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Puede que no sea una gran película si atendemos únicamente a sus valores cinematográficos, pero esta pequeña película, con elementos sencillísimos y sin complicarse la vida ni hacer demasiados esfuerzos, llega realmente a emocionar. A ello contribuye el ágil guión, el carisma de un actor como Michel Serrault, y el encanto del niño coprotagonista.
Una verdadera sorpresa en ese tan previsible y manido subgénero de “cine con niño enfermo”, pero que destaca por su ausencia del sentimentalismo imbécil con el que suele tratar estas cosas el cine comercial norteamericano.
Amor Perro 
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