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La influencia, las metáforas, Lang, lo visual y la palabra.
Antes de nada me gustaría subrayar lo extraño que es que una película como La antena, trabajada, cara y compleja, tan cercana a mundos cinematográficos de éxitos como el de Tim Burton, esté pasando sin pena ni gloria por la cartelera española. Achaco este problema, como siempre, a las distribuidoras. Muy pocas salas en la capital tienen esta el filme en cartel, imagino que muchos menos fuera de Madrid. Una pena.
Tenía que pasar: que alguien grabara una película como ésta era cuestión de tiempo. Numerosos ejemplos, desde Kill Bill hasta Sky Captain preludiaban ya algo así, algo que hemos visto en cortometrajes, pero nunca en formato de largo. Y es que la cosa va de dar vueltas a la idea de la influencia, algo muy extendido en el cine actual. Y no de una influencia cualquiera, o fácil, sino la influencia de un cine tan perdido pero necesario como es el del expresionismo alemán, subrayando particularmente la influencia de Lang. Y eso es quizá lo mejor y lo peor de la cinta: uno sale del cine absolutamente hipnotizado por ese mundo fantástico y deslavazado tan novedoso como reconocible en otras películas, pero el efecto se diluye parcialmente ante la incapaz consistencia de una obra prepotente, de metáforas inútiles. Tengo que decir que me gusto mucho, sí, pero también que es una de esas películas que me gustan más de lo que querría, aunque suene contradictorio. Los personajes, geniales, se mueven en principio en una imaginería que busca la complejidad y se topa en cambio con una ingenuidad peligrosa. Así, la obra se mueve siempre por el filo de lo tópico y lo innecesario. Todo, por supuesto, muy bien camuflado a golpe de cámara: ahí sí La antena no tiene desperdicio; y se trata de mucho más que simple estética lo que convierte esta película en una maravilla visual: es la estética como proporción narrativa, algo como lo que lograra Lang en Metropolis o M, por buscar los ejemplos más tópicos. Entiendo muy bien a los que dicen que el formato es repetitivo para un largo, yo en cambio sólo pude mantenerme hora y media en estado de sock, vibrando con cada cartel, con cada personaje y cada sombra. El guión queda reducido entonces a un mero medio de explotación que lleva irremediablemente a algunas de las escenas más bellas que he visto en los últimos años, marcadas por experiencias (meta)cinematográficas como las de Michael Gondry (esas palabras volando). Y la antena se adentra así en un cine nuevo, difente. Es una lástima que para hacer una película muda haya sido necesario hablarnos de las palabras, fuera de que esto permita escenas de una hermosura exótica y compleja. Afortunadamente el resultado es mucho más que satisfactorio.
bela lugosi ha muerto 
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