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La gran belleza

7,4
24.809
votos
Sinopsis
En Roma, durante el verano, nobles decadentes, arribistas, políticos, criminales de altos vuelos, periodistas, actores, prelados, artistas e intelectuales tejen una trama de relaciones inconsistentes que se desarrollan en fastuosos palacios y villas. El centro de todas las reuniones es Jep Gambardella (Toni Servillo), un escritor de 65 años que escribió un solo libro y practica el periodismo. Dominado por la indolencia y el hastío, ... [+]
Críticas ordenadas por:
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1 de junio de 2013
202 de 250 usuarios han encontrado esta crítica útil
El insoportable peso de la vejez, la corrupta pátina que otorga el tiempo, la vida resistiéndose a sucumbir ante la llegada de la decadencia, Peter Pans refugiados en temas de Rafaella Carrá e inyecciones de bótox, desertores del reino de las sombras fingiendo felicidad en decrépitos banquetes, el cinismo, la muerte. La grande bellezza no es sólo un brillante ejercicio formal por parte de su director, el napolitano Paolo Sorrentino, también es un retrato, a veces mordaz, a veces henchido de belleza, de una ciudad y sus gentes, de una Roma que niega su agonía buscando en la gloria de su pasado un antídoto a lo efímero del presente, la Roma del Panteón de Agripa y de la Capilla Sixtina, sí, pero también la Roma de las tetas operadas y de Berlusconi, esa Roma entre dos mundos que se mezclan en la figura de Jep Gambardella (excelente Toni Servillio) cronista, bebedor, atesorador de recuerdos, re dei mondani, con su terraza de fiesta perpetua colgada sobre el Coliseo, toda una metáfora de lo que pretende el film. Un film que quizás por esa necesidad de redención a través de lo artístico construye las imágenes más bellas de Roma nunca vistas en cinta alguna.

Sorrentino construye su edificio cinematográfico de la misma manera que lo hacía con el de Il divo, biografía fragmentada de ese oscuro personaje (¿acaso alguien no lo es en la política italiana?) llamado Giulio Andreotti, un collage de recuerdos e impresiones que huye del relato lineal, del camino trillado por el biopic al uso. Y es que el cine del director trasalpino parece responder a la lógica misma del proceso mental, al modo en como nos persiguen nuestros recuerdos: es, en definitiva, tan caprichoso y tan poco sometido a la lógica como éste. Habrá pues quien acuse (y de hecho lo hace) a su cine de cierta intermitencia e irregularidad, de ser caótico en su estructura sin tener en cuenta que dicho caos forma parte de la esencia misma de su estilo, que es una elección consciente por parte del autor. Sí, Sorrentino es napolitano y en su cine palpita la vorágine y el desenfreno de la metrópoli del sur.

Dicho todo esto resulta en parte comprensible que el Jurado de Cannes 2013 se olvidara de mencionar La grande bellezza entre los galardonados, de incluir su nombre en el Palmarés. La del italiano resulta quizás una apuesta demasiado arriesgada en su arrebatadas formas, en su desinterés por la narrativa tradicional. Algo que, por cierto, compartía con otra de las películas que más polémica y opiniones encontradas causó en su paso por el Palais de festivals, la muy radical Only God forgives. Ambas fueron obviadas por otros relatos más convencionales en su sintaxis narrativa (los riesgos de La vie d’Adele van por otros lados) en lo que supuso una decisión coherente por parte de Spielberg y compañía aunque algo conservadora a nuestro entender. Esto nos llevó a plantearnos si debíamos recomendar el film de Sorrentino universalmente aún siendo nuestro favorito de esta edición del Festival, la respuesta es un absoluto sí. Sí porque creemos en el poder de fascinación que emana de sus imágenes, sí porque entendemos que forma y contenido alcanzan una conjunción sobresaliente, sí porque pensamos que muchos de los que nos leen sienten, como nosotros, la necesidad de comulgar con un código visual dotado de un valor propio, sí finalmente porque consideramos la osadía y el riesgo como una virtud universal. No sabemos si en el ilegible mapa de la distribución nacional La grande bellezza tiene su espacio reservado pero por el sagrado enlace de las Mamachicho y Miguel Ángel que vamos a reclamarlo, son ustedes testigos.
Talamasca
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7 de diciembre de 2013
124 de 162 usuarios han encontrado esta crítica útil
El comienzo (de hecho, la primera hora y pico) es un arrollador poema visual, oda a la belleza de una ciudad inigualable y homenaje a todas las apologías de esa ciudad eterna que la han precedido en el cine. Es un retrato magnífico y arrollador, lleno de vértigo y locura, entre el ridículo y lo felliniano. Pero luego la película se dispersa, disgrega, repite y acaba por dejar indiferente pese a tan espectacular comienzo.

