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Una joya del director más grande que existe
Comenzamos a ver la película y nos encontramos con ese Lynch que tanto nos gusta y nos inquieta: la escena con los elefantes del inicio, ese rostro de mujer como de plástico, los aspavientos que hace… pero hasta ahí se le permite su intento de irrealidad e incomprendida abstracción, pues se trata de una cinta que pretendía ser comercial, que de hecho fue nominada a varios Óscar, y que con el paso del tiempo se ha ido convirtiendo en un clásico, en uno de los films más conmovedores que se hayan hecho jamás. La historia de un joven grotescamente deformado por unos incontrolables tumores papilomatosos que crecen en su rostro y en su cuerpo por doquier, y que es utilizado como monstruo de feria por un descorazonado y abominable señor, bien podría haber resultado una historia sensiblera con fines moralistas, pero en manos de Lynch se convierte en una obra maestra que nos produce tristeza, repugnancia, simpatía e inquietud a partes iguales. Anthony Hopkins representa magistralmente al prestigioso doctor que encuentra al hombre elefante y que lo rescata del malvado feriante para intentar ayudarle. Sin embargo, la relación no queda aquí, pues este personaje pronto empezará a plantearse los valores éticos de su rescate: al principio era mera curiosidad médica, pero con el tiempo, al ir desvelando paulatinamente las cualidades artísticas, sensibles y humanas de John Merrick, se irá encariñando con el chico y lo convertirá muy a su pesar y sin querer en otro monstruo de feria, a quien la sociedad atiende sólo por curiosidad y puro morbo. Se llegará a plantear si realmente es una buena persona, si sus motivos eran nobles desde un principio, o si lo que pretendía realmente era afrontar egoístamente uno de los mayores retos de su vida profesional. Por otro lado, tenemos a John Merrick (la fabulosa caracterización e interpretación que se hace de este personaje bien podría formar parte del manual de lo que se conoce por maquillaje e interpretación en el cine), que se muestra sobrecogido y profundamente agradecido con las personas que ya no le gritan ni se ríen de él. La ternura que nos inspira este personaje es un sentimiento que rara vez consigue igualar ninguna película romántica o dramática, y su realización como ser humano después de toda una vida de vejaciones supone al mismo tiempo una gran satisfacción para el público, que se siente más humano a su vez.
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spoiler: Pero la parte trágica no tarda en volver a aparecer, como nos insinúa constantemente la opresiva fotografía en blanco y negro entre deshumanizados paisajes industrializados (de nuevo la industria, el humo, ese miedo cerval de Lynch a la creación y la concepción), y un desaprensivo trabajador del hospital donde ahora vive John, provoca mediante sus ''visitas guiadas'' que este sea de nuevo tratado como una atracción y que vuelva a ser secuestrado por su antiguo ''amo''. Las escenas de maltrato y de desprecio, cuando John cae desplomado por su naturaleza enferma, y cuando posteriormente se le encierra en la jaula de los mandriles, suponen un doloroso viaje iniciático para el personaje y para el propio espectador. Cuando es rescatado por sus grotescos colegas y más tarde es encontrado y llevado al hospital, creemos que por fin hemos purgado nuestras culpas, y el pobre muchacho podrá vivir en paz el resto de su vida. Pero es aquí cuando Lynch nos pega con más fuerza donde nos duele, y convierte la historia en una bella fábula: tras ser ovacionado en un teatro, al cual fue invitado por una gran actriz, que era la única que realmente apreciaba su compañía y parecía estar enamorada de su espíritu noble y romántico, John regresa a su cuarto y no para de agradecer a todos su amabilidad, piensa que toda esa felicidad es demasiado para alguien como él, y entonces el Lynch más romántico vuelve a coger las riendas y nos ofrece un final abierto a la especulación: quizá su mente maltratada pensó que de alguna manera no se merecía eso, y decidió acostarse sin los cojines que le permitían respirar por la noche; o tal vez se sintió tan humano por una vez en su vida que decidió llevar su ''normalidad'' hasta el final, con todas las consecuencias que aquella acción conllevaba (en ningún momento nos puede engañar, pues sabemos que era un hombre inteligente que sabía perfectamente lo que le iba a ocurrir si dormía sin cojines); o tal vez pensó que esa sensación volvería a esfumarse, tal vez sabía o creía de alguna cruel forma que volverían a llevárselo para reírse de él y maltratarlo, y por eso no quiso que ese momento y esa sensación acabasen nunca, por lo que decidió acabar su vida de aquella maenra, siendo feliz. Sintiéndose profundamente humano. Y luego, al final, aparece esa mujer asegurándonos que nada muere, que después de todo, nadie muere... Lo que seguro que jamás morirá es el estilo inconfundible del mejor director vivo que existe en la actualidad, el tratamiento que hace de cada uno de los detalles de sus películas convierte cada situación en algo elevado y profundamente inquietante: ¿acaso ese oscuro agujero en la capucha del hombre elefante no es en realidad el mismo conducto que más tarde atravesaremos a través de la oreja amputada de Terciopelo Azul?...yo diría que sí.
lyncheano 
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