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Beit Hatikva en vez de Petah Tiqva
Estamos ante uno de los escasos ejemplos de películas llegadas de una cinematografía tan exótica como la israelí (tal vez gracias a ser multipremiada en un buen puñado de festivales); la peli es deliciosa, una especie de comedia con tintes tristes y melancólicos que fluye de una manera pausada, tranquila, como todo lo que pasa en ese pueblecito "muerto" del desierto de Negev.
En una historia tan sencilla como la que nos cuenta Eran Kolirin (una banda musical de la policía de Alejandría que va a dar un concierto a una ciudad de Israel y se equivocan de destino), en vez de apostar por la solución más fácil, que sería poner los acentos en la dimensión sociopolítica del conflicto árabe-judío, el director se inclina por el lado humano de la cuestión: los habitantes del pueblo acogen a los miembros de la banda, comunicándose entre ellos a través de un inglés macarrónico, estableciéndose pequeñas relaciones en las que con muy pocas palabras y muchos gestos (a veces la peli es casi mímica, como en la escena del ligoteo en la discoteca de patines), se nos permite conocer cositas importantes (o no) de los personajes que desfilan por la pantalla, haciéndonos olvidar esa tontería de las nacionalidades o los credos, porque lo que importan son las personas, son esos Tawfiq, Dina, Haled o Papi que gozan y sufren como tú, yo y aquél de allí.
Sin duda, para mí ha sido una gratísima experiencia poder ver una peliculita como ésta, llena de armonia y sensibilidad, que te hace pensar que quizás no todo esté perdido en este mundo.
babayu 
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