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| 54 de 62 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Kick'Em Ars
Madrid (España)
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Su valoración:  |
8 de Febrero de 2007 |
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Unos genéricos sobre fondo rojo y el sonsonete de una campana sumergen al espectador en Viskningar och rop. Ya desde la primera secuencia Ingmar Bergman muestra sus cartas: una mansión enorme casi vacía con unos relojes omnipresentes y una decoración dominada por un intenso rojo; allí una mujer, que duerme en paz, despierta en el dolor... El uso de la imagen metafórica es el recurso de Bergman para conmover y mover a la reflexión sobre los más secretos resortes del alma humana.
Cuatro son los frágiles personajes, cuatro mujeres que sustentan el drama; Anna, la criada de la familia, devota y maternal; Agnes, presa de una enfermedad terminal; Maria, hermana de Agnes, frívola y egoísta; y Karin, la otra hermana, distante y circunspecta. La incomunicación dificulta las relaciones, por lo que los personajes revelan sus confesiones ante la cámara que funde en rojo sus primeros planos con los hechos o los sueños que les martirizan...
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: -Anna, su maternidad frustrada por la prematura muerte de su hija y su segunda oportunidad con la desvalida Agnes, con la que llega a ejercer una maternidad pasional.
-Agnes, obsesionada por sus carencias afectivas infantiles, tanto por parte de sus hermanas como por su madre. La secuencia del paseo por el jardín y el recreo en el columpio señala sus únicos momentos felices, cuando comparte un momento trivial con los seres amados. Solo la muerte le libera del dolor de vivir.
-Maria y Karin adolecen de estímulos que doten de un sentido a sus vidas. Sometidas a sus respectivos matrimonios, buscan una salida a su insatisfacción, una en el adulterio, otra en la autolesión genital. Ambas protagonizan uno de los planos secuencia más curiosos del filme, en el que se acercan fraternalmente, se acarician y se sinceran, sin decir nada: la escena es muda, la música de Bach es el contrapunto a las frases que Karin pronunció anteriormente: “No me mires”, “No me toques”, “Te odio”... Mas Maria aún depara una terrible sorpresa a su hermana en la despedida final.
En fin, Viskningar och rop, a parte de la elegancia de sus imágenes y de la sencillez con que muestra complejos asuntos, es un sugerente torrente de imágenes.
Kick'Em Ars 
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| 51 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Miquel
Palma de Mallorca (España)
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Su valoración:  |
6 de Abril de 2008 |
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Film nº 33 de Ingmar Bergman, escrito y dirigido por él a los 54 años. Se rueda en Taxinge-Nasby (Suecia), con un presupuesto de 400 mil dólares. Nominado a 5 Oscar, gana uno (fotografía). Producido por Lars-Owe Carlberg, se estrena el 21-XII-1972 (NYC).
La acción tiene lugar en una mansión solariega suiza, en los primeros años del s. XX. Se reúnen en la mansión familiar, ahora propiedad de Agnes (Andersson), sus hermanas Karin (Thulin) y María (Ullmann). Agnes se halla enferma de cáncer de matriz. La asiste su sirvienta Ann (Sylwan), que lleva 12 años con ella.
El film es un drama que desarrolla una historia de mujeres. Sólo aparecen fugazmente 4 hombres: los maridos de Karin y María, el médico y el pastor luterano. Está considerado como uno de los films más femeninos del realizador. El guión elabora un estudio bien matizado y diferenciado de los caracteres protagonistas. Karin es reservada, fría y hostil y no soporta al marido. María es frívola e insegura, engaña al marido y no le asiste cuando le pide ayuda. Ann es discreta, leal y de buen corazón. Agnes y Anna, solteras, son amantes.
