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La gran belleza

7,5
13.347
votos
Sinopsis
En Roma, durante el verano, nobles decadentes, arribistas, políticos, criminales de altos vuelos, periodistas, actores, prelados, artistas e intelectuales tejen una trama de relaciones inconsistentes que se desarrollan en fastuosos palacios y villas. El centro de todas las reuniones es Jep Gambardella (Toni Servillo), un escritor de 65 años que escribió un solo libro y practica el periodismo. Dominado por la indolencia y el hastío, ... [+]
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user-icon Talamasca   http://cinemaadhoc.info/ (España)
Excelente
1 de Junio de 2013
165 de 197 usuarios han encontrado esta crítica útil
El insoportable peso de la vejez, la corrupta pátina que otorga el tiempo, la vida resistiéndose a sucumbir ante la llegada de la decadencia, Peter Pans refugiados en temas de Rafaella Carrá e inyecciones de bótox, desertores del reino de las sombras fingiendo felicidad en decrépitos banquetes, el cinismo, la muerte. La grande bellezza no es sólo un brillante ejercicio formal por parte de su director, el napolitano Paolo Sorrentino, también es un retrato, a veces mordaz, a veces henchido de belleza, de una ciudad y sus gentes, de una Roma que niega su agonía buscando en la gloria de su pasado un antídoto a lo efímero del presente, la Roma del Panteón de Agripa y de la Capilla Sixtina, sí, pero también la Roma de las tetas operadas y de Berlusconi, esa Roma entre dos mundos que se mezclan en la figura de Jep Gambardella (excelente Toni Servillio) cronista, bebedor, atesorador de recuerdos, re dei mondani, con su terraza de fiesta perpetua colgada sobre el Coliseo, toda una metáfora de lo que pretende el film. Un film que quizás por esa necesidad de redención a través de lo artístico construye las imágenes más bellas de Roma nunca vistas en cinta alguna.

Sorrentino construye su edificio cinematográfico de la misma manera que lo hacía con el de Il divo, biografía fragmentada de ese oscuro personaje (¿acaso alguien no lo es en la política italiana?) llamado Giulio Andreotti, un collage de recuerdos e impresiones que huye del relato lineal, del camino trillado por el biopic al uso. Y es que el cine del director trasalpino parece responder a la lógica misma del proceso mental, al modo en como nos persiguen nuestros recuerdos: es, en definitiva, tan caprichoso y tan poco sometido a la lógica como éste. Habrá pues quien acuse (y de hecho lo hace) a su cine de cierta intermitencia e irregularidad, de ser caótico en su estructura sin tener en cuenta que dicho caos forma parte de la esencia misma de su estilo, que es una elección consciente por parte del autor. Sí, Sorrentino es napolitano y en su cine palpita la vorágine y el desenfreno de la metrópoli del sur.

Dicho todo esto resulta en parte comprensible que el Jurado de Cannes 2013 se olvidara de mencionar La grande bellezza entre los galardonados, de incluir su nombre en el Palmarés. La del italiano resulta quizás una apuesta demasiado arriesgada en su arrebatadas formas, en su desinterés por la narrativa tradicional. Algo que, por cierto, compartía con otra de las películas que más polémica y opiniones encontradas causó en su paso por el Palais de festivals, la muy radical Only God forgives. Ambas fueron obviadas por otros relatos más convencionales en su sintaxis narrativa (los riesgos de La vie d’Adele van por otros lados) en lo que supuso una decisión coherente por parte de Spielberg y compañía aunque algo conservadora a nuestro entender. Esto nos llevó a plantearnos si debíamos recomendar el film de Sorrentino universalmente aún siendo nuestro favorito de esta edición del Festival, la respuesta es un absoluto sí. Sí porque creemos en el poder de fascinación que emana de sus imágenes, sí porque entendemos que forma y contenido alcanzan una conjunción sobresaliente, sí porque pensamos que muchos de los que nos leen sienten, como nosotros, la necesidad de comulgar con un código visual dotado de un valor propio, sí finalmente porque consideramos la osadía y el riesgo como una virtud universal. No sabemos si en el ilegible mapa de la distribución nacional La grande bellezza tiene su espacio reservado pero por el sagrado enlace de las Mamachicho y Miguel Ángel que vamos a reclamarlo, son ustedes testigos.
Talamasca
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user-icon Redeker   Como una (Cuba)
Excelente
9 de Diciembre de 2013
143 de 167 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Tal vez sea eso lo que buscamos a lo largo de la vida: la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir". No es esta la cita de apertura de la película, pero es otra muestra del espíritu 'céliniano' que contiene.

