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A Ang Lee, lo que le echen.
Hay una cosa prodigiosa en todas las películas de Ang Lee, y es el ritmo. Un ritmo cadencioso, sinuoso, sutil, que te atrapa desde el minuto 5 de cada una de sus películas y ya no te suelta. La trama, lo que cuenta en ellas, tiene su importancia, claro, pero hay veces que parece un elemento menor en esta sinfonía de movimientos, escenas y cortes. Porque a Ang Lee lo mismo le da hablar de dos vaqueros gays que de los amores de tres hermanas en la Inglaterra de la campiña; de amores prohibidos en la China del siglo XX que, como es el caso que nos ocupa, de la crisis matrimonial en los Estados Unidos de los años 60. Todas ellas son la misma música, reconocible y magistral.
Enorme Tobey McGuire, como siempre. Este chico nunca sabes si va a sacarse un cuchillo del bolsillo o si te va a comer a besos. Joan Allen, deliciosamente antipática. Cristina Ricci ya nos ponía aquí mucho antes de ponernos, mucho más, en TODO LO DEMÁS. Bestial, inconmesurable, tan creíble que parece interpretar un papel sacado de su propia vida, nuestra querida caza-aliens Sigourney Weaver. Posiblemente el mejor papel de su carrera. Mucho mejor que en aquel pasote lacrimógeno de MI MAPA DEL MUNDO. De matrimoniada en crisis casi está, casi, hasta atractiva, que ya es decir mucho de Sigourney.
LeonNewman 
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