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Segunda aparición del mundano espía (obligado) Harry Palmer (creación icónica del gran Michael Caine con sus gafas de pasta, su mackintosh y su gesto de irónica indiferencia) tras la excelente y exitosa "Ipcress" y previa a la nefasta y casi paródica "El cerebro de un billón de dólares" (en los 90 resucitaría en las televisivas "Bullet to Beijing" y "Medianoche en San Petesburgo") y una de las obras maestras del cine de espías. Todo un anti-Bond (al contrario que este, Palmer no solo no es glamouroso sino que tiene un férreo código ético y una voluntad rebelde) emprendido curiosamente por los mismos productores y dirigida por el artesanal (y discreto) Guy Hamilton, uno de los manufactureros habituales de la interminable serie. Palmer se desplaza en esta ocasión al Berlín dividido para sacar a un supuesto desertor soviético (inolvidable Oskar Homolka en un personaje divertido y sibilino que trabará amistad con nuestro protagonista) por supuesto todo será mucho más complicado y espeso de lo aparente, como es ley en el género. Con influencias del cine de detectives (el agente va permanentemente a remolque, baqueteado y zarandeado por la trama de un sitio a otro y es utilizado sin miramiento alguno) y un sentido del humor vitriólico en su veraz descripción del deshumanizado submundo del espionaje (demoledor el personaje del jefe de Palmer genialmente interpretado de nuevo por Guy Doleman que poda, no las malas hierbas sino las flores de su jardín y es gélido en grado sumo) al que retrata de un modo tan implacable como agradecidamente falto de pretensiones lo que la aleja positivamente de bodrios tan plomizos como la prestigiosa "El espía que surgió del frio"
ben wade 
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