Bergman dedica la obra a glosar una de sus principales obsesiones, la muerte. Analiza su influenica sobre las personas y sus relaciones con el dolor, el valor efímero de la vida, las relaciones familiares, el silencio y la ausencia de Dios. Para el realizador, la muerte es un tránsito doloroso, cruel y desolador, que frustra las ilusiones de inmortalidad y trascendencia. De paso se refiere a otras obsesiones, como la infidelidad conyugal, las disfunciones del matrimonio, la incomunicación, la soledad, la religión, el masallá, etc. Incorpora al relato elementos tomados del cine de terror (besos vampíricos y muertos que en sueños vuelven a la vida).
El film se presenta inmerso en color rojo oscuro, que se hace presente a través del papel que cubre las paredes, las alfombras, las cortinas, los fundidos, etc. Para Bergman el rojo evoca la sangre, la muerte y la espiritualidad. Se sirve de la voz en off del narrador, flashbacks que muestran el pasado, primeros y primerísimos planos que captan sentimientos en momentos de extrema emoción. Recurre a elipsis y a supuestos (conversación de María y Karin sin que se oiga la voz). Se sirve de símbolos convencionales, como el reloj (paso del tiempo). Crea imágenes que evocan símbolos: cuando Ann acuna a Agnes para aliviar el dolor, compone una imagen de "La Piedad".
La música incorpora unos pocos fragmentos breves de piano ("Mazurca, op. 17/4", de Chopin) y cello ("Suite nº 5 para cello solo", de J.S. Bach), que inspiran sentimientos y emociones acordes con el relato. La fotografía, de Sven Nykvist, construye imágenes de gran belleza y potente esteticismo. Hace un uso expresionista del color (rojo, blanco, negro). Las interpretaciones de las 4 protagonistas son magníficas. Película sobrecogedora.
Miquel 
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| 31 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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El dios Cronos se distingue por una marcada contradicción interna, su dualismo está tan acentuado que bien podría decirse que es el dios de los opuestos. Era el dios benigno de la agricultura, el señor de la Edad de Oro y de la edificación de ciudades. Al mismo tiempo era el dios triste, destronado y solitario, desterrado; padre del tiempo, de dioses y devorador de niños. Cuando al Saturno latino netamente benigno se le fundió con Cronos, aumentaron sus rasgos positivos al ser el guardián de las riquezas e inventor de la moneda, así como de otros negativos, como el de fugitivo perseguido. Se lo hacía señor del extremo desorden intelectual tanto de la extrema capacidad intelectual.
Esta ambigüedad representa a nuestra humanidad. Cronos es creador y destructor, tal y como el hombre; aquel ser que puede ser divino y bestial, estar dichoso y a la vez oprimido por el dolor más hondo. Siempre hay un momento en que comprendemos que aunque todo sea silencio hay algo que grita dentro de nosotros. ¿Qué es? ¿Es el miedo, alguna culpa, el deseo por ser libre? Ingmar Bergman plasma estos sentimientos en este filme, una de sus más bellas obras maestras; un relato sobre la figura femenina, la represión, la agonía, el amor y la muerte. Cuatro mujeres que se mueven en un hipnótico juego existencial, interpretadas por sus musas con una perfección inquietante y deslumbrante.
A través de la portentosa belleza de sus imágenes, Bergman nos hace testigos de una vida que está a punto de extinguirse y de como este hecho despierta las más densas emociones de quienes la rodean. Un eterno y soberbio homenaje a la vida y a la muerte que nos ha dejado este gran artista, quien como nadie supo retratar los problemas de la angustia, de la muerte, la relación con Dios y la incertidumbre; el hecho de no saber que habrá después de que cerremos nuestros ojos para siempre, la necesidad de aferrarnos a la idea de una Eternidad luminosa, a la de un redentor que nos perdonará y nos absolverá de todas nuestras culpas; ya que en el fondo nosotros mismos no nos sabemos perdonar ni nos sentimos dueños de nuestra propia vida, ni capaces de hacer con ella lo que nos dicta realmente nuestro corazón.
