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| 66 de 79 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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jastarloa
Madrid (España)
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Su valoración:  |
13 de Abril de 2006 |
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Sabia mezcla entre narración clásica, goteos surrealistas y personajes esperpénticos (gracias por tu genial "descubrimiento", Ramonciño).
Sería un error quedarse en el ataque al catolicismo a la hora de analizar esta prodigiosa película de Buñuel. Está claro que es lo que más puede escandalizar en una sociedad tan mojigata como la española –de hecho, me uno a su feroz embate–, pero también es interesantísima como retablo de las miserias humanas. Ningún personaje se salva, todos son títeres decapitados al final, incluida la compasiva Viridiana, que se delata a sí misma en sus paseos sonámbulos luciendo muslamen, en su desmedido fetichismo (¿una corona de espinas entre el equipaje?: ¡jooooder...!) y en su visita final a la habitación de Jorge.
La última cena, un crucifijo que es a la vez navaja, una monja inexperta acariciando las ubres (?) de una vaca...: es necesario revisarla varias veces: nunca dejarán de sorprenderte los nuevos descubrimientos (y redescubrimientos) que harás.
Lo mejor, para mí (entre muchas cosas): la bacanal que se montan los interesados mendigos, y eso en lo que casi nadie repara: el personaje de Ramona.
Es, junto a "Los olvidados", lo mejorcito de Buñuel.
La colocaría, sin dudarlo un instante, entre las mejores películas europeas de la historia.
jastarloa 
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| 43 de 47 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Desde el sutil misterio que provoca el porqué Buñuel parece dar importancia a detalles que nada tienen que ver con la trama, salvo una posible descripción del costumbrismo regional (los perros atados con cuerda al carro) o la inmersión en una personalidad contrastada (Rey salvando a la abeja), hasta las burdas imágenes sueltas que menos aún conectan con el argumento, salvo para resaltar lo evidente (el ratón cazado) o recrearse con descaro (la foto en la última cena), Buñuel crea, a partir una secuencia disparatada de imágenes gamberras (la vaca y la leche), macabras (la niña jugando bajo el árbol) u osadas (la navaja crucifijo), que nada tienen que ver unas con otras, más bien parece que carecen de conexión, una historia sólida, libre y tensa. No hace falta decir que hay que tener un instinto cinematográfico descomunal para dar homogeneidad a semejante disparate y fluidez a un argumento tan llano como un camino de cabras.
Tampoco hace falta mentar, mas lo mento, que la gama de intérpretes que participan en el esperpento es una de las mejores de la historia del cine universal. Lo de Don Francisco Rabal es inhumano.
Durante la práctica totalidad del metraje se puede leer entre líneas, buscar tres pies al gato y pensar mal. Cada escena tiene una doble lectura. El final, más de dos. Y desconozco si la partida es un homenaje al maravilloso final de El Apartamento, rodada un año antes, pero desde luego que está como poco a su misma altura, y es un cierre perfecto para una tarde de feria destroyer que critica al aristócrata y al indigente, pone en evidencia al perverso y al santurrón, saca los colores al laico y al religioso, obliga a la mirada sucia (salvaje el erotismo de Silvia desmelenada), incita a la perversión y convence al indeciso de lo retorcido de nuestra especie.
Brutal segundo por segundo. Tan satánica como celestial. Para vérsela mil veces.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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Sines Crupulos 
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| 37 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Lucryer
Madrid (España)
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Su valoración:  |
26 de Julio de 2005 |
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Buñuel retrata sin piedad los vicios de la mala religiosidad, de la histeria del falso ascetismo, que niega la corporeidad, los instintos, en fin, la animalidad del hombre, lo transforma en "un alma buena encerrada en un cuerpo malo".
Su crítica es destructiva, y en buena hora. Y lo digo como cristiano que soy. A pesar de su indudable orientación anti-cristiana y anti-Iglesia, Buñuel es un Nietzsche del cine, porque la dureza de su crítica obliga a cualquier cristiano a revisar sus creencias a fondo, a reflexionar sobre la religiosidad, a fin de acabar con la religión descerebrada, sentimentalista y cerrada de nuestros días, que poco hace por la salvación que pretende dar a los hombres, y los llena de fantasmas con el cuerpo, los instintos, la sexualidad, etc.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Viridiana encarna plenamente esa visión de la cristiandad, se niega a sí misma, a su propio cuerpo ("yo te vi, estabas desnuda", dice la implacable niña) pero desarrolla una devoción morbosa por los objetos (la escena en que abraza la cruz me pone los pelos de punta), al mismo tiempo que se guía por una dudosa moralidad (la "doble moral"): ayudo a los otros porque en el fondo me conviene a mí, ayudo a los pobres (pintados con asombrosa frialdad, no por ser pobres y deformes son buenos, pueden ser resentidos y tan perversos como los ricos; ¡ salud Nietzsche !) para "limpiar" mi consciencia. Genial y aterrador.
