Sorprende encontrarse a Hitchcock dirigiendo una película con tan poco interés y tan nulo resultado. Aburrida en todo su esplendor, se sustenta en hechos que por muy reales que sean son contados de manera poco profunda y de forma tan somera que se tornan irreales aún siendo completamente creíbles.
A lo mejor ese es su mayor problema, que está basada en unos hechos reales de tan poco calado que ello le corta las alas e impide que saque la imaginación criminal y el suspense con la que siempre nos sorprende. No hay drama, no hay suspense, no hay tensión, no hay gancho; ni siquiera hay crítica.
Se salva, como siempre, por una dirección magistral y unos planos e iluminaciones excelentes pero es sin duda una de las películas más aburridas de Alfred Hitchcock.
spoiler:
Una entereza sobredimensionada la de un Fonda que nunca desespera ni se pregunta, con rabia e ira, qué es lo que está pasando, una búsqueda de pruebas sin ritmo ni gancho (qué más gancho tendría que una carrera contrarreloj por encontrar la inocencia), una esposa que de repente, por arte de magia, cae en la depresión más inverosímil, un juicio inútil que no arroja absolutamente nada a la trama...
Henry Fonda está plano, inexpresivo y para colmo de espaldas a cámara cuando sus nervios de acero flojean ante tener que repetir el juicio por segunda vez, siendo el momento perfecto en el que podría demostrar lo mejor de sí. Es curioso que la máxima expresividad que muestra sea en la foto de la noticia que sale en el periódico cuando detienen al ladrón real y le dejan en libertad, donde tiene una enorme sonrisa.