Gep, al igual que Bardamu, ha viajado por entero dentro de sí mismo, y se ha rasgado sus entrañas: ha llegado al 'fin de la noche', de ahí los hombres no regresan.

140 minutos para que veamos lo que él ha visto.

La escena de la fiesta inicial recuerda a la de Harmony Korine en 'Spring breakers'. Un muestrario de elegantes monstruos. Suena una canción y todos comienzan a bailar de forma totalmente acompasada, en dos hileras simétricas. Una figura deja la formación y se coloca en medio. 'Yo estaba destinado a la sensibilidad' nos dice, con gesto de desapasionamiento, ajeno al tumulto, incapaz ya de seguir la marcha banal y despreocupada con la que parece moverse el mundo. Aquí hay alguien que se ha cansado de seguir la corriente.

¡Roma es una constante fiesta falsa! Personajes rotos, mediocres, engañados, presuntuosos, bobos, de moral raquítica, de hueca incontinencia verbal... todos guarecidos durante el día, recomponiendo sus pedazos con cola, para luego desparramarse y volver a partirse en pedazos en las noches de la ciudad. Dice Gep, señalándoles, '¿sabes por qué no escribo? Ésta es mi realidad. ¿Qué podría escribir sobre esto?'. La noche festiva queda retratada como una terrible agrupación de fantasmas, que corren para reunirse y abandonarse entre esa multitud anónima que les hace olvidar que existen.

“Las ciudades son libros que leen los pies”, decía Borges. Gep, pues, ya terminó de leer Roma. Su historia clásica y sus petimetres artistas reivindicativos, la Capilla Sixtina y el bótox. Roma acaba siendo como el París de Henry Miller ... 'un lugar por el que todos quieren pasar, pero donde nadie desea quedarse'. La ciudad es un estado de ánimo, el ánimo del que observa. Y se acaba. Se conquista relativamente pronto. Como se intuía de Pessoa en El libro del desasosiego, la ciudad puede ser exótica, estimulante o mágica; pero los ojos que la observan pueden estar ya cansados.

La monja, una momia desdentada que se mueve con la lentitud de una iguana, de piel de manzana seca y agrietada, es una de las pocas cosas bellas que vemos. Ella 'se ha casado con la pobreza, y la pobreza no se cuenta, se vive'. Su viaje interior es distinto al de Gep. Ella se dirige hacia Cristo, por unas escaleras empinadas, sin hablar, mientras una panda de personajes pusilánimes alaban su virtud como se ojea un bonito escaparate.

Las aves. Migran; en la medida que pueden, ajenas al hombre. Mientras el ser humano da vueltas en círculo, la naturaleza parece seguir un progreso libre de imposturas. La monja les sopla y éstas vuelan por el cielo de Roma. Están por encima de nosotros.

¡Y el amor! Gep recuerda su amor de juventud, su sommaren med Monika. Lo comenta con uno de sus amigos con complejo de Peter Pan, recolector de amores platónicos. Una luna, un mar, una mujer bella... La nostalgia es un refugio, a la vez placentero y doloroso... como dicen a lo largo de la película... ¿quién no podría ser nostálgico, teniendo tan poca fe en el futuro?

Esta película me ha emocionado profundamente. Hay un aire a resignación que me ha recordado a mi amada 'El fuego fatuo', pero con color. El mundo no es bello, pero es retratado con belleza: si hay algo bueno en la vida, ha de estar por fuerza en el mundo. Sorrentino me ha hablado en esta película de lo díficil que es encontrar la gran belleza en el mundo, y, paradójicamente, me la ha estado mostrando durante 140 minutos.

