Dublineses (Los muertos)

7,4
5.601
votos
Sinopsis
Es el día de la Epifanía de 1904 y está a punto de comenzar una de las celebraciones más concurridas de Dublín, la fiesta de las señoritas Morkan. Entre los invitados se encuentra Gabriel Conroy, sobrino de las anfitrionas y marido de Gretta, una de las mujeres más bellas del país. Es una noche maravillosa y los asistentes disfrutan de una magnífica velada. Gabriel, enamorado de su esposa, la contempla detenidamente cuando suena una ... [+]
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user-icon Bloomsday   Cines Astoria (España)
Muy buena
30 de Mayo de 2007
63 de 73 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Huston se moría. Así de simple. Y dotó a esta película de ese ambiente de recapitulación, de rendir cuentas ante aquello que se desvanece. Un retrato vívido, puro. Un epitafio en movimiento ideado y consumado desde una mascarilla de oxígeno. Y es que no hay nada tan vivo como un hombre frente a la muerte.

Huston se moría y decidió que no podía posponer más la adaptación de este relato. Todos debían entender qué significa que suene “la joven de Aughrim” mientras revolotea el pasado, arañan los recuerdos y los muertos nos reclaman.

Decidió que no podía esperar ni un minuto más para rodar la nieve cayendo sobre el universo.
Bloomsday
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user-icon jastarloa   Madrid (España)
Interesante
28 de Agosto de 2005
68 de 92 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Siento discrepar de la opinión favorable tan extendida; y lo siento porque me encanta el John Huston inspirado.
Estoy de acuerdo en que intenta reflexionar sobre los recuerdos pasados y sobre la existencia, ¿pero a qué precio? A mí me aburrió mucho la descripción de la alta sociedad que hace. Los diálogos se pueden considerar hasta cierto punto ingeniosos (tampoco mucho), pero lo que es más discutible es que sean entretenidos. Me habría gustado ver algún personaje al estilo Oscar Wilde que amenizara realmente la velada, lo cual no impediría reflexionar sobre lo mismo.

Lo único que sí me gusta es el poético final, que es donde Huston refleja realmente todas esas inquietudes sobre la vida y la muerte, pero no me parece que unos pocos minutos buenos justifiquen el resto.
jastarloa
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user-icon Normelvis Bates   Suena Wagner y tengo ganas de invadir (Polonia)
Muy buena
8 de Mayo de 2011
37 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Los muertos se marchan, pero nunca del todo, y aunque les creamos muy lejos y ajenos ya a nuestro mundo, se resisten siempre a abandonarlo y siguen en él durante largo tiempo, igual que cuando vivían y cumplían, por banal o insignificante que fuera, un papel en nuestras vidas. No existen porque se fueron, y sin embargo ahí continúan, tenaces y persistentes y aferrados al espacio de los vivos, quién sabe si a la espera o en descanso y contemplación, posados en los objetos que tocaron y en los vasos de que bebieron, en los ecos de las risas de quienes rieron algún día sus bromas y entre las notas dormidas de canciones que, al despertar, despiertan también su recuerdo en aquellos que les conocieron mientras vivieron. No respiran ni padecen y nadie puede volver a verlos, pero nos miran y nos hablan y vagan entre nosotros, aguardando a que la memoria de los vivos dicte algún día su definitiva disolución, porque nadie vive para siempre pero tampoco muere nunca del todo, aunque su cuerpo deje algún día el mundo que conocemos.

John Huston aún no estaba muerto cuando rodó “Dublineses”, pero apenas pertenecía ya al mundo de los vivos. Su cuerpo estaba postrado en una silla de ruedas y el oxígeno que respiraba no lo recibía ya del aire, sino a través de bombonas, máscaras y tubos adheridos a su cuerpo de ochenta años. Vivía y sufría y, sin embargo, había empezado a ausentarse del mundo. John Huston intuía ya el final. El final de las risas, el final de los bailes y las canciones, el final de las antiguas costumbres y de los ritos cotidianos, de las borracheras y de las promesas de redención, de los brindis y los discursos y los buenos propósitos, el final del amor y también el final del dolor. Como cada año os reuniréis, dice Huston, y yo no estaré sentado a la mesa con vosotros. Beberéis y comeréis y yo no estaré con vosotros. No estaré cuando cantéis y bailéis ni cuando arregléis vuestro mundo con un habano y una copa en las manos. Seré un rostro amarillento y ajado en una vieja fotografía, cada vez más frágil y tenue, a merced de vuestra memoria. Pronto seré también una sombra.

