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Críticas de "Vida de Oharu, mujer galante"
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| 23 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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jastarloa
Madrid (España)
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Su valoración:  |
31 de Mayo de 2006 |
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Más importante que los aspectos técnicos de una película –a los de ésta no se le pueden poner muchos peros–, es el contenido. Con la "Vida de Oharu" viajamos a una época en la que una relación de amor verdadero con alguien de rango inferior sólo suponía el principio de los problemas para una mujer de familia humilde. Era frecuente que el padre vendiera a su guapa hija como concubina sólo por ambición social o como prostituta para pagar sus deudas. Pero lo de Oharu es mala suerte, y ni siquiera podrá disfrutar mucho de los dos hombres buenos que se cruzan en su vida.
Mizoguchi recorre todos los estamentos de una sociedad feudal que no estaba tan lejana, y descubre los trapos sucios de una cultura machista que puede llegar a fascinar a algunos occidentales sólo por su apariencia elegante y disciplinada.
Una película para espíritus maduros y desengañados.
jastarloa 
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| 15 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Los temas expuestos en esta película son aquellos que el director trabajaría a lo largo de su carrera: prostitución, opresiones sociales y familiares, el poder corrupto de las jerarquías y los destinos trágicos. A modo de flash-back, Mizoguchi hace un barrido histórico-social a través de la vida de Oharu (impresionante Kinuyo Tanaka que casi sin primeros planos construye de manera emotiva este personaje).
Aunque este trabajo sería la apertura al extranjero de Mizoguchi, aún tendría que pasar un tiempo para que el espectador despistado encontrara en la filmografía de este señor, algo más que la historia de turno. Es complicado no repetirse a la hora de ensalzar cualquier obra de un autor, porque cada trabajo posee unas características comunes que hacen reconocible la autoría de una obra. Oharu no es una excepción y posee todos aquellos ingredientes que la convierten automáticamente en una película de Kenji Mizoguchi: los planos generales, los planos secuencias, la violencia fuera de campo, la música diegética o elipsis prodigiosas.
En una entrevista realizada en 1961, Mizoguchi hablaba sobre el plano-secuencia:
“Al adoptar semejante método no he tenido la más mínima intención de representar un estado estático de una psicología cualquiera. Al contrario, llegué a ello de forma muy espontánea, en mi búsqueda de una expresión más precisa y específica de los momentos de gran intensidad psicológica. En la curva de una escena, si acaba de surgir, con una densidad creciente, un “acorde” psicológico, no puedo cortarlo repentinamente y sin remordimientos: así que intento intensificarlo prolongando la escena el tiempo que sea posible.”
Cahiers du cinéma n.º 116.
Uno de los múltiples ejemplos que encontramos de esos momentos de densidad creciente es cuando Oharu se entera de la muerte de su amado (la condena a muerte fue filmada fuera de campo pero incluso mientras Oharu recibe la noticia de esta muerte por voz de su madre, ella permanece con la cara escondida como dando por sentado que dicha violencia sentimental, igual que la física, tampoco merece ser retratada tan crudamente en pantalla). Oharu sale corriendo al exterior de la casa asiendo una daga con intención de suicidarse. La madre la persigue mientras la cámara las sigue desde arriba. Entran en un bosque de bambúes cuya serenidad contrasta con la agitación que observamos en pantalla. Cuando cae al suelo, la densidad creciente de la escena ya nos ha noqueado.
Pocos minutos antes Mizoguchi había usado un plano-secuencia magistral para retratar la salida de la familia de la ciudad de Kyoto cruzando la cámara por debajo del puente para retratar a los tres integrantes en la otra orilla del río.
(Abróchense los cinturones porque esto continúa).
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: El filme está narrado en forma episódica, construido por el uso certero de las elipsis (el lloro de un bebé, las sombras de unos amantes, la vista fugaz de un niño comiendo, …) que refuerza la narrativa del trabajo. Con tal guisa Mizoguchi consigue un barrido crítico de las diferentes castas del Japón feudal, desde la corte hasta los estamentos religiosos desgranando la avaricia y lujuria de todos ellos.
En Oharu todo es premeditando y estricto. Todo tiene un sentido métrico, que convierte a esta obra en una de las mejores películas de su autor.
Chagolate con churros 
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| 11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Vivoleyendo
Huelva (España)
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Su valoración:  |
13 de Junio de 2010 |
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Mizoguchi era el retratista de las mujeres expoliadas. Geishas, prostitutas, mal casadas, apaleadas por la mala suerte y caídas en desgracia. Él mismo supo lo que era la pobreza y que vendiesen a su hermana como geisha, así que estaba acostumbrado a mirar a la desgracia a la cara.
