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| 17 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Fej Delvahe
Ladera del Monte Titano (San Marino)
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Su valoración:  |
15 de Mayo de 2008 |
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Diez años antes de "La calle de la vergüenza" (Japón 1956), Kenji Mizoguchi hizo "Utamaro y las cinco mujeres". En ambas obras nos descubre la vida, las pasiones, el arrojo y los anhelos de mujeres que se dedican a la prostitución.
Mizoguchi, presenta de manera lúcida, comprensiva y humanizante el vivir, sentir y amar de las mujeres que ejercen la profesión de prostitutas en casas de té, masajes, hospitalidad y negocio.
Kitagawa Utamaro (1753-1806) fue un pintor japonés famoso por sus grabados de mujeres. En 1804, en la cúspide de su éxito, le acusaron de indignidad por publicar unos grabados sobre una novela histórica prohibida. Los grabados, titulados "Hideyoshi y sus 5 concubinas", en los que se basa el título de esta película, representaba a la esposa de un caudillo militar y sus concubinas; en consecuencia, fue sentenciado a pasar 50 días esposado, prohibición que le avergonzó y marcó hasta tal grado que desde entonces su carrera como artista se hundió, muriendo dos años después.
Película pues, sobre la vida o parte de la vida de un pintor que hizo historia. En la línea de partida, inicial de un subgénero del cine consistente en narrar fílmicamente la biografía o parte más anecdótica de la vida de célebres pintores pertenecientes a distintas épocas y países, entre las que cabe destacar: "Moulin Rouge", de John Huston, USA 1952, sobre el pintor francés Henri de Toulouse-Lautrec; "El loco del pelo rojo", de Vicente Minnelli, USA 1956, sobre el pintor holandés Vicent Van Gogh; "Los amantes de Montparnasse", de Jacques Becker, Francia 1958, sobre el pintor italiano Amadeo Modigliani; "El tormento y el éxtasis", de Carol Reed, USA 1965, sobre el pintor italiano Michelangelo Buonarroti; "Andrei Rublev", de Andrei Tarkovsky, Rusia 1966, sobre el pintor ruso Andrei Rublev; "El sol del membrillo", de Víctor Erice, España 1992, acerca del pintor español Antonio López García; "Sobrevivir a Picasso", de James Ivory, GB 1996, sobre el pintor español Pablo Ruiz Picasso; "Pollock", de Ed Harris, USA 2000, acerca del pintor estadounidense Jackson Pollock; "Ebrio de mujeres y pintura", de Im Kwon-Taek, Corea del Sur 2002, acerca del pintor coreano Jang Seung-up (Oh-won); "Frida", de Julie Taymor, USA 2002, sobre la pintora mexicana Frida Kahlo; "La joven de la perla", de Peter Webber, GB 2003, sobre el pintor holandés Johannes Vermeer; "Los fantasmas de Goya", de Milos Forman, España 2006, sobre el pintor español Francisco de Goya; "Klimt", de Raúl Ruiz, GB 2006, sobre el pintor austríaco Gustav Klimt; etc, etc.
Toda una joya antigua del cine japonés, que abrió camino a muchas ideas posteriores en todas partes del planeta para filmar guiones sobre artístas pictóricos de gran reconocimiento histórico.
Fej Delvahe
Fej Delvahe 
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| 8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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jastarloa
Madrid (España)
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Su valoración:  |
20 de Agosto de 2006 |
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Mizoguchi, fiel a su estilo y a sus compromisos sociales, encuentra belleza en los lupanares más sórdidos, en las curiosas historias de amor que en ellos afloran. Para transmitírnosla, nos cuenta la historia de un espíritu afín a él, el de Utamaro, un maestro pintor apóstata interesado en plasmar la belleza de la mujer de una forma realista. Al igual que el director, tendrá problemas con las autoridades por su forma de entender el arte.
Sin estar entre sus mejores trabajos por culpa de un guión poco fluido y con demasiados personajes para rodarla en blanco y negro y con actores físicamente tan parecidos –no se tomen esto a broma, no me estoy remitiendo a los tópicos sobre las razas orientales; era bien conocida la táctica japonesa de buscar, en películas de este estilo donde las vestiduras y peinados no se diferencian bien en blanco y negro, un conjunto de actores en el que cada uno tuviera rasgos claramente diferenciales–, ofrece detalles suficientes como para considerarla buena: el duelo a pincel del principio –me recordó a un momento de Amadeus en el que Salieri ve cómo le mejora una partitura–; el famoso baño; la humillación de Osika cuando Seinosuke se vuelve loco por pintar a Oran; la condena que obliga Utamaro a ir maniatado durante cincuenta días –es a partir de entonces cuando llegan los peores problemas–; el asesinato por celos...