El día comienza. Delicadas luces matinales bañan postales melancólicas. La pantalla se funde en rojo, color que para el maestro simbolizaba la vida y la sangre. Relojes despiadados cuentan las últimas horas de alguien que pronto morirá. Perfecta metáfora de la finitud humana. Del tiempo; de las horas que consumen, de los días que acaban, de los momentos que se van y que no regresarán nunca. Esa persona que morirá es Agnes, quien despierta y trata de articular palabra, pero la tuberculosis se lo impide. Se encuentra en el umbral de la muerte y su única alegría consiste en el amor que le brindan sus hermanas Karin y María, y su sirvienta, Anna. Se levanta y aspira el perfume de unas rosas blancas, las cuales rápidamente la hunden en un recuerdo: el de su madre.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Evoca a esa hermosa mujer que solía recorrer el jardín vestida del color del marfil, casi flotando, como si fuera un espíritu benévolo. La amaba profundamente. No sólo era su madre, también representaba a la mujer en la que algún día se convertiría. De mirada fría, pero de sonrisa sincera y manos cálidas, acostumbrada a la soledad y a la añoranza.
Anna es la sirvienta, su pequeña hija acaba de morir y todos los días reza por ella. Anna cuida y trata a Agnes como si fuera su propia hija, su hija perdida. Como una madre, acerca a esa mujer atormentada a su seno desnudo tratando de darle calor y mitigar su dolor. Pero no hay nada que hacer. Agnes agoniza de manera salvaje, implacable representación del dolor y la muerte.
María aún esta enamorada de David, el doctor. Fueron felices alguna vez juntos, pero algo ocurrió y esa dicha llegó a su fin. “No podemos olvidar el pasado”, le dice él. Ella acerca sus manos a su pecho para que la acaricie, para sentirse nuevamente deseada, pero él ya no la acepta. Su pasión no es correspondida. En cambio, el le hace ver todos los defectos que ha adquirido y le muestra que de la mujer que era a la que es ahora parece haber un abismo de diferencia.
Karin es una mujer rígida y estricta. La frialdad y falsedad de su matrimonio casi se puede palpar. “Todo es una sarta de mentiras”. Ella lo sabe y repite esta frase varias veces. Su vida conyugal, su propia vida, el hombre con quien la comparte, todo es una mentira… No hay amor ni contacto, todo es una farsa. Una mujer que aparenta ser altiva e inmutable, dueña y controladora absoluta de sus emociones, pero sumamente dañada y reprimida. Su marido dice que es una torpe, su hermana muere lentamente, los relojes no cesan… Es demasiado. Rompe a gritar. A desahogarse, a tratar de que Dios la escuche y se apiade de ella y le devuelva toda la vida que se convirtió en silencio, todas esas palabras que alguna vez quiso decir pero que redujo a susurros inaudibles, todos esos momentos que antes de nacer sucumbieron ante el sometimiento, todo el tiempo que quedó emparedado entre los muros de su represión.
Agnes no termina de morirse. En la palidez espectral de su rostro se divisan dos finos ríos de
lágrimas. Antes de partir quiere ver a sus hermanas, sentir sus manos sobre las suyas por última vez. Pero ellas no quieren. No desean tener ningún contacto con la muerte. La rechazan y le dicen que lo que les pide es algo repugnante. Sin embargo, no aceptan que la muerte no sólo está en esa habitación, sino en toda su casa, en todas partes; en el jardín, en el rumor del viento y en el exasperante e inacabable tic-tac de los relojes, y ellas la rechazan porque les recuerda que algún día la tendrán frente a frente y se irán con la certeza de nunca haber vivido sus vidas.
“El hombre es un animal que puede sentir nostalgia, echar de menos aún su propia muerte, que vive y experimenta en formas muy misteriosas.”
-Xavier Villaurrutia
Dedicada a I.
