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La historia de Emmet Ray, por Woody Allen
Cuándo sobre fondo negro, en letras romanas de poca patilla blancas (me gustaría saber cuál, por cierto), empiezan a sucederse los créditos del inicio ya es evidente qe estamos ante un film de Woody Allen. Por la característica tipografía, sí, y porque tras ella, tras el típico fondo negro, suena una música excelente.
Este falso documental versa sobre el mundo de El jazz y sobre un músico egocéntrico y genial, el segundo mejor guitarrista del mundo y el tercer jugador de billar del país, entregado a Euterpe y a Baco, un personaje intensísimo qe encuentra en ver pasar trenes y hacer diana en ratas (y en tocar jazz, claro) las fuentes de El placer de vivir.
Y también es cleptómano. Se dice y es un topicazo qe el cine de Woody Allen supera a toda terapia psicoanalista... desde luego el de la estatua en Oviedo lanza en varias de sus películas dardos contra la ciencia de las almas. También en Acordes y desacuerdos, a través de una escritora interpretada por la muy sensual Uma Thurman que trata de entender cómo es El ego de un genio. Ella pregunta, con profundo interés, si lo que le atrae de los trenes es la sensación de poder, de virilidad, qe representan. El genio, extrañado, pregunta y se pregunta si la rubia quiere acostarse con una locomotora.
Esa es, más o menos, la sencillez de los relatos de Allen, que no busca metafísicas ni subconsciencias ni las necesita para construir guiones llenos de simple y llana extravagancia... Cuando, estos, se hacen acompañar de una música maravillosa, se llevan a la pantalla mediante interpretaciones como la de Samantha Morton, tan dulces, tan enternecedoras, tan grandiosamente expresivas, y en el medio del potingue se coloca a Sean Penn, en su propio universo a lo largo y ancho de la historia, se consiguen películas de esas que se pueden ver una y otra y otra vez y otra vez más desde que los créditos del principio empiezan hasta que los del final terminan.
esquizofran 
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