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ENCIERRO SUBTERRÁNEO
Dentro de la tendencia caprichosa del nuevo cine americano a calcar clásicos, existe otra, justificada o no, de mirar atrás con nostalgia hacia un tipo de películas que representaron en su época serios ejemplos de concesión y artesanía, no son intocables pero sirvieron de modelo a un amplio grupo de directores que vieron en ellas elementos de piadosa inspiración. Es el caso de la mayor parte del cine de acción rodado en los 70, el cual supuso un bálsamo de formalidad y precisión narrativa, tiempos en donde importaban poco las formas para centrar sus intenciones en el organizado trabajo de los actores, en contar una historia sin distracciones visuales que restaran impacto al fondo emocional del relato.
Asalto al tren Pelham 123 es uno de esos films setenteros que si bien no están al nivel de títulos como French Connection o los trabajos de Pollack y Frankenheimer, es un artículo interesante como para que al menor de los Scott se le haya ocurrido poner su gran angular al servicio de un remake ciento por ciento marca de la casa, epilepsia audiovisual de un director que, gustará más o menos, pero que sigue fidelísimo a su sello personal de montaje hiperactivo, de recursos naturales que documenten un perfil frenéticamente impulsado. Para el nuevo Pelham Scott introduce ciertos cambios generacionales como el terrorismo post 11-S, internet, el uso de la telefonía móvil, el impacto bursátil, circunstancias que modernizan una historia elocuentemente reveladora de las mutaciones estilísticas y argumentales que ha experimentado el género en los 35 años que la distan de su antecesora.
Tony Scott maniobra por los subsuelos de la Gran Manzana con el visor ampliado y el objetivo desquiciado, comunicándose con un lenguaje acelerado equivalente a un Google Maps conectado al servidor inalámbrico de un autor sin complejos, el cual no roba del todo espacio a sus actores con un intenso tour de force en donde el histrionismo de Travolta, cómodo y asentado en papeles de villano, choca con la contención de un moderado Denzel Washington que pasa de la fragilidad inicial de un personaje ambiguo hasta un discutible último acto de héroe salvador excesivamente osado. El afroamericano se ha convertido en un fetiche del director con el cual ha trabajado ya en cuatro ocasiones, estando la quinta en camino, al igual que Russell Crowe lo es para su hermanísimo, pero la kilométrica vía que separa al cine de ambos es inversamente proporcional al idioma equidistante que parlan sus estilos, uno, Ridley, es mucho más clásico y estructurado, otro, Tony, más libre y desarticulado, los dos enormemente respetados aunque en este caso Tony fluya tan irregular como de costumbre, con una obra desnivelada, distraída e inofensiva, con cierto empalago de imágenes hi-tech y trucos modernistas de una ciudad radiografiada con las lentes apresuradas del autor de Amor a quemarropa.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: LO MEJOR: Los créditos de inicio, donde el montaje de Chris Lebenzon se fusiona con las técnicas de Scott y la electrizante música de Harry Gregson- Williams. Las conversaciones establecidas entre Garber y Ryder, química perfecta de unos personajes que no se ven las caras hasta la parte final del relato y James Gandolfini, encarnando a un caricaturesco alcalde de Nueva York.
LO PEOR: Un tercio final improbable y alejado del tono excitante de su primera hora. Las pocas similitudes con la cinta de Joseph Sargent (echamos de menos al excelente Walter Matthau) y un cierto cansancio en las formas disciplinarias de su director.
deivi 
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