Candy Perfume Boy 
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| 17 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Archilupo
Llanes (España)
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Su valoración:  |
27 de Junio de 2010 |
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1) Suenan campanillas y amanece en una mansión campestre. La primera luz da en árboles majestuosos. Tras un fundido en rojo (habrá muchos), varios relojes, sus latidos y timbres, oscilar de péndulos. Tiempo en acción. Como su efecto, gente en las habitaciones, dormida, vencida, respiración resonante. En el silencio, tic-tac inexorable, recurso que se reiterará hasta la redundancia.
2) Los fundidos enlazan escenas actuales o traen recuerdos. O primerísimos planos de cada una de las cuatro protagonistas mirando a cámara. Personas.
3) Tres hermanas y una criada, Anna.
Muy enferma Agnes (Harriet Andersson, intensa). Rostro contraído por el sufrimiento. Se levanta, voluntariosa da cuerda a relojes. En su diario escribe que el dolor no cesa, que sus hermanas han venido y se relevan con Anna.
Seca, severa y controladora Karin (Ingrid Thulin). Trama hilos en un pequeño telar.
Sentimental y superficial Maria (Liv Ullmann), contempla una casa de muñecas. Con el médico intenta viejos escarceos.
En Anna (Kari Sylwan), la criada, vemos la bondad sencilla cuando reza por su hijita muerta.
Por el diario de la desahuciada Agnes sabemos lo tormentoso de la relación infantil con su madre. Buscaba su amor y obtenía regaños y distancia.
4) Bergman recapitula su cine. La frescura de los primeros films da paso a un manierismo: sobre seguro, con recursos probados, calculando el efecto dramático. Los interiores (suelo, paredes, cortinas) son de un rojo intenso y perturbador; los ropajes, casi siempre blancos.
5) El dramatismo alcanza excepcional tensión en tres o cuatro momentos, aparte del espeluznante paroxismo de los estertores, crudo si no sirviera tan bien para dibujar el carácter de las hermanas.
Karin y su marido cenan en silencio. Envarados, remotos, gélidos. Se OYEN comer. Dos personas comiendo, sin más, y eso lo dice todo.
La criada le quita a Karin cien refajos, corsés y enaguas, y le pone el camisón con que irá al dormitorio, a atentar contra el débito conyugal, la base del matrimonio. Se revela lo imperioso e ingrato de la mentalidad burguesa.
Maria también es incapaz de entrega, de auxiliar a su marido ensangrentado.
6) Claro contrapunto entre la silenciosa criada, que da a la enferma afecto neto, corporal, materno, y las hermanas burguesas, llenas de odio, frivolidad y cólera, sin noción de caridad.
7) La índole mezquina de los matrimonios burgueses, pintada sin piedad por Bergman, casi justifica la dura plegaria del reverendo: ruega a la divinidad que se digne conceder un sentido a las vidas, situadas en un mundo sucio, bajo un cielo vacío.
Pero el diario de Agnes indica que antes de llegar sus hermanas y cuñados ella ha conocido el contacto entre almas, la gracia, y ha disfrutado la plenitud del instante.
8) Esta contraposición se potencia hasta lo trascendental al trazarse ante la muerte, que todo lo desnuda.
Igual que en “Como en un espejo”, hay atisbo de esperanza en la comunicación humana.
Archilupo 
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| 18 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Vivoleyendo
Huelva (España)
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Su valoración:  |
10 de Abril de 2008 |
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Las obras de Bergman son terriblemente difíciles de asimilar y analizar. El excéntrico director sueco avanza muchísimo más allá de la superficie y ahonda directamente en la parte más irracional e incomprensible del espíritu humano.