Gracias.
Redeker
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user-icon antonalva   Madrid (España)
Interesante
7 de Diciembre de 2013
81 de 104 usuarios han encontrado esta crítica útil
El comienzo (de hecho, la primera hora y pico) es un arrollador poema visual, oda a la belleza de una ciudad inigualable y homenaje a todas las apologías de esa ciudad eterna que la han precedido en el cine. Es un retrato magnífico y arrollador, lleno de vértigo y locura, entre el ridículo y lo felliniano. Pero luego la película se dispersa, disgrega, repite y acaba por dejar indiferente pese a tan espectacular comienzo.

También es un canto – como “Ciudadano Kane” – a lo que se perdió y que nos impide, de alguna forma, alcanzar una vida plena y satisfactoria, dejándonos deslizar por la pendiente de un lento deterioro anímico y espiritual que parece no tener fin. Esta espiral de nostalgia y pérdida ilumina, a ráfagas, a destellos, toda la cinta, pero acaba un poco sepultada entre tanto oropel y tanta virguería estéril, siendo más un bosquejo de lo que pude ser y no fue… como la vida misma de su protagonista.

La belleza y originalidad de las imágenes es incuestionable, el tono premioso es voluntario y retrata con valentía el lento ocaso de una vida ociosa echada a perder pese al talento inicialmente mostrado… pero el conjunto deja entrever una película que pudo ser y no es, quizás por un exceso de indulgencia, por una falta de autocrítica, por una falta de límite, muy acorde con los temas que aborda la cinta. Pero el conjunto resulta insatisfactorio pese a sus muchas virtudes y su radiante factura: hay demasiado y la desmesura cansa, aun cuando se reconozca cierta originalidad y varios logros.

Bella, torrencial y melancólica… deja un regusto amargo y cierto poso de insatisfacción.
antonalva
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user-icon Francesca   Madrid (España)
Pasable
6 de Enero de 2014
60 de 79 usuarios han encontrado esta crítica útil
Constrasta la gran riqueza visual con la enorme pobreza espiritual de los personajes retratados. “Soy rica”, dice una de las mujeres a la pregunta de Jep sobre qué hace en la vida. Y así es, vive la vida sin preocupaciones y sin sustancia más que ella misma; se dedica de hecho a hacer fotos de ella que cuelga en Internet y que recibe buenos comentarios de sus “amigos de Facebook”.

Jep está cansado de este mundo, pero a la vez no sabe, no quiere salir de él. Queda entonces el cinismo, esa venganza irónica que nos tomamos sobre las cosas que no queremos en el fondo eliminar.

La primera parte (digamos, la primera hora y media) cautiva por la fotografía, esa luz ocre y cálida que baña los edificios y monumentos de la Ciudad Eterna. Los restantes 60-70 minutos sobran, pues resultan una repetición de lo anterior: fiestas, happenings, tugurios y diálogos huecos sobre la vida. Ciertamente, este es el tema de la película (la vacuidad, cierta nostalgia, la desidia, la pereza, la lujuria…), pero no se puede hacer una historia sobre el aburrimiento aburriendo a la gente. En realidad, ese es el dilema de Jep, a quien le gustaría escribir un libro sobre la nada, ¿pero cómo hacer algo con la nada si nada es? Nada mejor que revestir esa nada con ricos ropajes, a modo de lo que hacen los personajes de esta curiosa fauna.

Sin embargo, el exceso de oropeles mostrado satura y no aportan nada más a la narración, demasiado lineal y carente de frescura. Es decir, la vacuidad acaba siendo atribuible tanto a los personajes descritos, como al film mismo. ¿Adónde nos quiere llevar?

La narración se basa de hecho en un barrido de la ciudad y sus gentes, o mejor dicho, algunas de sus gentes, una clase que vive en otro mundo, siempre en terrazas (arriba) o en sótanos (algunos de los locales), pero nunca a pie de calle, con la gente “normal”. Gente que deambula por la noche, por “su” noche, pues al igual que los nobles que se alquilan a sí mismos para asistir a fiestas, el resto de los personajes vive en ese microcosmos que ha creado y del que no quieren/saben salir.