También es un canto – como “Ciudadano Kane” – a lo que se perdió y que nos impide, de alguna forma, alcanzar una vida plena y satisfactoria, dejándonos deslizar por la pendiente de un lento deterioro anímico y espiritual que parece no tener fin. Esta espiral de nostalgia y pérdida ilumina, a ráfagas, a destellos, toda la cinta, pero acaba un poco sepultada entre tanto oropel y tanta virguería estéril, siendo más un bosquejo de lo que pude ser y no fue… como la vida misma de su protagonista.

La belleza y originalidad de las imágenes es incuestionable, el tono premioso es voluntario y retrata con valentía el lento ocaso de una vida ociosa echada a perder pese al talento inicialmente mostrado… pero el conjunto deja entrever una película que pudo ser y no es, quizás por un exceso de indulgencia, por una falta de autocrítica, por una falta de límite, muy acorde con los temas que aborda la cinta. Pero el conjunto resulta insatisfactorio pese a sus muchas virtudes y su radiante factura: hay demasiado y la desmesura cansa, aun cuando se reconozca cierta originalidad y varios logros.

Bella, torrencial y melancólica… deja un regusto amargo y cierto poso de insatisfacción.
antonalva
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6 de enero de 2014
105 de 138 usuarios han encontrado esta crítica útil
Constrasta la gran riqueza visual con la enorme pobreza espiritual de los personajes retratados. “Soy rica”, dice una de las mujeres a la pregunta de Jep sobre qué hace en la vida. Y así es, vive la vida sin preocupaciones y sin sustancia más que ella misma; se dedica de hecho a hacer fotos de ella que cuelga en Internet y que recibe buenos comentarios de sus “amigos de Facebook”.

Jep está cansado de este mundo, pero a la vez no sabe, no quiere salir de él. Queda entonces el cinismo, esa venganza irónica que nos tomamos sobre las cosas que no queremos en el fondo eliminar.

La primera parte (digamos, la primera hora y media) cautiva por la fotografía, esa luz ocre y cálida que baña los edificios y monumentos de la Ciudad Eterna. Los restantes 60-70 minutos sobran, pues resultan una repetición de lo anterior: fiestas, happenings, tugurios y diálogos huecos sobre la vida. Ciertamente, este es el tema de la película (la vacuidad, cierta nostalgia, la desidia, la pereza, la lujuria…), pero no se puede hacer una historia sobre el aburrimiento aburriendo a la gente. En realidad, ese es el dilema de Jep, a quien le gustaría escribir un libro sobre la nada, ¿pero cómo hacer algo con la nada si nada es? Nada mejor que revestir esa nada con ricos ropajes, a modo de lo que hacen los personajes de esta curiosa fauna.

Sin embargo, el exceso de oropeles mostrado satura y no aportan nada más a la narración, demasiado lineal y carente de frescura. Es decir, la vacuidad acaba siendo atribuible tanto a los personajes descritos, como al film mismo. ¿Adónde nos quiere llevar?

La narración se basa de hecho en un barrido de la ciudad y sus gentes, o mejor dicho, algunas de sus gentes, una clase que vive en otro mundo, siempre en terrazas (arriba) o en sótanos (algunos de los locales), pero nunca a pie de calle, con la gente “normal”. Gente que deambula por la noche, por “su” noche, pues al igual que los nobles que se alquilan a sí mismos para asistir a fiestas, el resto de los personajes vive en ese microcosmos que ha creado y del que no quieren/saben salir.

Vienen a la mente varios paralelismos en el cine: Amarcord, Casanova… por su lado excesivo; también de Fellini La dolce vita, por el personaje central, también un periodista, pero en este caso, al final de su carrera. El vientre del arquitecto (Peter Greenaway), que deja su impronta en imágenes bellas y rebuscadas.

Así con todo, deja un regusto de amarga melancolía, como si sintiéramos pena de tanto desperdicio de vidas inútiles.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Francesca
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3 de enero de 2014
50 de 68 usuarios han encontrado esta crítica útil
He aquí la historia del autor atrapado, de aquel que desea olvidarse del pasado y queda encerado en esa tela de araña que conforma el recuerdo. De aquel que trata de ser el cronista de la Ciudad Eterna y acercarse como si fuera la primera vez a los monumentos que la componen… pero queda confinado en sus propios recuerdos. Ya sea el primer amor, ya sea Fellini, ya sea por adentrarse en la dicotomía de lo sagrado y lo profano. Es normal que “La gran belleza” lleve la etiqueta (que no título) de ser “La dolce vita” del Siglo XXI pero considero que Paolo Sorrentino da la impresión de establecer un diálogo entre Marcello Rubini y Guido Anselmi en la figura de Jep Gambardella, en traer la melancolía y sus anécdotas personales para sacar a relucir la nostalgia que habita en el cinismo y el la crónica de lo mundano. Pero, aparte del recuerdo y la obsesión por el sentido de la vida entre una lluvia de fugaces planos en constante movimiento, brota la espiritualidad avocada a la ironía en toda esa puesta en escena religiosa. Como si las monjas, cardenales y santas fueran en sí mismas una evolución en las preguntas más profundas que se plantea el personaje principal. Y el fondo es el gran escenario: Roma, la belleza, la gran belleza… sobre la que tratan de amoldarse sus terrenales habitantes. Aquella belleza que permanece imperturbable y silenciosa, testigo de las oportunidades perdidas durante las generaciones desde que fue alzada.

