas en la estantería del salón y a acompañar las comidas con whisky (al final las suprimí por falta de tiempo). Utilicé las macetas como minibar y los tenedores de picahielos. Perdí la noción del tiempo. Te olvidé.
Cierto día contemplé un reflejo en la ventana y pude observar unos ojos dependientes de un último trago, una barba sin arreglar y una mueca desesperada. Al principio no me reconocí, me dió igual, y a mi paladar sediento también.

No lo había comentado antes, pero mi mejor amigo era el vaso bañado en Bourbon (y mi garganta áspera su fiel compañera), hasta que una noche vi "Días de vino y rosas" y me distancié de él. Taché la palabra alcohol de mi diccionario. Prometí no seguir bebiendo.

Prometer es una palabra complicada.
Dromedario
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user-icon GVD   Madrid (España)
Notable
2 de Junio de 2007
82 de 94 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Cuando bebo veo cosas" decía un genial y atormentado Francis Scott Fitzgerald. La película que me había transmitido mejor el jodido mundo del alcohol era "Días sin huella" del gran Billy Wilder. Era una película negra y conmovedora pero "Días de vino y rosas" es ya la apoteosis de emoción.

Ante todo he de decir que en pocas ocasiones he hablado de tú a tú al alcohol, me he pillado alguna importante en fiestas pero ya está, ni para olvidar mis penas ni para nublar de colores el mundo de mierda en que vivimos. Prefiero adentrarme en la lucidez, en llegar hasta el fondo de las cosas, fondo que por mucho que me crea a veces, no he llegado ni a vislumbrar. No tengo ni zorra de lo que es el dolor, toda mi corta vida he sido un niñito viviendo de puta madre, y los horrores de este mundo me son ajenos, con lo cual la lucidez sigue siendo un buen medio con el que vivir en este mundo pero cuando llegue la hora de enfrentarme a la vida ya veremos sino me hago caquita en los pantalones y decido refugiarme en la botella.

Edwards demuestra pulso con la cámara, confía en los diálogos que parecen sacados directamente del corazón, en el detalle, en dos interpretaciones que no lo parecen. Mi Lemmon, ese actor privilegiado para poder obtener la expresión que necesita en cada momento, para obtener alegría, tristeza, dolor, angustia y el muy cabrón no se conforma con eso sino que nos lo contagia y nos obliga a postrarnos ante él. Grande muy grande. Lee Remick está magnífica, pura emoción. Podréis decirme que son dos interpretaciones pero yo no me lo trago, nadie puede fingir tan bien. Pues, alucinado, constato que sí.

Un matrimonio empapado de alcohol, en el borde del abismo, presas de la señora botella, ama y señora de sus deseos, de su futuro, todo lo que pueden ser en la vida lo absorbe para que sólo le presten atención a ella, es jodido conseguir escapar de sus garras, pero no menos reconocer que estás en ellas. Ole los cojones de todos aquellos que logran escapar.

No he visto ninguna película que trate con mayor lucidez el tema. El único problema que tengo con ella es que la continuidad narrativa está muy descuidada, sólo cuenta los momentos que son necesarios en la historia lo cual es digno de aplauso, pero a costa de no conseguir el efecto del paso del tiempo. Sé que es una chorrada, pero qué le voy a hacer si el cine me ha malacostumbrado. Grandiosa película, desoladora y aviso que vais a estar por lo menos un ratito en estado de shock.
GVD
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user-icon JPd   Gijón (España)
Excelente
23 de Marzo de 2008
65 de 77 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esto no es una película, es el más desgarrador puñetazo en la cara que recibirás en tu vida. Recuerdo cuando era niño y veía todas las pelis de terror que podía fueran clásicas o actuales porque el terror solo tiene sentido cuando uno es niño y puede sentir el miedo. A los 10 años, más o menos, se cruzó en mi vida esta película por vía televisiva y sin entender muy bien de que iba todo aquello abandoné por una temporada a Drácula y sus amigos porque sí, el miedo era eso y solamente eso. Eran estos dos tipos engullidos una y otra vez por un monstruo implacable que se escondía en las botellas. Era él bajo la lluvia destrozando macetas mientras gritaba enloquecido. Era ella, tan bella como frágil, agarrada a una botella de ginebra.

Cuando uno llega a la adolescencia la desmedida obsesión por el sexo opuesto hace que se cometan muchas tonterías. Mi caso era bastante común. Desamor = ansias de beber. Curiosamente de aquellos años solo recuerdo los pocos besos que me tocaron pero de las infinitas borracheras prefiero no recordar nada de nada. La ecuación es simple: días de vino muchos; días de rosas muy, muy pocos. Y recuerdo de nuevo haberme cruzado con esta agresión al alma al que algunos llaman película. Pero esta vez me pareció haber visto la más hermosa y desgarradora historia de amor que ha parido el celuloide. Era está claro un trío, un trío trágico con multitud de ramificaciones. Él y el monstruo de la botella, ella y el monstruo de la botella, él y ella, ella y él, él y ella y el monstruo todos revueltos. Obviamente como peli de terror sigue funcionando y lo más curioso es ¡que daba más miedo aún que a los 10 años¡. Mientras malgastaba mi vida y mi paga semanal cada fin de semana en los bares de mi ciudad no dejaba de preguntarme si aquellos dos tipos querían decirme algo.

