En realidad, y a pesar que el núcleo argumental de la película se apoya en los últimos días de un anciano padre con demencia al que sus dos hijos tienen que cuidar, paralelamente y aprovechando este hecho, nos refleja lo que una situación como ésta despierta y provoca en esos hijos.
Además, nos lo ofrece con la originalidad, no cayendo en el tópico, de unos hijos que no se han llevado nunca especialmente bien con su padre. De unos hijos que, en su actual mediana edad, están pagando precisamente las consecuencias de una infancia infeliz y deambulan por la vida un tanto perdidos sin apenas contacto entre ellos.
Los que, por desgracia, tenemos a los padres en una situación parecida, sabemos las cuestiones contradictorias que esto provoca en nosotros. Precisamente y a pesar de que cada uno de los hermanos parece afrontar el problema de distinta manera, en algún momento nos sentimos identificados con ambos.
Identificados, por ejemplo, con Wendy (Laura Linney) cuando no acepta ingresarle en un asilo o residencia (diferencia, por cierto, que aquí en España no existe) o identificados con Jon (Philip Seymour Hoffman) cuando tiene muy claro que es la mejor solución.
spoiler:
A destacar dos secuencias: Cuando Jon le explica a Wendy de manera vehemente pero sincera, lo bonitas que son esas residencias vistas desde fuera pero que, en realidad, sólo sirven precisamente para eso, para agradar la vista a los familiares y amigos que van a visitar a los enfermos ocultando lo que realmente ocurre dentro a diario y la última, que, obviamente, no voy a relatar aquí.