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Sinopsis
Desde que su mujer sufrió quemaduras en todo el cuerpo a raíz de un accidente de coche, el doctor Robert Ledgard, eminente cirujano plástico, ha dedicado años de estudio y experimentación a la elaboración de una nueva piel con la que hubiera podido salvarla; se trata de una piel sensible a las caricias, pero que funciona como una auténtica coraza contra toda... Leer sinopsis completa
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6 de Septiembre de 2011
257 de 318 usuarios han encontrado esta crítica útil.
La nueva cinta de Almodóvar se da un aire tonal a cierto Cronenberg –‘Inseparables’ y, en menor medida, ‘Videodrome’. Su temperatura no está lejos de ‘Tamaño natural’ (del maestro Berlanga). Uno se imagina sin esfuerzo a Michel Piccoli o Jeremy Irons en el papel protagonista.
‘Abre los ojos’, ‘Vértigo’, ‘Time’, de Kim Ki-duk… la lista de posibles referencias sería interminable.
‘La piel que habito’ tampoco elude la autocita –especialmente ‘Carne trémula’ y, algo menos, ‘Átame’. También ‘Kika’–apunta mi pata Macarrones.
Para mí, la referencia más obvia es ‘El coleccionista’, de William Wyler.
Pero no basta con citar, ni con querer subirse al carro de la Historia por medio de las referencias. Hace falta crear, dar vida a un mundo propio, más o menos alejado de la convención. No tengo claro que Almodóvar lo consiga del todo en este caso.
La atmósfera no acaba de cuajar o sólo lo hace por momentos.
Bien rodada y dirigida, no mal interpretada (pese a ciertos tics made in USA en el gesto de Banderas, al que veo más creíble como doctor monomaniaco que como médico conferenciante), los principales defectos están en el guión: final precipitado, personaje(s) prescindible(s) [El tigre calvo, trillizo de los hermanos Matamoros, la sirvienta Marilia… y sus absurdos parentescos chirriantes, que ni vienen a cuento ni aportan nada al desarrollo argumental], diálogos explicativos y torpones para suministrar los datos al espectador.
Sobra el esperpento de la "conexión brasileña” (el personaje bufo Zeca no funciona; es impagable oír a Marisa Paredes entrando en la quinta El Cigarral diciendo “¡Qué saudade!”) y se echa en falta un desenlace no tan pobretón, más en clave de venganza retorcida o un puntito elaborada.
Me gusta el desarrollo de la trama principal: no hay giro-pirueta, la intriga se desvela de forma pausada y bien medida, sin efectismos TA-CHÁN ni sorpresa con subida de volumen. Los violines no hacen daño a las imágenes.
Elena Anaya está maravillosa.
La última secuencia es un prodigio de funambulismo cinematográfico: evita el descalabro y casi llega a conmover.
‘La piel que habito’ no es la obra de un genio; se queda a las puertas de ser una película notable. Es la obra de un artista que hace lo que quiere, dotado de talento y sin complejos.
Ya quisiéramos la mayoría de mortales fracasar a semejante altura.
Servadac  |
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4 de Septiembre de 2011
314 de 445 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Leer críticas profesionales como "radical, voraz, quirúrgicamente perfecta" o anónimas que la alaban sin mesura me ha desconcertado.
No me considero ni Almodóvar fan ni un Carlos Boyero del director manchego. He disfrutado con alguna de sus películas y me he sentido defraudado en otras. Mantener un nivel alto en cualquier faceta de la vida es imposible. Pero La piel que habito es mala.
Vendida como thriller de terror psicológico, lo que abundaba entre las butacas eran las risas. Pero no, no es "el humor de Almodóvar". El terror se le ha escapado de las manos con diálogos burdos, interpretaciones surrealistas y una historia propia de telefilme dominguero.