Y en ese punto es un escritor decepcionado por su vida aquel que descompone su deprimente entorno carnal sobre otro eterno muerto de fondo pero, al mismo tiempo, con más vida por ser una constante sobre esos entes variables. El choque de esa miseria humana respecto a la inalterable e inamovible belleza forma parte de ese ‘aparato humano’ y extasiada burguesía que se esconde en la mascarada de la orgiástica y hedonista fiesta para evitar enfrentarse a sí misma, a su vejez y al recuerdo de una biografía cada vez más condenada a ser una simple hoja en blanco. Todo el teatro vital que conforma “La gran belleza” queda empequeñecido por el conflicto de la vulgaridad latente y de una ciudad que, en realidad, parece distanciada de sus propios habitantes. Es la chispa de ese primer amor la única luz entre esa oscuridad que viene y va, como las olas de un mar malogrado de falsa eternidad. De un sueño inexistente sobre la cabeza del autor que ha sido devastado por su propia insolencia, por ese mundo repleto de fama, dinero, mujeres, fiestas y drogas para rellenar un vacio inabarcable.

El viaje a la imaginación que propone Sorrentino abarca desde la desilusión a la fatiga dentro de ese final que ejerce la muerte, el fin del camino y experiencia. Pero, antes, Jep Gambardella se replantea su vida… bajo esa membrana que palpita por el ruido y los murmullos, por los sentimientos y el silencio, iluminados por la belleza frente a la miserable observación. Porque más allá, efectivamente, está el más allá… nos recuerda en sus líneas finales el propio Gambardella, como parte de una crónica de un circo de excéntricos y de la vida como truco por encima del sueño. Y desde la cita de apertura de Louis-Ferdinand Céline la ilusión se torna en un viaje del día a la noche, en el que la propia película se convierte en monumento y el espectador en un turista que aprecia la (gran) belleza de la obra con vocación de ser eterna y productor de interminables infartos y desvanecimientos.
Maldito Bastardo
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13 de diciembre de 2013
36 de 43 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dirigida por Paolo Sorrentino, “La gran belleza” es con toda seguridad una de las mejores películas del año 2013. Una obra que rescata aquel cine italiano clásico, extraño, fellinesco y magistral. Son muchas las virtudes de esta obra, que profundiza con éxito en temas complejos como la vida, las apariencias, la nostalgia, los recuerdos y logra transportarnos, como espectador, a un estado de hipnosis profundo, principalmente por la belleza de sus imágenes y la fuerza sutil de su guión.

Una historia que contrasta el pasado con el presente en todo ámbito de cosas. El protagonista, dueño de una vida acomodada y fácil en lo material, pero carente de sentido y motivaciones en lo espiritual. Es un escritor que busca respuesta en personas y lugares equivocados. Dueño de una vida que trata de conectar el pasado, sus raíces, con el presente y más importante aún, con su futuro. “La gran belleza” combina, además, un guión que es rico en detalles y buenos diálogos con una dirección que resulta extraña, pero efectiva para sumergir al espectador en un cúmulo de emociones, donde la nostalgia es el invitado de honor.

En cuanto a lo visual, el director aprovecha al máximo la ciudad eterna, para rodar escenas increíbles y memorables, aprovechando el espacio en cada momento. Ese aprovechamiento se refleja en el contraste entre lo moderno y lo antiguo o clásico. La niña pintando un cuadro abstracto con muchos colores, contrapuesto a ese recorrido por la Roma eterna, abundante en esculturas y pinturas de los grandes maestros de las artes. La música, presente en toda la película, contrasta también en escenas en que se utilizan clásicas melodías para convertirlas en música electrónica, adorno necesario para aquellas fiestas en que lo banal, lo superficial y las apariencias maquillan una realidad a nivel individual muchas veces distintas. Situación que el protagonista percibe y se niega a aceptar al comienzo de la película esbozando aquella frase: “Yo estaba destinado a la sensibilidad”.

En definitiva, dudo que el inexorable paso del tiempo, le perjudique dejando en el olvido a “La gran belleza”. Es una obra llena de calidad, profundidad, precisión y hermosura. Construida como un poema visual, la cinta avanza con una seguridad inigualable a un final que no decepciona en absoluto, dejando al espectador con una sensación amarga por el desarrollo y el mensaje de la película, pero paradójicamente, con la sensación de satisfacción por haber visto cine de alta calidad.
Juan Antonio
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