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Cronenberg las tiene mejores
Sólo por decidirse a adaptar la inclasificable novela de J.G. Ballard (del periodo duro, del todo experimental, del escritor inglés) ya demuestra valor nuestro canadiense. Claro es que hace su versión, como siempre, y en esta ocasión se engolfa en una serie de rituales sin mayor sentido, una descripción de purulencias y unos tristísimos encuentros sexuales que no sólo no enganchan al espectador, sino que se enajenan todas sus simpatías.
Pervive la dolorosa lucidez de ciertas imágenes, el retrato de un mundo frío (quizá sea una de los films más desangelados que conozco, a conciencia y voluntariamente) y unos personajes (para los que, hay que reconocerlo, los actores y las actrices deben tener pocos asideros: y si no que se lo digan a Deborah Karh Unger o a Holly Hunter) más propios de una pesadilla que del mundo real, eso sí, sin la suntuosa textura de Lynch. Obra que no suscita simpatía alguna, sólo apta para aquellos que conozcan y admiren la trayectoria de Cronenberg en un contexto más amplio. Insatisfactoria, pero rabiosamente personal.
santiago aragón 
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