Debo ser sintético, no puedo hablar sobre la galería de personajes egoístas, infames que decoran este fresco de Buñuel. Pero la recomiendo especialmente a los cristianos. Hacer de tripas corazón y aguantar la embestida, que vale la pena. Grande Buñuel.
Lucryer 
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| 35 de 45 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Taylor
Terrassa, Barçalona (España)
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Su valoración:  |
26 de Diciembre de 2007 |
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La hermana Viridiana ocupa en mi particular recordatorio de monjitas célebres un puesto de honor de concesión irreprochable. Infinitamente más bella y sensual que la hermana Mary Clarence (Whoopi Goldberg en “Sister Act”) o la hermana Tomasa (Gracita Morales en “Sor Citröen”), tan sólo se le acerca a considerable distancia la hermana Luke (Audrey Hepburn en “Historia de una monja”). No quisiera parecer banal ni exageradamente libidinoso, pero considero oportuno y esencial hacer hincapié en el tremendo magnetismo erótico de Silvia Pinal porque precisamente ese poderoso don sustentará el eje vertebrador de la historia de Buñuel.
La hermana Viridiana se convierte, asimismo, en una honrosa versión patria de Madeleine Elster (Kim Novak), la fatídica obsesión de Scottie Ferguson (James Stewart) en la hichcockiana “Vertigo”. No tan solo por el razonable parecido de su glacial encanto platino sinó, porque no decirlo, por la curiosa semejanza de sus poderosos y turgentes bustos. Repito que esto no es ninguna coña ni estoy frivolizando. El voluptuoso potencial de Viridiana desencadenará una arrolladora sucesión de acontecimientos que, empezando por el suicidio de Don Jaime (Fernando Rey) y acabando por el festín indigente, pondrá de manifiesto la imponderable certeza del refrán que reza: “tiran más dos tetas que dos carretas”. Y desde ese postulado aparece el Buñuel más surrealista, transgresor y gamberro. Don Luis adereza su obra maestra con humor negro, fetichismo, alegoría, parodia, sátira y música clásica, pero cuando finalmente la mojigata hermana Viridiana accede a jugar esa partida de tute con Ramona (Margarita Lozano) y Jorge (Paco Rabal), es cuando su virtud y devoción acaban sucumbiendo ante la irrefrenable gravitación de los apetitos profanos.
Una sonora bofetada para quien pudiera sentirse escandalizado. Yo, no.
Un clásico del cine español de visión indispensable. Una magnífica ocasión para comprobar como, de vez en cuando, el celuloide adquiere el status de objeto artístico.
Taylor 
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| 18 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Bloomsday
Alicante (España)
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Su valoración:  |
11 de Abril de 2009 |
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Las imágenes de esta premiadísima película nos llevan a un mundo de obsesiones, fetichismos y fijaciones psicoanalíticas. Detalles de universo de fantasía infantil e iconografía personal. El efecto es inmediato. La imagen del subconsciente buñueliano esboza mendigos, perros, campos enquistados en el tiempo y objetos de obvia simbología (cuerdas, crucifijos, navajas…). Esa simbología recadera, pretendidamente corrosiva, suele parecerme en el aragonés un hallazgo resultón, pero de valor creativo cuestionable en ocasiones (borregos entrando en capillas y sutilezas por el estilo).
Pero esas imágenes tienen valor no tanto por su ingenio sino por su condición de broma, de declaración de cineasta coñón, incisivo y mala baba. De Quevedo y Valle- Inclán. Nos brinda, a su vez, humor de picaresca ancestral y reminiscencias surrealistas –rasgos que brotan de la memoria engastándose irracionales en el metraje; sin perder su efecto por mucho guión que adapte esas corrientes instintivas a la lógica del relato-.
Señalaría como curiosa, así, la forma de Don Luis de ofrecer su enrevesada y propia colección de planos y, pese a la enraizada particularidad de ese mundo íntimo, dar una visión que coincida exactamente con lo que nos llega de la España de la época. Sentimos la represión de los instintos, la gazmoñería de la caridad inútil, la hipocresía de la religión… Pero lo sentimos sin discurso, sin alegoría presuntuosa, sino a través del olor a patria ermitaña de pantorrillas polvorientas, faldas deshilachadas y embarazos de bancal, sobre unas zarzas. España como refugio de abejas y perros. España de los 60 también; pragmática, sexual, con su pujanza de paleta modernidad. España de tute y rock n´ roll que llegaba con fuerza, abandonando en el suicidio a los propietarios de pueblos de cal blanca castellana.
Compendio de época y universo íntimo, extraña miscelánea de contexto y obsesión. Observación interpretada, liberación de lo visible en lo invisible. País a través del cedazo caleidoscópico de la memoria.
Bloomsday 
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