Algunos de los exteriores filmados son muy bellos, pero no hay tantos como en otras de sus películas.
jastarloa 
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| 8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Txarly
Qingoco (China)
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Su valoración:  |
4 de Abril de 2006 |
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Utamaru es un tipo singular. No se achanta nunca y antepone la pasión que siente por su arte a cualquier desgraciada circunstancia que pueda acontecerle por no dar su brazo a torcer. Mizoguchi retrata de manera brillante la mente obsesiva y despreocuapada del artista y de toda la camarilla que suele desplazarse junto o tras él. En esta ocasión filma parte de la obra en exteriores y nos regala secuencias como la del multitudinario baño que están francamente bien. Recomendable.
Txarly 
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| 4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Vivoleyendo
Huelva (España)
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Su valoración:  |
27 de Enero de 2012 |
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Fiel retratista del Japón tradicional, Mizoguchi solía retrotraerse a las eras feudales y su tema recurrente eran las mujeres y su degradada posición. Las geishas y cortesanas le llamaban la atención especialmente; su propia hermana fue vendida como geisha, solución a la que recurrían muchas familias pobres para cobrar un dinero por la aberrante transacción y tener una boca menos que alimentar. Como los que venden a sus hijas a las redes de prostitución a cambio de lavadoras automáticas.
Nadie como él analizó todas las circunstancias que vejaban a la mujer japonesa. Su severa educación en la sumisión para ser las candidatas más deseables al mercado del matrimonio, la imposición del marido sin dejarle voz ni voto a ella, la desprotección de las chicas de familias humildes con las que se podía comerciar como si fuesen ganado, obligándolas a convertirse en concubinas de hombres poderosos o a servir en alguno de los distintos escalones de la prostitución, desde las refinadas geishas hasta las rameras menos pudientes, pasando por grados intermedios como las cortesanas.
La cultura de las “damas de compañía” reunía en Japón numerosos matices, y las más famosas poseían prestigio social, siempre por supuesto dentro del universo masculino. Por muy encumbradas que estuviesen, por más bellas que fuesen, por más habilidades y dotes artísticas que poseyeran, por más capacidades de ingenio y oratoria que desarrollaran, no dejaba de existir algo anómalo; eran esclavas de su maquillaje, de sus peinados, de sus quimonos, de sus modales y de sus aptitudes para entretener y complacer a los hombres. Un juguete con el que ellos se divertían. Aunque la transacción no consistiera en un polvo de un cuarto de hora en un cuartucho de mala muerte (que polvos también habría, la carne es carne), no se podía disfrazar el hecho de que ellas estaban a merced de ellos.
Llevadas y traídas, eran muñecas similares a un adorno colocado en un salón, con la facultad de moverse y hablar, como graciosas autómatas a las que el fabricante hubiera incorporado un mecanismo que las distinguiera del resto del mobiliario.
Este submundo femenino rodea a Utamaro, un pintor alejado de los encopetados cánones. Para poder dar rienda suelta a su inspiración, pinta a mujeres de la vida, las que han sido desechadas por sus parientes, las que no pertenecen a linajes preponderantes, que no serán reclamadas. Lo mueve su ardor por inmortalizar en el papel los cuerpos bellos.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Por supuesto, su estilo atrevido despierta tanta admiración como rechazo, y su cohorte de musas causa revuelo entre el elemento varonil. Siendo él un artista honrado, es no obstante el indirecto detonador de pasiones por donde él pasa, pues sus deseadas modelos encandilan a amigos, pupilos y conocidos y se producen idilios, infidelidades, traiciones, rupturas y hasta tragedias. El mismo Utamaro llega a ser fichado por las autoridades cuando algunas de sus pinturas son condenadas por demasiado indecentes.
Y esta mirada al famoso retratista nipón es una excusa más para pasearnos por la triste vida de títere de las mujeres, ya sean de condición respetable o no. Y en esto Mizoguchi era un consumado especialista.
Vivoleyendo 
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| 1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Manolo
Palencia (España)
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Su valoración:  |
26 de Julio de 2006 |
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En esta obra de Mizoguchi se entrelazan dos elementos temáticos primordiales: por un lado, el arte, encarnado en un pintor (Utamaro), a través del que se reflexiona sobre la creación estética, la inspiración, la belleza, las relaciones del artista con el poder económico y político, la censura, etc.; por otra parte, el amor, ya que Utamaro está rodeado por una serie de personajes que viven de distintas maneras ese sentimiento, en algunos casos de un modo bastante obsesivo.
A pesar de la estupenda recreación histórica y del buen hacer de los actores, en la parte final de la historia se percibe una falta de cohesión entre esos dos pilares temáticos arriba reseñados, lo que se puede achacar a carencias del guión. En consecuencia, nos encontramos ante una obra menor dentro de la filmografía de su autor, por debajo de obras como "El intendente Sansho", "Vida de Oharu, mujer galante", "La emperatriz Yang Kwei-Fei" o "Cuentos de la luna pálida".
Manolo 
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