|
Veamos: entiendo que haya, en esta vida, oficios ingratos, pero necesarios para la sociedad; uno de ellos es el de director de "cine basura", entendido como ése de consumir y tirar. El tal Stephen Herek, que firma la que nos ocupa, lleva un par de décadas ejerciendo esa tarea, con resultados, como no, mediocres a la par que eficaces, pues cumplen su objetivo, que no es otro que ofrecer un entretenimiento fútil que no desgaste las neuronas.
Lo malo es cuando este tipo de cineastas patina, y pretenden alcanzar algo a lo que no pueden llegar: aquí pretende hacer una especie de comedia con tintes espiritualoides, encabazada por un Eddie Murphy penoso (y eso que me hizo cierta gracia cuando yo era un niño, allá por los primeros ochenta, con aquellas cosillas que hacía para Walter Hill y John Landis; desde ahí, un lento e implacable caminar hasta llegar a lo que es ahora, un graciosillo sin chispa, lo que resulta bastante patético) y un Jeff Goldblum perdido en una de sus habituales errores a la hora de elegir papeles, y mira que el hombre tiene talento.
La historia es estúpida, aburrida y muy muy larga, lo que entierra cualquier posibilidad de entretenimiento aunque uno sea, como yo, proclive a reírse de las mayores "tontunas". El rollito budista trascendental de G, el personaje de Murphy, sometido a un "ecosistema" tan contrario a su presunta espiritualidad, como es el de una cadena de Teletienda, no da para más, aderazado todo ello con una historia de amor de lo más insípida que me he echado a la boca. En fin, 114 minutos desperdiciados a la gloria de nadie, salvo a la del tipo que decidió ponerle a "Holy Man" (Hombre Santo) ese título tan psicotrópico que tiene en castellano.
babayu 
|