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| 46 de 53 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Bloomsday
AA-licante (España)
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Su valoración:  |
30 de Mayo de 2007 |
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Huston se moría. Así de simple. Y dotó a esta película de ese ambiente de recapitulación, de rendir cuentas ante aquello que se desvanece. Un retrato vívido, puro. Un epitafio en movimiento ideado y consumado desde una mascarilla de oxígeno. Y es que no hay nada tan vivo como un hombre frente a la muerte.
Huston se moría y decidió que no podía posponer más la adaptación de este relato. Todos debían entender qué significa que suene “la joven de Aughrim” mientras revolotea el pasado, arañan los recuerdos y los muertos nos reclaman.
Decidió que no podía esperar ni un minuto más para rodar la nieve cayendo sobre el universo.
Bloomsday 
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| 48 de 69 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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jastarloa
Madrid (España)
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Su valoración:  |
28 de Agosto de 2005 |
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Siento discrepar de la opinión favorable tan extendida; y lo siento porque me encanta el John Huston inspirado.
Estoy de acuerdo en que intenta reflexionar sobre los recuerdos pasados y sobre la existencia, ¿pero a qué precio? A mí me aburrió mucho la descripción de la alta sociedad que hace. Los diálogos se pueden considerar hasta cierto punto ingeniosos (tampoco mucho), pero lo que es más discutible es que sean entretenidos. Me habría gustado ver algún personaje al estilo Oscar Wilde que amenizara realmente la velada, lo cual no impediría reflexionar sobre lo mismo.
Lo único que sí me gusta es el poético final, que es donde Huston refleja realmente todas esas inquietudes sobre la vida y la muerte, pero no me parece que unos pocos minutos buenos justifiquen el resto.
jastarloa 
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| 30 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Gort
Marte (España)
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Su valoración:  |
20 de Diciembre de 2007 |
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No es Dublineses una película que gustará a todos los espectadores. Tienen su parte de razón aquellos que dicen que se aburrieron viéndola. Y es que tal vez la adaptación del cuento de Joyce debería haberse hecho de una forma más libre, trasladando esa cena a una época más cercana al espectador actual, de manera que el sentido de las convenciones y tratamientos sociales que se desarrollan no se le escape o éstas no le resulten demasiado anticuadas y tediosas. De todas maneras esta cuestión no le resta valor a la película, lo único que le resta son espectadores, ya que hay que considerar que, en caso de que perdurara, una adaptación más libre no evitaría que los modales de los personajes resultaran igualmente anticuados para un hipotético espectador futuro. Y será precisamente este espectador futuro (nosotros mismos) quien tenga que afrontar la extrañeza que muestra esta película. Mientras vemos Dublineses, ahora que se acerca Navidad, podemos pensar en el día de la Epifanía de aquel 1904, en los brindis esperanzados y amistosos de aquellos hombres, en la añoranza que sintieron por aquellos que ya no estaban... podemos pensar en ellos, ahora que ya no están. Y sin embargo, y en esto consiste una parte de la extrañeza antes mencionada, lo hacemos con una liviandad asombrosa, sin darnos cuenta del fardo que cargamos: la Navidad de 1904, la que vivieron los soldados en las trincheras de Verdun, aquella en la que el bufón echó sal en el vino del Rey... y lo hacemos creyéndonos inalcanzables al influjo de todos ellos, dando lugar, debido a nuestra mala conciencia, a lo que se ha dado en llamar la querella de los muertos contra los vivos. Y sin embargo, de repente, Gretta se siente alcanzada, demostrándonos que lo que creíamos perdido en realidad permanece latente, que el odio de los muertos es sólo paciente conmiseración.
Quiso el destino que el mismo día que zarpaba de Montevideo le anunciaran el compromiso nupcial de Violeta Olsen con un notario de provincias. Sobre la cubierta del barco, viendo alejarse las luces y la costa de aquella tierra que tanto le había dado, descubrió en sus bolsillos una moneda de aquel país del que, sobretodo ahora, se sentía ya extranjero. Lo tiró al mar tratando de sellar el tiempo vivido, confiando que el olvido aliviara el dolor.
Años más tarde, reconoció la efigie en una de las monedas con las que Adolfo trató, por error, de pagar el tranvía. Pensó en Violeta, ya muerta, y también pensó en el feliz penique, descansando durante todo ese tiempo en el fondo del océano. Fue entonces cuando le sobrevino el primer verso de su poema: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido.” (Borges)
Muchos años más tardes, cuando los mares ya se habían secado y una raza desconocida fatigaba el planeta, uno de estos seres dio a parar con la paciente moneda. Escrutó sus borrosas inscripciones, sopesó sus conocimientos de historia terrícola tratando de confeccionar una imagen. Un escalofrío recorrió sus circuitos.
Gort 
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| 20 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Normelvis Bates
Suena Wagner y tengo ganas de invadir (Polonia)
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Su valoración:  |
8 de Mayo de 2011 |
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Los muertos se marchan, pero nunca del todo, y aunque les creamos muy lejos y ajenos ya a nuestro mundo, se resisten siempre a abandonarlo y siguen en él durante largo tiempo, igual que cuando vivían y cumplían, por banal o insignificante que fuera, un papel en nuestras vidas. No existen porque se fueron, y sin embargo ahí continúan, tenaces y persistentes y aferrados al espacio de los vivos, quién sabe si a la espera o en descanso y contemplación, posados en los objetos que tocaron y en los vasos de que bebieron, en los ecos de las risas de quienes rieron algún día sus bromas y entre las notas dormidas de canciones que, al despertar, despiertan también su recuerdo en aquellos que les conocieron mientras vivieron. No respiran ni padecen y nadie puede volver a verlos, pero nos miran y nos hablan y vagan entre nosotros, aguardando a que la memoria de los vivos dicte algún día su definitiva disolución, porque nadie vive para siempre pero tampoco muere nunca del todo, aunque su cuerpo deje algún día el mundo que conocemos.
