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Conversaciones con mi jardinero

7,0
4.887
votos
Sinopsis
Después de haberse dado a conocer en París, un pintor regresa a su pueblo natal en pleno campo. La casa en la que pasó su infancia cuenta con un espléndido jardín, pero él ni sabe ni le apetece cuidarlo. Por eso pone un anuncio en el periódico local solicitando los servicios de un jardinero. El primer y último candidato es un compañero al que no veía desde los tiempos de la escuela. En su contacto diario con él, el pintor descubre a un ... [+]
Críticas ordenadas por:
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19 de septiembre de 2007
39 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil
El pintor es un tipo de ciudad, uno de esos urbanitas, como bien han dicho por aquí, que sólo entiende de cultura clásica y moderna, lo que tanto gusta a los snobs de hoy en día, sin embargo, cuando se trata de labrar, pescar o menesteres más cercanos al ciudadano de clase baja/media, se pierde. En cambio, el jardinero es exactamente todo lo contrario, un tipo de ámbito rural, que conoce al dedillo todo aquello que se debe conocer sobre el campo y sus secretos. Y Becker los retrata fabulosamente, nos muestra dos personalidades totalmente contrapuestas, pero que en lugar de chocar, se unen en una instantanea y bonita amistad, y Becker nos los muestra, con esos primeros planos, les vemos sonrientes, expresivos y llenos de vigor, gracias a ese primer contacto con sus rostros, y nos llenamos también de todos esos valores que debe contener una amistad, y nos empapamos con ellos, gracias a una sencilla y brillante realización.

Pero no queda ahí, Becker es un tipo inteligente, sensible y meticuloso, uno de esos tipos que sabe que no puede ofrecer una simple historia al espectador y seguir su camino, uno de esos que cuidan el detalle y lo sumergen en un halo de dulzura, y aquí no se limita a tratar sólo la amistad, también habla sobre esos cambios, cambios que nos afectan cuando otra persona entra en nuestras vidas, nos marca y nos acoge como si fuesemos de su propia familia. Y tras ellos, quedan un montón de instantes, apegotonados en nuestro regazo, recordándonos todo lo que hemos aprendido, casi sin quererlo, al lado de todas las personas que nos han dado algo más, que no se han quedado en la superficie, que nos han brindado momentos de lo más deliciosos, y no queda otra que agradecerlo.

Si las situaciones donde se intenta ahondar, son fabulosas, sus aderezos cómicos no dan para menos, sencillamente son una puntilla más, y resultan una abstracción verdaderamente divertida a esas conversaciones que se desenvuelven con total naturalidad y encanto.
El trabajo lo rematan actores como Auteuil, que últimamente está medrando gracias a la amplia variedad de papeles que le sirven y, en especial, Jean-Pierre Darroussin, toda una sorpresa la de este actorazo que con una humanidad brillante borda un personaje de esos que, ya de por si, tienen muchísimo jugo, sacando todo el partido posible a una de esas personalidades que se te queda grabada durante mucho tiempo.
El final mejor dejarlo a parte, mejor verlo. Precioso.
Grandine
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20 de septiembre de 2007
31 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
El guión está basado en la novela autobiográfica de Henri Cueco. Aunque para la adaptación a la gran pantalla, Becker ha desarrollado mucho más el personaje del pintor, que en el libro actúa como mero comparsa. Auteuil logra darle cierta dimensión a este personaje, al que es difícil sacar del cliché de artista que vuelve a sus raíces para recuperar la sencillez que perdió en el camino. Sus aventuras amorosas, su rol de padre que demuestra escasa empatía con su hija, la relación con su separada esposa...son aspectos que sirven para poco más que para dar los necesarios respiros a lo verdaderamente importante: las conversaciones con su jardinero. Ahí es donde notamos crecer al personaje del pintor, y donde el intérprete consigue hacerlo auténtico y cercano. Si bien es el jardinero el que provoca los cambios en él, desde el principio de la película podemos observar como el pintor se muestra completamente abierto y dispuesto a escuchar y aprender. Un detalle del guión que me gustaría destacar es el hecho de que no se fuerce ningún conflicto entre los dos amigos. Es uso habitual, en el cine que habla de relaciones humanas; meter alguna crisis que haga más, supuestamente, interesante la historia. En este caso, se podría haber caído fácilmente en utilizar este recurso, pero el guionista tiene el buen gusto de optar por la naturalidad y la sencillez, sin sobresaltar gratuitamente la relación.