La primera media hora es un truño. Se esfuerza en presentarnos a un doctor sin escrúpulos, con su laboratorio (recuerda más a CSI que a otra cosa), su cobaya y su chalet de la sierra. Solo la fe en que mejore la cosa evita el sopor.
Luego se anima con flashbacks que intentan justificar algo hasta el decepcionante desenlace.
Ni rastro de los geniales diálogos (con alguna excepción). Ni un atisbo de interpretaciones para el recuerdo. Ni por asomo la angustia prometida. Solo se salvan la música de Alberto Iglesias y una Elena Anaya superior a la calidad del filme.
Una hilada promoción puede hacer que acudas al cine con las máximas expectativas y salgas indignado y con el bolsillo vacío.
Si eres muy bueno haciendo lo de siempre, haz lo de siempre. ¿Alguien se imagina a Iñaki Gabilondo presentando Sálvame?
Pues eso.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler:
Elena Anaya resuelve con nota un papel nada fácil, ayudada por una fotografía irregular pero eficaz en muchos momentos.
La fugaz aparición de Agustín Almodóvar es divertidísima.
Pero luego está lo malo. Detalles como utilizar el Pazo de Oca para una boda y que no se vea nada es un pecado, o usar papel higiénico mojado y que parezca piel artificial creada en laboratorio (nada creíble), o intentarse suicidar con hojas de un libro cortándose las tetas y que el resultado sean 6 líneas rojas de rotulador.
La única que se salva, me repito, es Elena Anaya.
Banderas está tan insulso como irrelevante. Su pretendida inexpresividad no ayuda.
Marisa Paredes es la peor parada. Con un look entre ama de casa jubilada y oxigenada, soltaba sin ganas frases absurdas. Almodóvar le hace una putada. Es más, estorba.
El pseudo-tigre es ya la hecatombe. Es un tío disfrazado, hablando (casi) portugués, violando a la protagonista, enseñando el culo al telefonillo, atando a su madre y siendo asesinado en apenas 8 minutos. Pero recuerden que es una película de terror y no la última de Sacha Baron Cohen.
El argumento tampoco tiene ni pies ni cabeza. Si, es cierto que es lo habitual en la filmografía del manchego, pero suele salir victorioso. En este caso no.
No me creo que el doctor loco se lo haga con el violador de su hija loca ya muerta al que ha operado para convertirlo en tía y lo tiene encerrado con la complicidad de su madre que es su criada y que asesine a su hermano que vive en las favelas saliendo adelante como narco y robando y que además se lo hizo con su mujer ya fallecida que se suicidó por tener la piel quemada y verse horrible.
Y para contar todo esto (imposible pretender dar miedo) el director comete errores inaceptables (Marisa Paredes te cuenta casi todo con un monólogo en el que se ven escenas evocadoras como un niño corriendo por las favelas) y se olvida de otras tantas cosas necesarias para dar sentido al metraje (un salto de cámara entre el chico y la cara de Elena Anaya no justifica el cambio de Vicente a Vera. Una escena forzada).
Inmerecedora de tanto elogio. Una pequeña estafa y una gran decepción.
Camliça  |
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4 de Septiembre de 2011
112 de 146 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Vengo del cine cabreado. Almodóvar, una vez más, ha metido la pata. Y en este caso hasta el fondo.
