Y plas.
Vini, vidi, vincci. Amenábar, con su segundo largometraje, pega un puñetazo en la destartalada mesa del cine español y se saca de la manga una película impresionante, que vale por todo el cine hecho en este país los últimos 20 años.
Amenábar es muy bueno haciendo cine. Y es muy bueno porque ama el cine. Como si de una esponja se tratase recoge gotas de varios géneros, un poco de ciencia ficción, un poco de drama y otro poco de fantasía, se aprovecha de su innata capacidad para narrar historias y plasmarlas visualmente, y con un guión excelente lleno de referencias cinéfilas crea un thriller psicológico que atrapa al espectador y no lo suelta hasta ese final en el que todo queda resuelto.
La película más "americana", en cuanto a estilo, que se ha hecho nunca en este país. Pero también la experiencia cinematográfica más atrevida, inquietante, original y extremadamente genial que ha parido esta, ya más que promesa, de nuestro moribundo cine.
spoiler:
Cuando parece que la película se está convirtiendo en un drama romántico con ínfulas de fábula de “La Bella y la Bestia”, Amenábar nos lo deja bien claro: aquí no hay lugar para el romanticismo “made in Hollywood”, somos unos superficiales de la ostia, y muchos habríamos hecho lo que el protagonista. Esto es, huir de la existencia real y sumirnos en un placentero sueño donde no hay sitio para el rechazo, el dolor ni el sufrimiento. Brutal la radiografía que dibuja Amenábar de esta, nuestra sociedad enferma, en la que vivimos.