Inclinándose muy a menudo hacia las tradiciones japonesas y la Edad Media, trazó con sus pinceles realistas a la par que etéreos el deprimente panorama que restringía a la población femenina a una posición de acusada inferioridad y esclavitud social. Equiparadas a posesiones materiales que se podían comprar, vender y regalar, permanecían sujetas a la caprichosa voluntad de sus dueños, léase sus padres o patriarcas familiares, sus hermanos varones en caso de orfandad, y sus maridos o parejas de concubinato.
El inmutable protocolo de conducta y los requerimientos del espíritu no iban a la par. Ellas no eran libres de sentir a su antojo, ni de elegir. No eran dueñas ni de su cuerpo, ni de su corazón, ni disponían de libre albedrío.
Y aún había más. La misma reprobación severísima que las ataba a perpetuidad las condenaba si comprobaba que se arrastraban por el fango. Después de haberlas despojado de toda su dignidad, de su corazón, de sus personas queridas, de su privacidad, de medios decentes de supervivencia, y de toda posibilidad de redención, todavía tenía la mezquina hipocresía de gritarles: “¡Mujer, cómo has podido caer tan bajo! ¡Quedas maldita por toda la eternidad!”
Y una siente cómo le bulle la sangre al ser espectadora de tanta malignidad disfrazada de falsa decencia. Al ver cómo el palo del castigo cae una vez más sobre la machacada alma y la maltrecha carne de una buena mujer a quien sólo unas poquísimas personas bondadosas y sinceras, un par de ellas a lo sumo, han sabido apreciar y querer. Y no, no eran sus progenitores (demasiado preocupados por el qué dirán, la posición social y el dinero para acordarse de que tienen una hija y no una yegua o todavía menos), quienes no dudan en venderla y prostituirla y aprovecharse de ella.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Dice mucho de cómo funcionaba el sistema y del grado de corrupción moral el hecho de que para una muchacha estuviese mejor considerado ser concubina de un señor (su puta, dicho en plata), que la esposa de un criado. Pero claro, la moral dictaba que el concubinato no dejaba de ser un pecado enorme, con lo cual las chicas que caían en esa condición (y no lo hacían por propia voluntad, sino obligadas) portaban el estigma de las apestadas y nadie las miraba con respeto. Podían ser llevadas y traídas sin su consentimiento y, como su presencia resultaba incómoda y contaminante, solían acabar expulsadas y echadas a la calle. Así que el círculo vicioso se cerraba: si no conseguían hacer una buena boda en su juventud, o si cometían una desfachatez como enamorarse de alguien no designado por sus padres y provocaban un escándalo, eran vendidas como concubinas, geishas o prostitutas. Las zarandeaban como a muñecas de trapo y hacían con ellas lo que querían, y después proclamaban que esas perdidas no merecían sino la miseria que se habían buscado. Y a la calle otra vez, y a ser escupidas sin cesar, y tan pisoteadas y humilladas que ellas mismas se tenían ya por despojos sin valor.
Y así asistimos a la destrucción, paso a paso, golpe a golpe, de Oharu. Los reveses de la perra fortuna se ceban y le roban con risas crueles sus raros obsequios de felicidad efímera, muy efímera.
Esa muñeca rota que sigue caminando por inercia tendrá como único compañero compasivo al espectador, y como consuelo el recuerdo de sus escasos amores truncados.
Vivoleyendo 
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| 11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Darth_Fonsu
Oviedo (España)
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Su valoración:  |
7 de Octubre de 2007 |
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Saikaku ichidai onna, o sea, La Vida de Oharu, Mujer Galante, es una Obra Maestra del cine japonés, una Obra Maestra del cine universal dirigida por Kenji Mizoguchi en 1952.