Vienen a la mente varios paralelismos en el cine: Amarcord, Casanova… por su lado excesivo; también de Fellini La dolce vita, por el personaje central, también un periodista, pero en este caso, al final de su carrera. El vientre del arquitecto (Peter Greenaway), que deja su impronta en imágenes bellas y rebuscadas.

Así con todo, deja un regusto de amarga melancolía, como si sintiéramos pena de tanto desperdicio de vidas inútiles.
(SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama) Ver todo
Francesca
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user-icon Maldito Bastardo   Raccoon City (Estados Unidos)
Notable
3 de Enero de 2014
38 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil
He aquí la historia del autor atrapado, de aquel que desea olvidarse del pasado y queda encerado en esa tela de araña que conforma el recuerdo. De aquel que trata de ser el cronista de la Ciudad Eterna y acercarse como si fuera la primera vez a los monumentos que la componen… pero queda confinado en sus propios recuerdos. Ya sea el primer amor, ya sea Fellini, ya sea por adentrarse en la dicotomía de lo sagrado y lo profano. Es normal que “La gran belleza” lleve la etiqueta (que no título) de ser “La dolce vita” del Siglo XXI pero considero que Paolo Sorrentino da la impresión de establecer un diálogo entre Marcello Rubini y Guido Anselmi en la figura de Jep Gambardella, en traer la melancolía y sus anécdotas personales para sacar a relucir la nostalgia que habita en el cinismo y el la crónica de lo mundano. Pero, aparte del recuerdo y la obsesión por el sentido de la vida entre una lluvia de fugaces planos en constante movimiento, brota la espiritualidad avocada a la ironía en toda esa puesta en escena religiosa. Como si las monjas, cardenales y santas fueran en sí mismas una evolución en las preguntas más profundas que se plantea el personaje principal. Y el fondo es el gran escenario: Roma, la belleza, la gran belleza… sobre la que tratan de amoldarse sus terrenales habitantes. Aquella belleza que permanece imperturbable y silenciosa, testigo de las oportunidades perdidas durante las generaciones desde que fue alzada.

Y en ese punto es un escritor decepcionado por su vida aquel que descompone su deprimente entorno carnal sobre otro eterno muerto de fondo pero, al mismo tiempo, con más vida por ser una constante sobre esos entes variables. El choque de esa miseria humana respecto a la inalterable e inamovible belleza forma parte de ese ‘aparato humano’ y extasiada burguesía que se esconde en la mascarada de la orgiástica y hedonista fiesta para evitar enfrentarse a sí misma, a su vejez y al recuerdo de una biografía cada vez más condenada a ser una simple hoja en blanco. Todo el teatro vital que conforma “La gran belleza” queda empequeñecido por el conflicto de la vulgaridad latente y de una ciudad que, en realidad, parece distanciada de sus propios habitantes. Es la chispa de ese primer amor la única luz entre esa oscuridad que viene y va, como las olas de un mar malogrado de falsa eternidad. De un sueño inexistente sobre la cabeza del autor que ha sido devastado por su propia insolencia, por ese mundo repleto de fama, dinero, mujeres, fiestas y drogas para rellenar un vacio inabarcable.

El viaje a la imaginación que propone Sorrentino abarca desde la desilusión a la fatiga dentro de ese final que ejerce la muerte, el fin del camino y experiencia. Pero, antes, Jep Gambardella se replantea su vida… bajo esa membrana que palpita por el ruido y los murmullos, por los sentimientos y el silencio, iluminados por la belleza frente a la miserable observación. Porque más allá, efectivamente, está el más allá… nos recuerda en sus líneas finales el propio Gambardella, como parte de una crónica de un circo de excéntricos y de la vida como truco por encima del sueño. Y desde la cita de apertura de Louis-Ferdinand Céline la ilusión se torna en un viaje del día a la noche, en el que la propia película se convierte en monumento y el espectador en un turista que aprecia la (gran) belleza de la obra con vocación de ser eterna y productor de interminables infartos y desvanecimientos.
Maldito Bastardo
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