Arrancó lánguidamente, al compás de los murmullos vieneses. No tenía prisa, y mostró como cebo un típico McGuffin.
Me invitó a pasear, y yo fui con ella. Segura de su atractivo, no necesitaba imponerse en su baile de seducción.
Sin saber muy bien cómo, caí en sus redes. A su lado el aburrimiento no existía... y aún así no había tensión en su mirada despierta.
Sentí que el tiempo se paraba. La sucesión desapareció y cuando
spoiler:
Orson Welles surgió de entre las cuerdas de una guitarra, la pantalla me guiñó el ojo.
No era consciente de mi sonrisa de memo, pero sí de que a veces la fascinación no procede de la oscuridad de las calles vienesas, sino de la amable blancura de la sencilla...
belleza.