Sin duda, es la arrolladora, a la vez que sencilla, personalidad del jardinero interpretado por Darroussin la baza fundamental que juega la película. Inspirado en un personaje real, resulta deslumbrante escucharlo hablar, verlo actuar. Un hombre que reúne ingenuidad y sabiduría en grandes (y equivalentes) dosis. Una filosofía vital extremadamente simple, pero llena de verdad. Alguien que sabe lo que quiere, quien es y como ser feliz. Aunque al pintor (y a nosotros) le pueda parecer aburrido y monótono su estilo de vida, tampoco puede evitar sentirse fascinado (al igual que nosotros) por alguien que lo tiene toda tan claro, y que no se complica la vida de forma innecesaria.

Pero aparte del trabajo actoral, poco más podemos destacar en una película muy convencional, previsible, y que no asume ningún riesgo. El director lo deja todo en manos de sus dos intérpretes, para que saquen adelante esta bonita historia de amistad. Y sí, el propósito está logrado. El filme es agradable de ver, gustará, y llevará a las pantallas una cantidad respetable de público, deseoso siempre de ver este tipo de cine sensible. Pero se echa de menos la mano de un director que vaya un poco más allá, alguien que apriete un poco las tuercas, y que se arriesgue de alguna forma para que no acabemos con la peligrosa sensación de déjà vu fílmico. Si a eso, le unimos algún momento mediocre de guión (incluidos un par de gags bastante torpes), tenemos el resultado de un producto correcto y amable; pero que no dejará satisfechos a aquellos que busquen ese algo más.
kikujiro
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16 de mayo de 2009
18 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Unas botas de agua de color amarillo, unas zapatillas, una navaja, un trozo de cuerda, unas hortalizas, unas verduras... Y los profundos ojos de la persona amada.
Ésas pueden ser las cosas que más importan. Las que nos han acompañado durante toda la vida.
Las que nos han proporcionado más felicidad.
Ése es el tipo de cosas que nos llevaríamos a la tumba.
Aquí tenemos un tributo a la amistad de ocaso. Esa clase de amistad en la que uno se desnuda ante el temor a la vejez, ante el tiempo que se escapó demasiado deprisa, ante lo que ya no se puede arreglar. Pero también de agradecimiento por lo bello que hemos recibido. Por lo que hemos sembrado y por lo que recogemos ahora. No siempre recogemos los frutos más hermosos, y algunos se habrán malogrado. Pero hay un momento en que nos detenemos a contemplar nuestro huerto, y descubrimos que es milagroso.
Somos una alegoría de ese huerto. Sembramos y, dependiendo de los cuidados que le prodiguemos, de la suerte, del clima, de los parásitos y de la bonanza, recolectaremos una cosecha más o menos abundante, más o menos sana, más o menos plena de colorido.
"Del Pincel" y "Del Jardín" son dos amigos que han llegado a ese momento de contemplar sus cosechas. Y cada uno las venera a su modo. Uno, con su trabajo paciente y esforzado, con su llaneza tan amable como la tierra benigna y fértil que pisa. El otro, con su sensibilidad artística, su capacidad para captar los juegos de la luz y el color en sus lienzos imperfectos. Uno, mimando los productos de la tierra, participando activamente en su crecimiento, conociendo instintivamente sus secretos; el otro, observándolos y grabando su esencia al óleo sobre una tela, inmortalizando lo que ya apenas nos detenemos a considerar. La belleza de las pequeñas cosas.
Porque al final acabamos dándonos cuenta de que todos esos pequeños detalles son los que nos han hecho más felices.
Vivoleyendo
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25 de junio de 2008
42 de 68 usuarios han encontrado esta crítica útil
Otra de tantas cintas que pretenden ser amables, pero que en su lecho yace el repulsivo mensaje del muchipasta que acaba por aprender algo del currito ocasional.

