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Harakiri (Seppuku)

8,5
7.000
votos
Sinopsis
Un samurái pide permiso para practicarse el Seppuku (o Harakiri), ceremonia durante la cual se quitará la vida abriéndose el estómago al tiempo que otro samurái lo decapitará. Solicita también poder contar la historia que le ha llevado a tomar tan trágica decisión. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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14 de octubre de 2007
194 de 211 usuarios han encontrado esta crítica útil
Siglo XVII. El clan de Geishu ha caído y sus 12.000 guerreros con él, situación que conduce a muchos de ellos a la miseria y a pedir limosna al Castillo de Iyi con el pretexto de querer hacer el ritual del harakiri. Pero habrá un hombre cuya historia nunca olvidarán en ese castillo.

No soy muy aficionada al cine de samurais en general, de hecho esta es la primera película que veo del género. Y qué gran debut el mío. Ahora entiendo la atmósfera que rodea a las obras maestras, que son sencillamente las que no entienden ni de épocas ni de géneros, cuya fama no tiene deudas con el marketing porque es un recurso propio en sí misma.

Les lanzo una pregunta, ¿qué es el HONOR? Tómense tiempo para pensar. En esta película se desenmascara todo ese sucio entramado de mentiras y superfluidad que engendra la salvaguardia del honor y la dignidad, ya no de los mismos samurais sino de cualquier persona. ¿Es un guerrero menos honorable por mendigar para salvar a su familia de la extrema pobreza y la muerte? Se derrumban así los pilares entre los hombres, donde en esencia ninguno vale más que otro, donde son víctimas y esclavos de sus propias reglas.

Una idea simple que abarca un todo demasiado delicado enemigo de las evasivas. La realidad es así -te susurra- aunque finjas no verme estoy aquí, y he venido para quedarme y atormentarte el resto de tu jodida vida. Pero esto sólo lo vive quien no tiene nada, quien ya sólo ve banalidad en las formalidades porque las formalidades lo han llevado a la perdición. ¿Qué importa entonces el orgullo? Es realmente interesante las personalidades opuestas de los protagonistas; uno cae en la deshonra de la condición de samurai y viola el Bushido por su familia y el otro, contra viento y marea, se mantiene en sus trece, admirando la hazaña del anterior que para los demás es una bajeza y llegando a despreciarse a sí mismo por su vanagloria.

La mezcla de acción, drama y algo de suspense resurge como el néctar de los dioses, haciéndonos sentir dichosos de lo que estamos presenciando. Planos bruscos, sangre, altivez, deshumanidad en un escenario prácticamente teatral. Explosiva. Es más que una historia de guerreros.

Quiero dar las gracias a Kobayashi por esta película. Gracias por lo que he aprendido sobre la cultura samurai. Gracias por su lección moral. Gracias por mantenerme ojo avizor todo el film. Gracias por transmitirme dolor, sufrimiento y angustia. Gracias porque seguro que ahora cada noche valoraré tener una familia y una cama donde poder soñar.
Una_de_ellos
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14 de octubre de 2007
65 de 75 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hace unas horas me acerqué a esta cinta de Masaki Kobayashi en compañía de una de mis almas gemelas en esta página y en la vida. Mientras nos acomodábamos en el sofá y paladeábamos los snacks de turno hacíamos cábalas sobre qué nos encontraríamos una vez estuviese en marcha el reproductor de DVD; sin duda una cosa teníamos clara, la película olía claramente a cine clásico japonés de samuráis y abordaba el tema del Harakiri.

Títulos de crédito; sobrios, casi minimalistas, con una música también mínima se nos sitúa en el año 1630 en Japón; es época de paz y los samuráis deambulan por las calles sin trabajo y sin esperanzas de prosperidad, para ellos la esperanza solo es concebible en tiempos de guerra, ya que ningún clan necesita soldados en tiempos de paz y ellos solo sirven para la lucha.

Es en ese contexto cuando aparece en pantalla el honorable Tsugumo Hanshiro (interpretado por un portentoso Tatsuya Nakadai); un Ronin que, desesperado ya de una vida abocada a la miseria pide en la casa de uno de los clanes más respetados del país los favores necesarios para practicar honorablemente la ceremonia del Harakiri (una de las partes clave del código samurai o Bushido también llamada Seppuku que consiste en morir abriéndote las entrañas con tu propio hierro).

De ese punto tan aparentemente simple parte una soberbia historia que mediante un registro casi teatral y con un guión MAESTRO se permite criticar y poner en cuestión el tan mitificado código de honor de los samuráis y los valores tradicionales del Japón del imperialismo. Kobayashi se permite ir a contracorriente y de paso nos conmueve con una historia llena de fatalismo, tristeza y miseria; pero también de vida, de honor y de orgullo... la historia de Tsugumo.

"Escuchad las palabras de un hombre que guía sus pasos hacia el más allá, pues seguro que aprenderéis mucho de su sabiduría"...

Y mientras todos esperaban a que llegase el padrino que debía ayudar al desesperado Ronin en el ritual, escucharon. Y nosotros en nuestro sofá también escuchamos, y nos conmovimos, y nos indignamos, y vibramos al ver su lucha, y nos sentimos orgullosos de él, y sentimos asco del que no comprende la miseria del prójimo y la condena; y disfrutamos como nunca de esta obra maestra...

Gracias Kobayashi por brindarnos una obra tan grande como crítica y desmitificadora, gracias Inma por descubrírmela a mí.

Cine en mayúsculas, ineludible.

¡¡A disfrutarla!!