John Huston aún no estaba muerto cuando rodó “Dublineses”, pero apenas pertenecía ya al mundo de los vivos. Su cuerpo estaba postrado en una silla de ruedas y el oxígeno que respiraba no lo recibía ya del aire, sino a través de bombonas, máscaras y tubos adheridos a su cuerpo de ochenta años. Vivía y sufría y, sin embargo, había empezado a ausentarse del mundo. John Huston intuía ya el final. El final de las risas, el final de los bailes y las canciones, el final de las antiguas costumbres y de los ritos cotidianos, de las borracheras y de las promesas de redención, de los brindis y los discursos y los buenos propósitos, el final del amor y también el final del dolor. Como cada año os reuniréis, dice Huston, y yo no estaré sentado a la mesa con vosotros. Beberéis y comeréis y yo no estaré con vosotros. No estaré cuando cantéis y bailéis ni cuando arregléis vuestro mundo con un habano y una copa en las manos. Seré un rostro amarillento y ajado en una vieja fotografía, cada vez más frágil y tenue, a merced de vuestra memoria. Pronto seré también una sombra.
Hay quien señala en esta película taras sin número: se sostiene sobre abundantes diálogos, en buena medida triviales y accesorios; no hay nada que se pueda llamar un auténtico conflicto; es plana y funcional; los setenta primeros minutos, en fin, son una simple introducción al último cuarto de hora. Es muy posible, sin embargo, que quienes así opinan estén olvidando que a Huston nunca le importó tanto el cine como la vida y que, en buena medida, la vida es así, trivial, plana y repleta de palabras y momentos intrascendentes que sólo adquieren relieve cuando ya nada importa y puede brotar, por ello mismo, la belleza sencilla y serena de la auténtica poesía, la de esos inigualables quince minutos finales, en los que Huston invoca a su propia sombra, una sombra que nos recuerda lo que sin duda seremos un día, cuando venga al fin la nieve y no estemos allí para verla caer.
Normelvis Bates 
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| 23 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Entrañable
Compostela (España)
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Su valoración:  |
22 de Julio de 2009 |
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Gran recreación de la Irlanda de principios del siglo XX. Buenas actuaciones. Algunos buenos diálogos. Sinceramente, no he leído el relato de Joyce. Sin duda es muy bueno.
¿El problema? Pues que, en mi opinión, resuelve las dificultades de adaptar literatura al cine de la forma más obvia y menos funcional: pone a unos actores vestidos adecuadamente en el escenario adecuado y les hace decir las cosas que, supongo, dicen los personajes del relato. Esto puede parecer una tontada, lo se, pero por culpa de esto la película resulta plana, descompensada y tediosa.
Como siempre digo, decir que una película es aburrida y quedarse tan pancho no aporta nada a una crítica, así que explicaré las razones de que yo, en concreto, me aburriese. El motivo indirecto es el que ya he comentado. Los directos, consecuencia del anterior, los expongo en el spoiler por problemas de espacio. No destripo nada.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: -Se compone principalmente de diálogo. Esto, para muchos amantes del cine (entre los que me incluyo) puede resultar demasiado cargante. Tal vez una adaptación teatral habría sido más acertada. No se. El teatro no me entusiasma, salvo las comedias. En todo caso ya he hablado en mi crítica de "Sacrificio" de mi forma de disfrutar el cine, y no lo hago si la película se basa en un 90% en diálogos.
-No hay conflicto. No hay un argumento principal (es una cena de navidad). No hay una serie de acontecimientos puntuales o episodios aislados. Un buen ejemplo que se me viene ahora de cómo se puede dotar de interés a una situación similar es la primera parte de "Fanny y Alexander": también se nos muestra una cena de navidad, pero yo particularmente disfruto de la película de Bergman y no de esta porque en aquella puedo sentir la vida de esa familia. Se me aporta muchísimo sobre los personajes con pequeños acontecimientos a lo largo de la cena, y toda esa parte (de duración similar a esta película, creo recordar) está llena de vitalidad. En el caso que nos ocupa, la presentación de los personajes es harto difusa (al único que podría describir mínimamente es al borracho), en todo momento parece que vaya a pasar algo y se corta, diríase que los primeros 70 minutos solo tratan de producirnos el estado de ánimo adecuado para prepararnos para los últimos 5. Y claro, son demasiados minutos, demasiado planos y demasiado difusos, narrativamente. No me atrapan, lo siento.
-Formalmente es plana. Funcionalilla. Vale, si, soy un hereje anticlasicista. Pero el estilo escogido contribuye a que no me atrape en ningún momento.
-Escenas como la de la Huston narrando aquella historia sobre su amigo de la infancia, con plano fijo y todo narrado mediante diálogo, a mí personalmente me matan todo impulso de atención, todo interés. Creo que en el cine se debe narrar por medios cinematográficos para obtener los mejores resultados. En este caso, el plano no me dice nada, la actuación algo pero su efecto se diluye con el transcurrir de la escena, y para oír el texto recitado me leo el relato.
En definitiva, tiene pinta de que el relato debe ser muy bueno. Se intuyen una serie de recursos literarios que es probable que funcionen en el papel pero no en la pantalla. Y los últimos 5 minutos son cojonudos. Pero en todo momento tuve la sensación de estar viendo literatura mal adaptada, no cine. Aunque, por supuesto, todo esto parte de mi forma personal de entender el cine y disfrutarlo.
Entrañable 
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