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María Patiño.
Como en casi todas las películas del género en cuestión, lo mejor transcurre en la primera parte del metraje, cuando se muestran pequeños detalles de lo que se nos viene encima, y entre la presentación de los personajes se intercalan frases o actos impactantes mientras permanecemos con la intriga del porqué. (El paso de la dulce niña por los médicos y psicólogos soltando perlas es lo mejor de la peli, a mi parecer, ya que mantiene vivas la sorpresa y la impresión)
Una vez desenmascarado el misterio, estas cintas se convierten en una sucesión de escenas en la que el elemento terrorífico actúa en su máxima expresión sonora y visual, y los personajes se transforman en los muñequitos que indicaban las vidas en aquellas maravillosas maquinitas de marcianitos.
Pero aquí se palpa algo.
Tal vez sea la magnífica fotografía.
Tal vez la música. O el latín. Cómo mola el latín. Qué bien queda cualquier cosa dicha en latín. (tutta dixit latinae bene est)
O el subliminal zumbido de abejas, la musiquilla de Mike Oldfield y las interpretaciones de Miller y von Sydow.
Quizás sea el secreto de frescura que suelen esconder las obras pioneras.
No tengo ni idea, pero desde luego, El Exorcista tiene algo especial.
Aún así, creo sinceramente que con unas manifestaciones menos espectaculares (la niña corriendo por las escaleras en pino puente da risa, coño, seamos sinceros) esta sería, sin género de dudas, La Obra Maestra del cine de terror.
Sines Crupulos 
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