PD: Resulta curioso pensar que irónicamente todos se califiquen como honorables a la hora de hacerse referencia...
HEIFER
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11 de febrero de 2010
55 de 66 usuarios han encontrado esta crítica útil
Nunca he sido un gran aficionado al cine japonés. Y menos, al de samuráis. Pero después de ver “Harakiri” debo reconocer que mi nivel de apreciación respecto al cine nipón ha cambiado. Para bien, por supuesto. Yo diría, incluso, que la peli de Kobayashi puede llegar a significar -perfectamente- un punto de inflexión trascendental en mi carrera cinéfila. Un punto de inflexión que, con toda certeza, me impulsará a retomar esa fascinante senda del cine oriental que un buen día -vete a saber por qué extraña razón- quedó repentinamente interrumpida hasta que sensei Kobayashi irrumpió en ella y me conminó a proseguirla merced a una de las pelis más imponentes que he visto en mi vida.

Huelga decir, por consiguiente, que “Harakiri” me ha gustado. Y mucho. Huelga decirlo porque quien no sepa disfrutar como un energúmeno ante una historia tan bien contada, ante un ejercicio de estilo tan impecable y elegante, es que tiene un serio problema de criterio cinéfilo. Un problema que afortunadamente no padezco y que no me ha impedido quedarme más de dos horas pegadito al sofá -conteniendo la respiración casi- para no perderme un ápice de la historia. Para no desperdiciar un solo fotograma. Para empaparme completamente de una peli en la que su parsimonioso tempo no hace más que incrementar la tensión, intensificar el contenido dramático y grabar a fuego lento en el espectador una de las embestidas más contundentes a los sagrados y tradicionales códigos de honor japoneses jamás vistas en una gran pantalla.

Absolutamente recomendable, pues, a todo el mundo. A to-do el mun-do. Pero en especial, a los que crean que el cine japonés acaba en Kurosawa, Mizoguchi y Ozu; a los que quieran saber qué diferencia hay entre un harakiri y un seppuku y, en general, a todos los que quieran averiguar de una puñetera vez qué es una película redonda. A mi me funcionó.

(A Entrañable)
Taylor
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30 de octubre de 2008
53 de 67 usuarios han encontrado esta crítica útil
1630. Algo más de dos siglos faltaban para que fueran abolidos oficialmente los samuráis, pero como todo ocaso que se precie, el declive acontece poco a poco. Y cuando llega el momento, no queda nada de lo que fue. Todo parece un sueño, algo lejano que el murmullo del viento se llevó de nuestro lado.

Aparecen entonces las historias. Los cuentos a la luz de la luna. Las leyendas.
De vez en cuando, aparecen personas reales, que te narran estas leyendas.

Samuráis sin códigos. Samuráis en el Ocaso. Buceando en el más allá.

Hoy alguien me ha susurrado a la luz de la luna…


Tensa un arco hasta su límite y pronto se romperá;
Afila una espada al máximo y pronto estará mellada;
Amasa el mayor tesoro y pronto lo robarán;
Exige créditos y honores y pronto caerás;
Retirarse una vez la meta ha sido alcanzada es el camino de la Naturaleza.
(Lao Tse).
Chagolate con churros
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3 de abril de 2012
44 de 50 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sales a la calle y allí están: edificios de ladrillo, vidrio y acero, que alguien construyó, en los que probablemente ni has pensado las mil y una veces que has pasado por delante de ellos, ni te has preguntado si eran buenos o malos, si se podrían mejorar; si, por lo contrario, son tan geniales que tú, ni aun estudiando durante cien años, serías capaz de emularlos. Lo máximo que has dicho de ellos es “quedamos a las tres, en ese bar tan bonito”, o “tan feo”, o “en la biblioteca tan grande”, “tan pequeña”, o “tan cómoda”, o “en la biblioteca de la esquina”, sin más.

Entras en el cine y allí están: actores hablando, moviéndose, siguiendo una pauta que llamamos guión, iluminados por un foco o dos o por el sol, pero en el fondo nunca has pensado en ello, ni en si cortando el plano tres décimas antes la escena sería mejor, si esa luz es la adecuada o no lo es; si ese actor, con esa luz y esa disposición de todos los elementos ante la cámara consigue algo. Lo máximo que llegas a decir es “qué peli tan chula, es mejor que la novela”, o “me ha llegado, Citranito está muy bien”, o “qué bodrio, es infame, no vayáis a verla”.

Todo cambia cuando dejas de ser espectador y te conviertes en artífice, y de golpe te das de lleno con las líneas, la composición, la tectónica, la orientación, el equilibrio asimétrico, el confort, los presupuestos y sobre todo, la terrible concreción del dibujo, que no miente, que revela de un plumazo todos sus errores o lagunas ante una mente entrenada, y que no te permite fallar. La cosa en sí misma es así, y no de otra forma.

En efecto, todo cambia cuando coges la cámara y diriges al actor y colocas el foco y luego ves lo que has rodado y sientes que no está. Que le falta algo a esa mirada, a esa frase, que todo es falso, impostado, o inexpresivo, o que el tono es inadecuado. Que la sensación producida en la primera transición debería ser otra, y vuelves a la cámara y al foco y al actor y lo repites hasta que esté exactamente como debe estar, y no de otra forma.

El miedo se produce cuando concretar algo es enormemente difícil.

Mis máximos respetos para el maestro Kobayashi, que decidió que esa era la luz y esa la duración, que ese era el encuadre de los primeros planos, y el ritmo de los combates, que esa era la intensidad de las miradas, y ese el desenlace, que tuvo la autoexigencia y el talento necesarios para llegar a ese resultado final, y no a otro, que decidió que esta película tenía que ser así, y no de otra forma.
Tomine
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