A veces la vida es bonita y ocurren cosas. Un día llegó una chica y allí se quedó y entonces el alcohol fue desapareciendo pero nunca del todo. Pero un día junto a ella me puse a ver otra vez este documental sobre el abismo humano (no, esto una peli no es) y entonces lo comprendí todo. Obviamente ellos me parecía que estaban más enamorados que la vez anterior y (obviamente) volví a pasar mas miedo que siendo adolescente pero lo grande de verdad es que entendí lo que los dos tipos querían decirme: "tienes que matar al monstruo, tienes que matar al monstruo ...". La cosa no resultaba fácil de entender porque yo desde niño quería que el monstruo de las películas no se muriera nunca pero claro esto era diferente pues el monstruo existía de verdad y no vivía dentro de un mundo de fotogramas. Y sí, queridos amigos no volví a probar una gota de alcohol en mi vida.

Gracias Jack Lemmon, Gracias Lee Remick.
JPd
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user-icon Kingo   Guanabacoa (Cuba)
Excelente
5 de Septiembre de 2007
56 de 79 usuarios han encontrado esta crítica útil
Busco en el fondo del vaso
respuestas a tantas preguntas...
Pero tan sólo consigo
que al verme seco, el amigo
postizo del bar de paso,
le grite al camarero:
¡Pon dos más, y las apuntas!

Ha pasado un año entero
que de pena se murieron
aquellas hermosas flores
que planté en mi paraiso:
fué en el instante preciso
en que mi alma partieron
los ligeros temblores
de tus piernas saliendo
al trote de nuestro piso.

Y yo quiero borrar bebiendo
el final de nuestra historia;
tan seguro de tí estaba,
como el gallo que creía
que si al alba el sol salía
era porque él cantaba.

Una vez muerta mi gloria
tan solo tengo una certeza:
los besos que no nos dimos
tienen sabor a cerveza.



Una maravilla tristemente intemporal, dolorosa y desgarradora, magistralmente interpretada y con una banda sonora inolvidable. La palabra drama demuestra aquí lo que verdaderamente significa, haciéndonos rememorar con total veracidad un problema que todos habremos sufrido alguna vez en nuestras carnes, o en las de alguien muy cercano. Cine con mayúsculas, de ése que no es pecado adorarlo.
Kingo
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user-icon Vivoleyendo   Huelva (España)
Excelente
18 de Mayo de 2008
50 de 70 usuarios han encontrado esta crítica útil
Desde que tengo uso de razón, mi madre me ha contado cómo, cuando ella era niña, mi abuelo llegaba borracho a casa todas las noches. En aquellos tiempos (años 50-60) que ahora parecen tan lejanos, en los que la escasez era el pan de cada día en mi tierra, una buena parte de las mujeres casadas habían de resignarse a malvivir en unos matrimonios repletos de amargura y desamor, porque no tenían dónde ir cargadas de hijos, exponiéndose a la miseria y a ser señaladas por dedos condenatorios.
Mi madre recuerda cómo mi abuelo llegaba borracho, armando escándalo, gritando, tirando por las paredes los restos de la cena (y la situación no estaba como para desperdiciar la comida; era una época de extrema estrechez). A veces se dirigía al cuartucho donde todos los niños dormían en un mísero camastro y los arrojaba al suelo, acusando a mi abuela, en su delirio etílico, de que era un cornudo y que aquellos niños no eran suyos ("ojalá fuese verdad", le escupía mi abuela con rabia, enarbolando una sartén con la que estaba más que dispuesta a aplastarle el cráneo).
Había ocasiones en que mi abuela enviaba a mi madre al bar en el que él estuviese, para que le sacara disimuladamente del bolsillo el escaso dinero que él aún no se hubiese gastado bebiendo hasta la inconsciencia.
Afortunadamente, con el tiempo dejó la bebida, cuando el médico le dijo que los ataques epilépticos que venía padeciendo se los había provocado a sí mismo abusando del alcohol, y que podrían tener fatales consecuencias.
Mi madre nunca ha olvidado aquellos años amargos.
Jamás le ha perdonado sus muchos agravios. Ni siquiera ahora que lleva seis años enterrado.
Cuando pienso en que mi madre presenció las puertas del abismo y que siempre ha estado lista para desafiar al mismísimo rey de los infiernos con tal de protegernos a nosotros sus hijos, para que no viviéramos lo que ella vivió, se me forma un nudo, como si una mano me apretara el cuello, mientras contemplo a esa familia destruida por el alcohol, que Blake Edwards me espeta delante como un martillazo.
No sé si mi madre ha llegado a ver alguna vez esta devastadora película. No sé si ha experimentado una vez más ese zarpazo que hace subir la bilis. No sé si se dejó arrebatar por un Jack Lemmon y una Lee Remick absolutamente excelsos y punzantes. No sé si fue testigo de ese círculo vicioso en forma de película que no parece una película, sino el puro sufrimiento atrapado en dos horas de celuloide, en el que llega un momento en que no hay más que la botella y uno mismo. "La botella es Dios".
(SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama) Ver todo
Vivoleyendo
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