No olvidemos que estamos hechos de impulsos viscerales, de miedos, de pasiones, de contradicciones, de lagunas, de ilógica, de imprevisibilidad y de intemporalidad. Nos engañamos y creamos una ficticia sensación de seguridad inventando fachadas de autocontrol, racionalidad, lógica, linealidad temporal, comportamientos y sentimientos admitidos socialmente... Como en una pintura de Renoir que muestra paisajes serenos y voluptuosos con estallidos cromáticos, por los que pasean damas aparentemente despreocupadas con vaporosos vestidos y sombrillas blancos... Escenas equilibradas en apariencia, armoniosas, bajo cuya paz superficial tal vez laten las pulsaciones de las almas inmortalizadas en el retrato. Los ojos pueden captar la luz, los colores, las formas, las siluetas. Pero, ¿qué hay debajo?
Bergman, cuando contempla una pintura, cuando contempla cualquier creación, cuando contempla un ser humano, dedica solamente la atención justa al envoltorio exterior, a lo meramente sensorial, para taladrar con su mirada aguda lo que se oculta debajo. El envoltorio es apenas una leve tapadera que él sabe utilizar con maestría para recrear espléndidamente los ambientes, y conoce lo bastante su valor para saber emplearlo y crear una antesala a las verdaderas emociones. Juega con los fondos, bien estudiados. Nada es casual. Un jardín exuberante, una mansión aristocrática. Los tonos, las luces y sombras que resaltan u oscurecen. Bergman reconoce la importancia de los elementos externos y con ellos da lugar a un clima envolvente y sugestivo que emboba casi de forma imperceptible los sentidos del espectador. La veterana y experta fotografía es un testigo ocular más que va trazando una compleja radiografía de lo que se ve con los ojos y lo que se ve con el alma.
Si Bergman, como en el caso que nos incumbe ahora, se centra en una familia acomodada de finales del siglo XIX o principios del XX, cuyo núcleo central son tres hermanas, no se va a conformar con pintar un fresco vistoso y simple. Va a explorar con una sonda invisible pero incisiva lo más inquietante, angustioso, escabroso y pulsante de cada personaje. No se va a limitar a narrar sin más una historia frívola de las hermanas y de quienes las rodean. Va a sondear, incluso despiadadamente, sus inconfesables interiores, sus impulsos e instintos más profundos. Si otros directores se conforman con lo exterior, él presenta a las personas desde su más volcánico y frío interior.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Las infelicidades quedan al descubierto. La soledad más yerma, la convivencia entre el amor y el odio, entre la aceptación y el rechazo (porque las emociones y los sentimientos con frecuencia son inseparables, incatalogables). Todo lo gestado desde la infancia, todo lo que ha madurado en el espíritu, lo que ha quedado sin eclosionar, lo que se ha podrido, lo que se halla en ebullición...
Agnes, la hermana moribunda, probablemente padece mucho más que una enfermedad física. Su mal es sobre todo interno, los dolores del alma que se transmiten al cuerpo. El amor de sus hermanas y de la doncella Anna, que la acompañan en su sufrimiento, es consuelo y tormento, agonía y éxtasis.
María, con las preciosas facciones de Liv Ullmann, perturbadora y embriagadoramente sensual, dulce y oscura a un tiempo...
Karin, fría, amargada y resentida en su vacío existencial, como un bloque de hielo que apenas se derrite, mezcla de represión y explosión, atormentada por las cadenas que se ha impuesto a sí misma.
Anna, la tierna Anna, que venera a su amada Agnes con la fuerza del amor más auténtico...
En torno a las últimas horas de la enferma, se sucederán flashes de memorias en las que, con pinceladas maestras, probaremos el áspero sabor de la soledad, de las frustraciones, del amor más intenso, de los temores que anidan en nosotros como inquilinos indeseables. De los latigazos de la sensualidad más inquietante y prohibida.
Los susurros de los ausentes, de los recuerdos traídos al presente. Los gritos de la desesperación que necesita una vía de escape. Y después, el regreso de la cordura, de la rutina, de las palabras corrientes que se pronuncian con alivio para no tener que pronunciar las que más duelen.
Como introducirse en un cuadro de Renoir y encontrar que bajo el lienzo se esconde todo lo que, en el fondo, somos.
Vivoleyendo 
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