Ojo, hablo de técnica, no de gusto. A uno le puede gustar o no una película como, por ejemplo, No country for old men, pero en cualquier caso sabe que se enfrenta a un producto de calidad. Más allá de predilecciones personales (a mí los hermanos Coen no me cautivan), el buen cine se reconoce a leguas. Por eso es especialmente indignante que Almodóvar, un director con talento demostrado, ofrezca a sus seguidores una suerte de telefilme que, moviéndose entre lo esperpéntico y lo kitsch, mantiene al espectador sentado en la butaca con la boca abierta de incredulidad. Eso sí, como típico cine de realizador de culto, la película contiene fuertes dosis de pretensión hueca que provocarán las delicias de sus fanáticos, pero que al resto de los mortales nos resultan vacías.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler:
LPQH es, sobre todo, una cinta rotundamente inverosímil. Resulta imposible creerse nada de lo que allí sucede. No niego que la trama es difícil de encauzar en apenas dos horas de metraje, pero si alguien podía conseguirlo, ese era Almodóvar. Y no lo hace. Es más, se recrea en los elementos menos creíbles, convirtiéndolos en estandarte de la narración. El director decide saltarse a la torera el proceso por el que Vera va asumiendo un claro síndrome de Estocolmo hacia su cautivador. Y yerra. Por el contrario, opta por dejar pasar los minutos en largos planos de pretendida vocación estética que aportan poco o nada al desarrollo de la trama y que, consecuentemente, contribuyen a desgastarla. Que nadie me diga que no se revolvió en la silla cuando vio como Vera asesinaba a Rober justo después de acceder, encantada, a ser penetrada por él. O como se decantaba por rajarse las tetas con las hojas de un libro en un amago de intento de suicidio.
El guión está mal articulado y la puesta en escena enfatiza sus defectos. La historia del personaje que interpreta Marisa Paredes sobra. Responde al perfil de mujer lorquiana regida por la pasión y el sufrimiento. Si, tipicamente almodovariana. Pero con una historia tan absurda, tópica y chabacana que se hace imposible llevarla a escena sin provocar en el público la risa o el asco. El monólogo en el que cuenta su vida es como de telenovela venezolana. Y, sea dicho de paso, sus incursiones en la lengua de Camões dan vergüenza ajena. Pero Almodóvar así lo decidió. Y así lo hizo. Incapaz de contener su tendencia al exceso y sus personalísimas filias, el director se deja llevar por lo peor de si, demostrando ser incapaz de poseer la más mínima visión de conjunto.
Pese a todo, me gustaría romper una lanza en favor de los actores. Elena Anaya, a pesar de lo desorbitado de su personaje, sale ilesa de la interpretación, lo que no es poco. Banderas está pésimo, aunque la contención a que el director quiso forzarle non le hace ningún favor. Marisa Paredes sobreactúa hasta al hastío. Del “brasileño” de acento impostado prefiero no opinar. No merece ni un solo minuto de mi tiempo.
Concluyo con una llamada a los almodovarianos. No lo alaguemos cuando no se lo merece. Solo para que entere. Elogiar un trabajo cuando es malo (y LPQH es una película mala de principio a fin) sólo contribuye a la autocomplaciencia y que el artista siga creando en la línea equivocada. Almodóvar está a tiempo de corregir sus errores y convencernos de que su trabajo desde Volver es solamente una época que olvidar.
Adam_Kesher  |
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4 de Septiembre de 2011
98 de 143 usuarios han encontrado esta crítica útil.
La última película de Almodóvar permite al espectador cambiar y mutar su propia piel a convicción, distinción y predisposición. La epidermis en la que se mueve es tan fina y sensible que puede producir sopor, dolor, indiferencia o absoluto placer a discreción.
No hay que engañarse tampoco: no es una nueva piel del cineasta ya que vuelve a vestirse sobre membranas que habitaban en sus cintas anteriores. No faltan sus continuados deslices, sus desvaríos y mezcolanza en cuanto al género, referencias y los detalles y recursos del guión que pondrán la piel de gallina a sus detractores e incluso a bastantes de sus seguidores. Pero por encima de todo habita el melodrama aldomovariano tradicional que empapa de sangre vital todas las pieles que la componen.
Si en “Los abrazos rotos” el mosaico quedaba dibujado en esas fotografías partidas, desgarradas y destrozadas en cuerpo y alma, invitando a componer el puzle que formaban, aquí los retales de tela succionados por un aspirador nos dan respuestas aunque no conozcamos realmente las preguntas. Porque “La piel que habito” forma una película con un primer acto oculto y velado en el interior de unos torturados personajes. Unas breves imágenes residuales en un televisor dan completa forma a la historia: un guepardo devorando a una pequeña gacela ante la impotencia de los vencidos y el yoga como salvación interior mediante la calma y paciencia ante la destrucción exterior.