Hay quien señala en esta película taras sin número: se sostiene sobre abundantes diálogos, en buena medida triviales y accesorios; no hay nada que se pueda llamar un auténtico conflicto; es plana y funcional; los setenta primeros minutos, en fin, son una simple introducción al último cuarto de hora. Es muy posible, sin embargo, que quienes así opinan estén olvidando que a Huston nunca le importó tanto el cine como la vida y que, en buena medida, la vida es así, trivial, plana y repleta de palabras y momentos intrascendentes que sólo adquieren relieve cuando ya nada importa y puede brotar, por ello mismo, la belleza sencilla y serena de la auténtica poesía, la de esos inigualables quince minutos finales, en los que Huston invoca a su propia sombra, una sombra que nos recuerda lo que sin duda seremos un día, cuando venga al fin la nieve y no estemos allí para verla caer.
Normelvis Bates
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user-icon Gort   Marte (España)
Buena
20 de Diciembre de 2007
34 de 43 usuarios han encontrado esta crítica útil.
No es Dublineses una película que gustará a todos los espectadores. Tienen su parte de razón aquellos que dicen que se aburrieron viéndola. Y es que tal vez la adaptación del cuento de Joyce debería haberse hecho de una forma más libre, trasladando esa cena a una época más cercana al espectador actual, de manera que el sentido de las convenciones y tratamientos sociales que se desarrollan no se le escape o éstas no le resulten demasiado anticuadas y tediosas. De todas maneras esta cuestión no le resta valor a la película, lo único que le resta son espectadores, ya que hay que considerar que, en caso de que perdurara, una adaptación más libre no evitaría que los modales de los personajes resultaran igualmente anticuados para un hipotético espectador futuro. Y será precisamente este espectador futuro (nosotros mismos) quien tenga que afrontar la extrañeza que muestra esta película. Mientras vemos Dublineses, ahora que se acerca Navidad, podemos pensar en el día de la Epifanía de aquel 1904, en los brindis esperanzados y amistosos de aquellos hombres, en la añoranza que sintieron por aquellos que ya no estaban... podemos pensar en ellos, ahora que ya no están. Y sin embargo, y en esto consiste una parte de la extrañeza antes mencionada, lo hacemos con una liviandad asombrosa, sin darnos cuenta del fardo que cargamos: la Navidad de 1904, la que vivieron los soldados en las trincheras de Verdun, aquella en la que el bufón echó sal en el vino del Rey... y lo hacemos creyéndonos inalcanzables al influjo de todos ellos, dando lugar, debido a nuestra mala conciencia, a lo que se ha dado en llamar la querella de los muertos contra los vivos. Y sin embargo, de repente, Gretta se siente alcanzada, demostrándonos que lo que creíamos perdido en realidad permanece latente, que el odio de los muertos es sólo paciente conmiseración.

Quiso el destino que el mismo día que zarpaba de Montevideo le anunciaran el compromiso nupcial de Violeta Olsen con un notario de provincias. Sobre la cubierta del barco, viendo alejarse las luces y la costa de aquella tierra que tanto le había dado, descubrió en sus bolsillos una moneda de aquel país del que, sobretodo ahora, se sentía ya extranjero. Lo tiró al mar tratando de sellar el tiempo vivido, confiando que el olvido aliviara el dolor.
Años más tarde, reconoció la efigie en una de las monedas con las que Adolfo trató, por error, de pagar el tranvía. Pensó en Violeta, ya muerta, y también pensó en el feliz penique, descansando durante todo ese tiempo en el fondo del océano. Fue entonces cuando le sobrevino el primer verso de su poema: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido.” (Borges)
Muchos años más tardes, cuando los mares ya se habían secado y una raza desconocida fatigaba el planeta, uno de estos seres dio a parar con la paciente moneda. Escrutó sus borrosas inscripciones, sopesó sus conocimientos de historia terrícola tratando de confeccionar una imagen. Un escalofrío recorrió sus circuitos.
Gort
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user-icon vircenguetorix   La Pampa (Argentina)
Floja
11 de Julio de 2007
54 de 87 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Los grandes genios cinematográficos suelen históricamente dejarnos en su última obra alguna película que se salga de lo que habitualmente pensamos o creemos que es su hilo conductor artístico. Hay muchos ejemplos de ello, por ejemplo Stanley Kubrick nos brinda la magnífica pero incomprendida “Eyes Wide Shut” precisamente por no ofrecer lo que la gente esperaba. Pero también John Ford que con “Siete mujeres” nos presenta una película más feminista que ya quisiera Isabel Coixet ni siquiera soñarla. O el mismísimo Orson Welles que intenta llevar a cabo su inacabada “Don Quijote” saliéndose por completo de lo que era su esencia.

Algo parecido le ocurre a John Huston. Lo que se ha venido a llamar su testamento cinematográfico “Dublineses” es una película que contradice por completo el espíritu del genio Huston, por eso siempre me he negado a pensar que en cierta forma fuera realmente suya.

John Huston, del que espero ocuparme dentro de poco de su filmografía, es el mejor director calidad-entretenimiento de la historia del cine. Sus películas demuestran que no hace falta ser cursi para presentar situaciones que den pie a la reflexión y al pensamiento abstracto. Y es que además una de las máximas del cine, que es no aburrir, lo consigue siempre...menos en esta soporífera “Dublineses”.

Un viejo granuja como Huston, amante de las mujeres, del alcohol, de la caza y de todo tugurio que se precio no podía acabar rodando unos cuentos cortos de James Joyce. Es más no creo que en su vida tuviera el más mínimo interés ni por André Bretón, Tristán Tzara, Faulkner o Joyce entre otros. No nos engañemos, aquí hay gato encerrado. Si alguien hubiera puesto a Huston esta película estando en perfectas condiciones de salud, hubiera apagado la tele y se hubiera ido a beber un whisky. Entiendo que las sabandijas de la familia Huston, caso de esa ínfima actriz de nombre Anjelica y el pseudoguionista Tony –de apellido Huston obviamente, estaban aburguesados gracias a la fortuna del maestro y querían hacer un peñazo semejante, y John Huston más para allá que para acá accediera sin voluntad. No me extraña que se muriera a los pocos meses.

Particularmente siempre me quedaré con el Huston pendenciero y vividor, al que la muerte no le importaba lo más mínimo como a Hemingway, y donde cada día de vida era y tenía que ser una fiesta. “Dublineses” está bien para un James Ivory pero no para el rey de la aventura. No me lo creo, se trata de uno de los grandes engaños de la historia del cine. Que no les engañen, la última película de John Huston fue “El honor de los Prizzi”.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película) Ver todo
vircenguetorix
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