Un mosquito antediluviano atiborrado de sangre de dinosaurio muere presa de la pegajosa resina del árbol donde se posa. Unos ciento cincuenta millones de años después, un viejo multimillonario encuentra al mosquito perfectamente conservado en una esfera de ámbar. Extrae la sangre, aísla una cadena incompleta de ADN y la combina con trozos de ADN batracio para clonar a todos los reptiles prehistóricos, con el fin de erigir un parque de atracciones. Y con la bola del mosquito se hace un bastón.
La atracción de la cinta es, al menos para el que esto suscribe, el tiranosaurio rex. Jurassic Park es una “monster movie” con uno de los monstruos más pavorosos y agresivos de la historia del cine, cuyas terroríficas apariciones dejan al espectador inmovilizado en la butaca. Lástima de que el filme esté saturado por numerosas disquisiciones científicas, filosóficas y religiosas de los personajes capaces de deprimir al espíritu más aventurero. Por cierto, el señor Spielberg nos cuela una trampa visual mastodóntica...
spoiler:
...que se produce cuando los paleontólogos y los niños se ven rodeados por los velociraptores y, en el momento oportuno, el tiranosaurio introduce sus fauces en el plano y detiene el salto del velociraptor con una certera dentellada. Lo extraño es que uno de los recursos de la película para crear tensión es el de que el t. rex siempre anuncia su llegada.