Destaca la sencillez de la exposición de la historia, en la que a través de un largo flahshback conocemos la trayectoria vital de una mujer excepcional. La pertinencia exacta de los travellings y un dominio absoluto de la composición de plano y la profundidad de campo me hacen, desde ya, considerar a Mizoguchi uno de los grandes genios del cine, de una solvencia extrema. También hay que destacar las interpretaciones, que como ya he dicho, impregnan de sentido, con cierta estilización teatral (que no está de más, sino todo lo contrario), cada movimiento corporal, llegando a crear momentos más cercanos a la escultura de grupo o la danza que a lo usual en cine. La sobria, multifacética y soberbia interpretación de la protagonista, Kinuyo Tanaka, casi convierte la película en un bello monólogo silencioso, casi eclipsa todo a su alrededor, a pesar de la solvencia de los secundarios, muy especialmente la de Toshiro Mifune, en un papel brevísimo pero que marca las más de dos horas de metraje. La música también está muy bien utilizada, en correspondencia con el tempo, cadencioso, pero nunca tedioso, del film.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Pero si tenemos una Obra Maestra por la forma, también la tenemos por el contenido. Porque Oharu es un canto a la tolerancia, al amor y a la dignidad. Porque Oharu, que es puro amor, pura inocencia, lo pierde todo por amar. Su visión inocente de la vida se enfrenta a una sociedad clasista, basada aparentemente en la religión, la tradición y la ley, pero absolutamente hipócrita, pues no hay otra cosa más que el dinero detrás de todo, y las inamovibles leyes morales dejan de serlo cuando el oro se cruza ante ellas. Oharu siempre valora el amor únicamente, el dinero no es algo que pretenda acumular y lo desprecia en tanto que no sea imprescindible para su supervivencia. Por lo tanto, es una rebelde en su entorno. Pero su doble papel de mujer y librepensante hace de ella una marginada permanente, en lugar de una mesías. Oharu mantiene la dignidad en cualquiera de sus pasos, pero su inocencia hace que sus "venganzas" no vayan más allá de travesuras infantiles (el robo de una peluca, un curioso strip-tease, la imitación de una bruja, huir para cumplir libremente lo que se le ha ordenado como última condena; siempre dejando en evidencia las debilidades de los demás, nunca dañándolos directamente).
El viaje de Oharu es un viacrucis descendente que atraviesa toda la sociedad japonesa del siglo diecisiete: hija de samurai, concubina (trasunto de una moderna "Madre de Alquiler", sorprendente), cortesana, sirvienta, artesana, novicia, fugitiva, mendiga, prostituta callejera y, finalmente, penitente sin haber pecado. La sociedad la maltrata por ser un elemento ajeno a ella, por basar su existencia en amar en lugar de en tener y ambicionar. Y así, también le es arrebatado sucesivamente el amor de su amante, de la sociedad, de sus padres, de su hijo, de su marido y de las instituciones religiosas. Y a excepción de su madre (que hace lo que puede, sometida a la voluntad del esposo), ese amor que está dipuesta a dar, solamente lo recibe de criados, prostitutas y desgraciados.
Estamos así ante un film feminista y hasta cierto punto socialista. De hecho, las últimas palabras del amante ejecutado piden la desaparición de las clases, aunque no poniendo el énfasis sobre lo económico sino sobre
Y lo que más llega es que la vida de Oharu es similar a la de muchas mujeres de nuestros días, incluso en nuestros países "civilizados", oprimidas por la sociedad, la religión y su propia condición femenina, parece como si en 400 años poco hubiese cambiado. Y de hecho sorprende como en un film de hace cinco décadas Mizoguchi expone temas tan actuales (no por ser novedad, sino por la reciente pérdida de su condición de tabú en nuestra cínica sociedad) como la prostitución, el tráfico de mujeres, el maltrato, el acoso psicológico y sexual, el consumismo de una manera muy abierta pero a la vez muy delicada. Así que el film sigue vigente en sus reivindicaciones.
En fin, una maravilla.
Darth_Fonsu 
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| 9 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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kafka
ciudadano del mundo (palencia) (España)
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Su valoración:  |
21 de Diciembre de 2006 |
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La vida de Oharu es una vida muy triste, siempre regada de un dramatismo pesado como una losa de granito y llena de desgracias íntimas y personales. Oharu es una mujer atractiva y posiblemente vitalista también pero que pasa de ser una concubina de un señor feudal a ser vendida por su endeudado padre, acabando de arrastrada prostituta. Le da un hijo a ese señor feudal, un hijo al que debe renunciar pues solo la han utilizado como mera hembra paritoria, pero Oharu, mujer galante, sigue conservando todavía en su rostro maltratado, en sus entristecidos ojos y en sus heridas del alma, la amarga dignidad e integridad de saberse derrotada por la vida pero la conciencia, pese a todo, de sentirse viva, aún en su asfixiante soledad y en la prisión de una sociedad estratificada inhumanamente.
Se trata de una excelente película del maestro Mizoguchi, en la época dorada del cine nipón (Ozu, Kurosawa, Kobayashi), una obra poseedora de una triste poesía -la melancolía en estado puro- y de una sensibilidad especiales y propias de un cineasta cabal, sobrio y narrador de historias, para muchos de uno de los más grandes maestros que haya habido en la Historia del Cine. Magníficas interpretaciones en otra de esas películas que se empeñan en descatalogar pero que en su visión resucitan la misma esencia del cine, el arte de contar historias puesto en imágenes.
kafka 
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