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Curiosa incursión de Winterbotton en el género ciencia ficción. Curiosa, pero indudablemente, fallida.
Empieza de forma muy prometedora, dibujando la gran distopía de la globalización que de seguro nos espera y tras introducirnos de lleno en una ambientación que se palpa y se respira hasta un punto agobiante, nos propone una historia de amor imposible. Pero no cualquier cosa, no. Lo de Tim Robbins y Samantha Morton es un Encuentro en toda regla, el súbito e inesperado abrazo entre los hermanastros Azar y Destino. Ellos se miran y sin hablar apenas, saben que se han encontrado, que acaban de descubrir la única manera de crear un lenguaje propio en un lugar donde todos los demás han acabado comunicándose en un mismo y despersonalizado lenguaje: el amor como el último reducto del individualismo.
El ojo de Winterbottom se equipara al de ese Gran Hermano que espía a sus criaturas con el frío desapasionamiento de una máquina. Supongo que será intencional y aunque no resta latidos al corazón de la historia, sí despoja a todo lo demás de la capacidad de empatizar con nosotros. Lo cual provoca, eventualmente, que parte de los espectadores se aburran y otra parte desconecte y con toda razón. A pesar de lo bonito que es el imaginario propuesto, es que hay partes en que el filme parece un anuncio de esos metafísicos de la BMW, pero reescrito por Auster y dirigido por Sofia Coppola. Es decir, aburrimiento trascendental elevado a la enésima potencia.
Desde luego no es mala película y, aunque a ratos, tiene momentos visuales y narrativos realmente bellos y merecedores de un visionado. Y quizás sea una de las pocas películas de ciencia ficción que pintan un futuro tan creíble, tan cercano y sobre todo, tan terriblemente triste.
Neathara 
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