La adaptación de la novela del chileno José Donoso sirve de argumento para esta cinta dirigida por Sergio Olhovich. la historia relata la vida de Andrés Ávalos (Ernesto Alonso) un solterón y rentista que visita un día a la semana a su abuela Elisa (Carmen Montejo), siempre acostada en la cama. Cuando Elisa muera, su herencia hará rico a Andrés. Viven con Elisa en su vieja casona las ya maduras criadas Lourdes (Graciela Doring) y Rosario (Pilar Souza). Lourdes vuelve de un viaje a su pueblo con una joven sobrina, Estela (Leticia Perdigón), que deberá cuidar a Elisa.
Este filme, dio a Ernesto Alonso un personaje similar al interpretado veinte años antes por el actor en Ensayo de un crimen. Similar y mucho menos banal: como el Archibaldo de la Cruz retratado por Luis Buñuel, el protagonista de Coronación es un parásito pero carece de verdadera imaginación poética; su única virtud es el buen gusto que hace suponerle el escenario principal de la película: una casona añeja empotrada entre otras modernas de la calle Londres, en la Zona Rosa de la Ciudad de México.
Todo lo anterior pudo resultar cuando menos divertido, pero uno diría que Olhovich reprobó muy en serio a sus personajes y compartió los reproches que un personaje (Aarón Hernán) dirige borracho a su amigo (Ernesto Alonso) en la fiesta del santo de la abuela (mientras tanto, todos comen pastel alrededor de la cama de la anciana): “Jamás te has atrevido a nada… ninguno de los dos nos hemos realizado… el amor es la única aventura que nos queda” (Caray, uno diría que no es tan poco).
spoiler:
Del parásito se hace saber lo que sigue: se pinta el bigote; lee la historia de Francia; frecuenta un club donde consulta revistas viejas y colecciona bastones desde que una lesión en un tobillo le hizo usar uno; al evocar su infancia, recuerda a un cura que le pregunta si ha “hecho uso de su cuerpo” y a unos condiscípulos que lo golpean, lo orinan y le gritan “maricón” ; a la vez, alterna en el desván con el niño que fue (el chico le grita “¡eres un viejo ridículo!” y ambos --el mismo personaje en dos edades distintas-- pelean a almohadazos) y halla en el mismo lugar unas medallas escolares, una chistera, una capa y una espada con las que pasea orgulloso por la casa (así anda en las escenas finales al jugar con “su” niño y pedirle que le enseñe como hacer aviones de papel que lanza a la abuela) ; espía por el ojo de la cerradura a la joven y muy atractiva Leticia Perdigón (ella, casi desnuda, parece complacida al advertir el espionaje), se oye muy falso cuando dice para sí “Estela… Estela”, sujeta con torpeza los pechos de la horrorizada muchacha y maneja como única idea consoladora la de que “todo el mundo es como si fuera de Omsk”; el hombre se irrita a cada rato con su abuela, que tiene arterioesclerosis cerebral, le regala un chal en el día de su santo y le grita “¡ cállate, vieja bruja!” mientras intenta estrangularla porque la anciana hace que el chal, prenda según ella “de puta”, pase a manos de la Perdigón, a quien cree amante de su nieto; más adelante, en una nueva pelea, él grita furioso “¿por qué no te mueres, abuela?”, pero llora y ella le acaricia la cabeza. La abuela, por su parte, hace apagar la radio para oír la música de su tiempo en un gramófono, habla de bailar lanceros, canta zarzuelas, grita “¡maldita revolución!” y dice de su difunto marido que nunca la vio desnuda y que se acostaba con las sirvientas. Por el lado del pueblo, una embarazada (Raquel Olmedo) que debe coser se queja de que tiene los dientes “en perdición” y no puede ir al dentista; eso es por culpa de su vago y ladrón marido (Sergio Jiménez), que golpea a su mujer, frecuenta un billar, llega tarde con su hermano al fútbol y se enfada cuando un espectador dice “¡ganó el Cruz Azul!”. Leticia Perdigón (sin duda lo mejor de la película) va por primera vez en su vida al cine y hace gracia a Beristáin por la atención que pone en la pantalla.