|
NI CONTIGO NI SIN TI
Primer punto de partido: Woody Allen quizás no reflexione, ironice o filosofe tanto como nos tenía acostumbrados, pero aquí es capaz de perfilar una historia de amor a tres bandas a través de un híbrido de géneros que van desde la comedia de enredos, al drama pasional y la intriga criminal. Lo convencional de la historia no debería asustaros, parece un culebrón más, sin embargo, su predilecta disección de las clases altas, repletas de deseos frustrados, celos, apariencias, infidelidades y sentimientos de culpa, encuentra en la lucha intensa entre la pasión y el bienestar, entendido éste como el mero materialismo del lujo y la comodidad, una oportunidad para renovarse y llevar a cabo una metáfora sobre la importancia de la suerte en una sociedad tan podrida como la occidental. No falta su acostumbrado e incisivo retrato moral. Además, nos interpela sobre dos cuestiones: ¿amor o dinero?, ¿es necesario mantener la conciencia limpia, o podemos seguir manteniéndola tan sucia como de costumbre?
Segundo punto de partido: algo está cambiando en el cine de Allen. Ahora sus preferencias recogen mayores dosis de sutilidad y menores de trascendencia, la imagen misma tiene otro tono y otro ritmo, el humor es más subterráneo, y gracias a la fotografía de Remi Adefarasin, construye una pieza de realismo poético, artificialmente hermosa, como toda obra de arte. Abandona el jazz, se pasa a la emoción contenida de las arias de la ópera (Verdi, Rossini, Bizet…), eleva sus dosis de erotismo, y sigue pujando por la juventud de sus protagonistas (Johansson se erige en heroína cual rubia fatal de Hitchcock, Meyers transmite a la perfección la mezcla de fatalismo, fragilidad y ambición que requiere su personaje).
Tercer punto de partido: Woody Allen ha vuelto por sus fueros. Aunque hayamos dicho adiós a sus cualidades sanadoras, su aparente anonimato tras la cámara no le impide, como ya hiciera en Delitos y faltas, volver a redondear una obra con la mordacidad, el escepticismo y el arribismo que lo caracterizan. Agrio y pérfido, se reconcilia con su seguidor con este juego de espejos y lucimiento. Dostoievski, Chéjov, y la representación pagana de Dios nos recuerdan que el trabajo, el sacrificio y la fe no importan para tener éxito, la imposibilidad de controlar todos los factores que rigen nuestro destino y la importancia de las pequeñas (enormes) decisiones. Reflexiones sobre los valores, la justicia y la moralidad en tierras londinenses, sin tiempos muertos, y con la belleza visual y los giros narrativos por bandera.
La Maga
|