Solo la gente que maneja dineros tiene stress, problemas existenciales, y para eso estamos los pobres: para poder enseñarles una razón para vivir, mientras palmamos currandoles la página.

Que delícia ver como el ricachón aprende algo del que ha vivido siempre a base de usar las manos, los riñones, y la paciencia. Que maravilla el mensaje dirigido, como siempre en este tipo de producciones, a los que manejan las viroyas: no te estreses y vive la vida, que el idiota que tienes combándose cada cinco minutos para decirte "buenos dias, señor", ya te demuestra que el currar demasiado es malo.

Las interpretaciones son excelentes, la fotografía es acojonante, y las localizaciones de puro ensueño. Pero el mensaje es el de siempre: un pobretón le enseña a vivir la vida al pijo, que para éso tiene la panoja y ha de vivirla él y no el otro.

Si tus papás te procuraron una juventud repleta de caprichos a base de billetes, le encontrarás un punto de romanticismo de la ostia y el no va más. Pero si eres de los que ha debido ganarse con sudor y sangre la molla, te encuentras ante una obra escrita por y para pijos.

Con una buena presentación, eso si, pero sin variar para nada el mensaje de siempre: los que nacimos sin posibilidades estamos para facilitarles -y hacerles ver- a los de la pasta desde crios, que la vida consiste en valorar los momentos mínimos, aunque para nosotros lo sean de verdad, y para ellos solo lo son por no saber apreciarlos.

Se nota que actores, directores, y demás gentes con renombre dedicados al cine, vienen de familias pudientes en el 90% de los casos. Que nos tienen a los pringaos como ejemplo del saber vivir con poco, pero nunca hacen que -aunque sea ficticiamente- seamos al final los elegidos para ser felices.

Hasta las pelotas que me tienen.
Kingo
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24 de noviembre de 2007
27 de 44 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay quienes confunden la sencillez con la simpleza. Por ejemplo, Jean Becker. Su jardinero es un modelo perfecto de confusión entre lo que, en realidad, se sitúa en puntos antagónicos. Una cosa es el desapego del sabio, de quien ha llegado a la ataraxia que proporciona el conocimiento del mundo y sus pompas como pura vanidad, y otra muy distinta es el conformismo simplista de aquel a quien todo da lo mismo porque es incapaz de comprender nada. Los dos se encuentran en posiciones simétricas, pero antagónicas. Ambos están, de algún modo, al margen de la vida, pero el primero lo está porque la ha transcendido, mientras que el segundo lo está por no haber llegado a ella todavía. Uno puede repetir indefinidamente un viaje a Niza porque, esté donde esté, se sabe y se siente en el centro mismo del mundo (simbólicamente hablando); el otro repite el mismo viaje porque, puestos a aburrirse en todas partes, mejor la que dé menos problemas.
Otro ejemplo elocuente y patético de esa confusión entre los opuestos es la «reflexión» que ahí encontramos sobre el arte: personalmente creo que podría compartir —al menos en cierta medida— la crítica al arte contemporáneo y a los críticos de arte que se esboza en la película (de forma harto grotesca, por lo demás). Ahora bien, que todo eso sirva para acabar ensalzando unas «obras de arte» que podrían ser ilustraciones para el calendario de una cooperativa local hortofrutícola vuelve a ser otra manifestación flagrante de la miopía intelectual del director.
Becker tiene una ventaja, y es que, como ideas, lo que se dice ideas, tiene pocas, su caos mental —por simple escasez de materia prima— no se le nota demasiado; no obstante, no le vendría mal, yo creo, que las pocas que tiene las reordenara un poco.
Lo que algunos directores franceses no parecen comprender es que una cosa es el minimalismo y otra el raquitismo intelectual y la banalidad rutinaria. Por lo demás, en cuanto al lenguaje cinematográfico, la película es paupérrima: mera ilustración plano-contraplano (lo de menos son las escandalosas faltas de raccord) de un guión tan repleto de palabras como vacío de ideas.
En resumen: estéticamente cutre, técnicamente torpe, mentalmente anémica e ideológicamente caótica: ésa es la sensación que me ha dejado esta bienintencionada y amable película. Y es que, para hacer cine, hacen falta algo más que buenas intenciones.
Ludovico
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