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There are so many things that have to happen for two people to meet.
Si la infinitamente sobrevolada “Amores Perros” sirvió para esbozar el trazo grueso que recorre la psicotrópica mente de Gonzalez Iñarritu, ensamblando a modo de rocambolesco “trip” inseminatorio tres historias tan fascinantes como improbables, tan abruptas como desquiciadas, este segundo capitulo de la que se supone está llamada a ser la más pulcra trilogía metalingüística con reminiscencias mexicanas es, afortunadamente, mucho más acertada en sus planteamientos que su antecesora. Todo (y era bastante) lo que de forma exagera extrapolaba la veracidad de un relato más monocorde que místico en el debut de Iñarritu se consolida (con valentía visceral) en “21 gramos” como una exótica mixtura de cine puro.
Iñarritu, y Arriaga, consiguen lo imposible: narrar de forma artesanal un cuento de hadas putrefactas a base de suturas y elipsis, congelando y embalsamando el tempo narrativo, proponiendo un mecanismo de montaje suicida y apocalíptico a base de ligeros retazos verités que, y todo a su favor, ayudan a componer, como si de un juego de muñecas rusas se tratase, un puzzle trágico y doloroso (al cual, en ocasiones, uno no querría entrar). “21 gramos” se erige, a parte de cómo la constatación autoral de Iñarritu, como una desoladora, ambigua travesía socio-urbana, plagada de dudas, rencores, venganzas, y dolor mutuo.
Lo mejor: La formidable fusión de sus tres elementos fundamentales: realización, guión, fotografía.
Lo peor: Dependiendo con que ánimos te encares ante el film puede que te chafe el día.
Clark 
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