Sus saltos temporales tan marcados como cortes de bisturí y su historia sin retorno, irreversible como la piel y con un inclasificable cruce de venganzas kafkianas, hacen de la “La piel que habito” una película sobre el cuerpo y el alma en su distinción sobre el individuo. Desde la nueva carne Cronenberg, pasando por “El rostro ajeno” de Teshigahara, a los “Ojos sin rostro” sin Franju, desde Buñuel pasando por el giallo… el filme de Almodóvar hará que algunos no paren de buscar entre sus latentes cicatrices, que atan cada una de las pieles con las que se disfraza, y otros nos perderemos en las distancia para disfrutar del cuerpo que compone la película. Una película que realmente empieza a sentirse en la propia piel cuando acaba “La piel que habito”.
Maldito Bastardo  |
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28 de Agosto de 2011
110 de 169 usuarios han encontrado esta crítica útil.
En una sociedad en la que la ciencia avanza más deprisa que la propia moral, resulta necesario establecer ciertos límites sobre lo correcto e incorrecto. Así, la bioética ofrece una constante vigilancia sobre el desarrollo adecuado de cada estudio científico. Pero, ¿qué sucede con las investigaciones personales? ¿Cómo regular los experimentos clandestinos? Conociendo la respuesta, el Doctor Robert Ledgard busca, bajo la complicidad de las paredes de su hogar, perfeccionar la piel humana. Sin embargo, el proyecto es demasiado ambicioso como para aplicarlo simplemente a unos ratones de laboratorio.
El nuevo trabajo de Pedro Almodóvar mantiene la característica huella del director en cada plano. Pero "La piel que habito" no es una continuación de su estilo anterior, sino más bien una evolución del mismo. Las historias que escribe Almodóvar suelen ser o demasiado alejadas de lo común ("La mala educación", "Todo sobre mi madre") o demasiado corrientes ("Volver", "Los abrazos rotos"). En esta ocasión se presenta un argumento poco habitual escondido en otro más usual. Para conseguir este efecto, juega con una alteración temporal que dosifica la información, equilibrando una tensión narrativa que se perdería si el relato fuese lineal.
Con respecto al reparto, el director sigue obteniendo mejores resultados de sus actrices que de sus actores. Elena Anaya destaca por encima del propio Antonio Banderas, pese a la poco creíble pelea que ambos mantienen. Marisa Paredes, rostro habitual en sus anteriores filmes, demuestra su veteranía en un papel secundario cuyo único problema es soportar demasiado bagaje dramático, sin que su historia personal se termine de desarrollar.
Sería difícil situar esta película en un solo género cinematográfico. Junto a la clasificación de drama, es necesario añadir un matiz: el de terror. Un ambiente de angustia emana del miedo psicológico creado, pero ya no tanto por las acciones, sino por esa estética de un vestuario tan ortopédico. Es el miedo a la deformación, al deterioro, al irremediable paso del tiempo, y también a la pérdida de la autonomía. Por otro lado, hay algún pequeño momento cómico que concede breves respiros de aire fresco.
En "La piel que habito" pueden resultar desconcertantes los puntos de giro de su guion. Algunos son tan bruscos que pueden dar la sensación de que la película va a la deriva. Pero, tras una historia tan bien desarrollada, es imperdonable terminar con un final tan simple, sencillo e incluso vulgar. Tal vez hubiera sido preferible cortar y suturar o antes o después, pero no donde se ha practicado la incisión. Así, la cicatriz ha quedado al descubierto, y ni el maquillaje de la música o de los títulos de crédito podrá disimular esa marca.
Koonery  |
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